La Conquista del Pan
P. Kropotkin
Traducción de León-Ignacio
digitalizada por J. de M. Jannos
Fuentes Digitales
Jannos website
http://www.geocities.com/CapitolHill/Senate/5984/conq.html
Autonomia
http://www.hipernet.ufsc.br/foruns/autonomia/kropotkin/conquista/index.html
versión para eBook
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©2000,2006 P. Kropotkin
Traducción de León-Ignacio, digitalizada por J. de M.
Nuestras riquezas
El bienestar para todos
El Comunismo anarquista
La expropiación
Los víveres
El alojamiento
El vestido
Vias y medios
Las necesidades de lujo
El trabajo agradable
El comun acuerdo libre
Objecciones
El asalaramiento colectivista
Consumo y producción
División del trabajo
La descentralización de las industrias
La agricultura
La humanidad ha caminado gran trecho desde aquellas
remotas edades durante las cuales el hombre vivía de los azares de la caza y no dejaba a
sus hijos más herencia que un refugio bajo las penas, pobres instrumentos de sílex y la
naturaleza, contra la que tenían que luchar para seguir su mezquina existencia.
Sin embargo, en ese confuso período de miles y miles
de años, el género humano acumuló inauditos tesoros. Roturó el suelo, desecó los
pantanos, hizo trochas en los bosques, abrió caminos; edificó, inventó, observó,
pensó; creó instrumentos complicados, arrancó sus secretos a la naturaleza, domó el
vapor, tanto que, al nacer, el hijo del hombre civilizado encuentra hoy a su servicio un
capital inmenso, acumulado por sus predecesores. Y ese capital le permite obtener riquezas
que superan a los ensueños de los orientales en sus cuentos de Las mil y una noches.
Aún son más pasmosos los prodigios realizados en la
industria. Con esos seres inteligentes que se llaman máquinas modernas, cien hombres
fabrican con qué vestir a diez mil hombres durante dos años. En las minas de carbón
bien organizadas, cien hombres extraen cada año combustible para que se calienten diez
mil familias en un clima riguroso. Y si en la industria, en la agricultura y en el
conjunto de nuestra organización social sólo aprovecha a un pequeñísimo número la
labor de nuestros antepasados, no es menos cierto que la humanidad entera podría gozar
una existencia de riqueza y de lujo sin más que con los siervos de hierro y de acero que
posee. Somos ricos, muchísimo más de lo que creemos. Ricos por lo que poseemos ya; aún
más ricos por lo que podemos conseguir con los instrumentos actuales; infinitamente más
ricos por lo que pudiéramos obtener de nuestro suelo, de nuestra ciencia y de nuestra
habilidad técnica, si se aplicasen a procurar el bienestar de todos.
Somos ricos en las sociedades civilizadas. ¿Por qué
hay, pues, esa miseria en torno nuestro? ¿Por qué ese trabajo penoso y embrutecedor de
las masas, ¿Por qué esa inseguridad del mañana (hasta para el trabajador mejor
retribuido) en medio de las riquezas heredadas del ayer y a pesar de los poderosos medios
de producción que darían a todos el bienestar a cambio de algunas horas de trabajo
cotidiano?
Los socialistas lo han dicho y repetido hasta la
saciedad. Porque todo lo necesario para la producción ha sido acaparado por algunos en el
transcurso de esta larga historia de saqueos, guerras, ignorancia y opresión en que ha
vivido la humanidad antes de aprender a domar las fuerzas de la naturaleza.
Porque, amparándose en pretendidos derechos adquiridos
en el pasado, hoy se apropian dos tercios del producto del trabajo humano, dilapidándolos
del modo más insensato y escandaloso. Porque reduciendo a las masas al punto de no tener
con qué vivir un mes o una semana, no permiten al hombre trabajar sino consintiendo en
dejarse quitar la parte del león. Porque le impiden producir lo que necesita y le fuerzan
a producir, no lo necesario para los demás, sino lo que más grandes beneficios promete
al acaparador.
Contémplese un país, civilizado. Taláronse los
bosques que antaño lo cubrían, se desecaron los pantanos, se saneó el clima: ya es
habitable. El suelo, que en otros tiempos sólo producía groseras hierbas, suministra hoy
ricas mieses. Las rocas, suspensas sobre los valles del Mediodía, forman terrazas por
donde trepan las viñas de dorado fruto. Plantas silvestres que antes no daban sino un
fruto áspero o unas raíces no comestibles, han sido transformadas por reiterados
cultivos en sabrosas hortalizas, en árboles cargados de frutas exquisitas. Millares, de
caminos con base de piedra y férreos carriles surcan la tierra, horadan las montañas; en
los abruptos desfiladeros silba la locomotora. Los ríos se han hecho navegables; las
costas sondeadas y esmeradamente reproducidas en mapas, son de fácil acceso; puertos
artificiales, trabajosamente construidos y resguardados contra los furores del océano,
dan refugio a los buques. Horádanse las rocas con pozos profundos; laberintos de
galerías subterráneas se extienden allí donde hay carbón que sacar o minerales que
recoger. En todos los puntos donde se entrecruzan caminos han brotado y crecido ciudades,
conteniendo todos los tesoros de la industria, de las artes y de las ciencias.
Cada hectárea de suelo que labramos en Europa, ha sido
regada con el sudor de muchas razas; cada camino tiene una historia de servidumbre
personal, de trabajo sobrehumano, de sufrimientos del pueblo. Cada legua de vía férrea,
cada metro de túnel, han recibido su porción de sangre humana.
Los pozos de las minas conservan aún frescas las
huellas hechas en la roca por el brazo del barrenador. De uno a otro pilar pudieron
señalarse las galerías subterráneas por la tumba de un minero, arrebatado en la flor de
la edad por la explosión de grisú, el hundimiento o la inundación, y fácil es adivinar
cuantas lágrimas, privaciones y miserias sin nombre ha costado cada una de esas tumbas a
la familia que vivía con el exiguo salario del hombre enterrado bajo los escombros.
Las ciudades; enlazadas entre sí con carriles de
hierro y líneas de navegación, son organismos que han vivido siglos. Cavad su suelo, y
encontraréis hiladas superpuestas de calles, casas, teatros, circos y edificios
públicos. Profundizad en su historia, y veréis cómo la civilización de la ciudad, su
industria, su genio, han crecido lentamente y madurado por el concurso de todos sus
habitantes antes de llegar a ser lo que son hoy.
Y aun ahora, el valor de cada casa, de cada taller, de
cada fábrica, de cada almacén, sólo es producto de la labor acumulada de millones de
trabajadores sepultados bajo tierra, y no se mantiene sino por el esfuerzo de legiones de
hombres que habitan en ese punto del globo. ¿Qué sería de los docks de Londres, o de
los grandes bazares de París, si no estuvieran situados en esos grandes centros del
comercio internacional? ¿Qué sería de nuestras minas, de nuestras fábricas, de
nuestros astilleros y de nuestras vías férreas, sin el cúmulo de mercaderías
transportadas diariamente por mar y por tierra?
Millones de seres humanos han trabajado para crear esta
civilización de la que hoy nos gloriamos. Otros millones, diseminados por todos los
ámbitos del globo, trabajan para sostenerla. Sin ellos, no quedarían más que escombros
de ella dentro de cincuenta años.
Hasta el pensamiento, hasta la invención, son hechos
colectivos, producto del pasado y del presente. Millares de inventores han preparado el
invento de cada una de esas máquinas, en las cuales admira el hombre su genio. Miles de
escritores, poetas y sabios han trabajado para elaborar el saber, extinguir el error y
crear esa atmósfera de pensamiento científico, sin la cual no hubiera podido aparecer
ninguna de las maravillas de nuestro siglo. Pero esos millares de filósofos, poetas,
sabios e inventores, ¿no hablan sido también inspirados por la labor de los siglos
anteriores? ¿No fueron durante su vida alimentados y sostenidos, así en lo físico como
en lo moral por legiones de trabajadores y artesanos de todas clases? ¿No adquirieron su
fuerza impulsiva en lo que les rodeaba?
Ciertamente, el genio de un Seguin, de un Mayer y de un
Grove, han hecho más por lanzar la industria a nuevas vías que todos los capitales del
mundo. Estos mismos genios son hijos de industria, igual que de la ciencia, porque ha sido
necesario que millares de máquinas de vapor transformasen, año tras año, a la vista de
todos, el calor en fuerza dinámica, y esta fuerza en sonido, en luz y en electricidad,
antes de que esas inteligencias geniales llegasen a proclamar el origen mecánico y la
unidad de las fuerzas físicas. Y si nosotros, los hijos del siglo XIX, al fin hemos
comprendido esta idea y hemos sabido aplicarla, es también porque para ello estábamos
preparados por la experiencia cotidiana.
También los pensadores del siglo pasado la habían
entrevisto y enunciado, pero quedó sin comprender, porque el siglo XVIII no había
crecido como nosotros, junto a la máquina de vapor.
Piénsese en las décadas que hubieran transcurrido
aún en ignorancia de esa ley que nos ha permitido revolucionar la industria moderna, si
Watt no hubiese encontrado en Soho trabajado hábiles para construir con metal sus planes
teóricos, perfeccionar todas sus partes, y aprisionándolo dentro de un mecanismo
completo hacer por fin el vapor más dócil que el caballo, más manejable que el agua.
Cada máquina tiene la misma historia: larga historia
de noches en blanco y de miseria; de desilusiones y de alegrías, de mejoras parciales
halladas por varias generaciones de obreros desconocidos que venían a añadir al
primitivo invento esas pequeñas nonadas sin las cuales permanecería estéril la idea
más fecunda. Aún más: cada nueva invención es una síntesis resultante de mil inventos
anteriores en el inmenso campo de la mecánica y de la industria.
Ciencia e industria, saber y aplicación,
descubrimiento y realización práctica que conduce a nuevas invenciones, trabajo o
cerebral y trabajo manual, idea y labor de los brazos, todo se enlaza. Cada
descubrimiento, cada progreso, cada aumento de la riqueza de la humanidad, tiene su origen
en el conjunto del trabajo manual y cerebral, pasado y presente. Entonces, ¿qué derecho
asiste a nadie para apropiarse la menor partícula de ese inmenso todo y decir: Esto es
mío y no vuestro?
Pero sucedió que todo cuanto permite al hombre
producir y acrecentar sus fuerzas productivas fue acaparado por algunos.
El suelo, que precisamente saca su valor de las
necesidades de una población que crece sin cesar, pertenece hoy a minorías que pueden
impedir e impiden al pueblo el cultivarlo o le impiden el cultivarlo según las
necesidades modernas.
Las minas, que representan el trabajo de muchas
generaciones y su valor no deriva sino de las necesidades de la industria y la densidad de
la población, pertenecen también a unos pocos, y esos pocos limitan la extracción del
carbón, o la prohiben en su totalidad si encuentran una colocación más ventajosa para
sus capitales.
También la maquinaria es propiedad sólo de algunos, y
aun cuando tal o cual máquina representa sin duda alguna los perfeccionamientos aportados
por tres generaciones de trabajadores, no por eso deja de pertenecer a algunos patronos; y
si los nietos del mismo inventor que construyó, cien años ha, la primera máquina de
hacer encajes se presentasen hoy en una manufactura de Basilea o de Nottingham y
reclamasen sus derechos, les gritarían: ¡Marchaos de aquí; esta máquina no es
vuestra! Y si quisiesen tomar posesión de ella, les fusilarían.
Los ferrocarriles, que no serían más que inútil
hierro viejo sin la densa población de Europa, sin su industria, su comercio y sus
cambios, pertenecen a algunos accionistas, ignorantes quizá de dónde se encuentran los
caminos que les dan rentas superiores a las de un rey de la Edad Media. Y si los hijos de
los que murieron a millares cavando las trincheras y abriendo los túneles se reuniesen un
día y fueran, andrajosos y hambrientos, a pedir pan a los accionistas, encontrarían las
bayonetas y la metralla para dispersarlos y defender los derechos adquiridos.
En virtud de esta organización monstruosa, cuando el
hijo del trabajador entra en la vida, no halla campo que cultivar, máquina que conducir
ni mina que acometer con el zapapico, si no cede a un amo la mayor parte de lo que él
produzca. Tiene que vender su fuerza para el trabajo por una ración mezquina e insegura.
Su padre y su abuelo trabajaron en desecar aquel campo, en edificar aquella fábrica, en
perfeccionarla. Si él obtiene permiso para dedicarse al cultivo de ese campo, es a
condición de ceder la cuarta parte del producto a su amo, y otra cuarta al gobierno y a
los intermediarios. Y ese impuesto que le sacan el Estado, el capitalista, el señor y el
negociante, irá creciendo sin cesar. Si se dedica a la industria, se le permitirá que
trabaje a condición de no recibir más que el tercio o la mitad del producto, siendo el
resto para aquel a quien la ley reconoce como propietario de la máquina.
Clamamos contra el barón feudal que no permitía al
cultivador tocar la tierra, a menos de entregarle el cuarto de la cosecha. Y el
trabajador, con el nombre de libre contratación, acepta obligaciones feudales, porque no
encontraría condiciones más aceptables en ninguna parte. Como todo es propiedad de
algún amo, tiene que ceder o morirse de hambre.
De tal estado de cosas resulta que toda nuestra
producción es un contrasentido. Al negocio no le conmueven las necesidades de la
saciedad; su único objetivo es aumentar los beneficios del negociante. De aquí las
continuas fluctuaciones de la industria, las crisis en estado crónico.
No pudiendo los obreros comprar con su salario las
riquezas que producen, la industria busca mercados fuera, entre los acaparadores de las
demás naciones Pero en todas partes encuentra competidores, puesto que la evolución de
todas las naciones se realiza en el mismo sentido. Y tienen que estallar guerras por el
derecho de ser dueños de los mercados. Guerras por las posesiones en Oriente, por el
imperio de los mares, para imponer derechos aduaneros y dictar condiciones a sus vecinos,
¡guerras contra los que se sublevan! No cesa en Europa el ruido del cañón; generaciones
enteras son asesinadas; los Estados europeos gastan en armamentos el tercio de sus
presupuestos.
La educación también es privilegio de ínfimas
minorías. ¿Puede hablarse de educación cuando el hijo del obrero se ve obligado a la
edad de trece años a bajar a la mina o ayudar a su padre en las labores del campo?
Mientras que los radicales piden mayor extensión de
las libertades políticas, muy pronto advierten que el hálito de la libertad produce con
rapidez el levantamiento de los proletarios y entonces cambian de camisa, mudan de
opinión y retornan a las leyes excepcionales y al gobierno del sable. Un vasto conjunto
de tribunales, jueces, verdugos, polizontes y carceleros, es necesario para mantener los
privilegios. Este sistema suspende el desarrollo de los sentimientos sociales. Cualquiera
comprende que sin rectitud, sin respeto a sí mismo, sin simpatía y apoyos mutuos, la
especie tiene que degenerar. Pero eso no les importa a las clases directoras, e inventan
toda una ciencia absolutamente falsa para probar lo contrario.
Se han dicho cosas muy bonitas acerca de la necesidad
de compartir lo que se posee con aquellos que no tienen nada. Pero cuando se le ocurre a
cualquiera poner en práctica este principio, en seguida se le advierte que todos esos
grandes sentimientos son buenos en los libros poéticos, pero no en la vida. Mentir es
envilecerse, rebajarse, decimos nosotros, y toda la existencia civilizada Se trueca en
una inmensa mentira. ¡Y nos habituamos, acostumbrando a nuestros hijos a practicar como
hipócritas una moralidad de dos caras!
El simple hecho del acaparamiento extiende así sus
consecuencias a la vida social. A menos de perecer, las sociedades humanas vense obligadas
a volver a los principios fundamentales: siendo los medios de producción obra colectiva
de la humanidad, vuelven al poder de la colectividad humana. La apropiación personal de
ellos no es justa ni útil. Todo es de todos, puesto que todos lo necesitan, puesto que
todos han trabajado en la medida de sus fuerzas, y es imposible determinar la parte que
pudiera corresponder a cada uno en la actual producción de las riquezas.
¡Todo es de todos! He aquí la inmensa maquinaria que
el XIX ha creado; he aquí millones de esclavos de hierro que llamamos máquinas que
cepillan y sierran, tejen e hilan para nosotros, que descomponen y recomponen la primera
materia y forjan las maravillas de nuestra época.
Nadie tiene derecho a apoderarse de una sola de esas
máquinas y decir: Es mía; para usar de ella, me pagaréis un tributo por cada uno de
vuestros productos. Como tampoco el señor de la Edad Media tenía derecho para decir
al labrador: Esta colina, ese prado, son míos, y me pagaréis por cada gavilla de
trigo que cojáis, por cada montón de heno que forméis.
Basta de esas fórmulas ambiguas, tales como el derecho
al trabajo, o a cada uno el producto íntegro de su trabajo. Lo que nosotros
proclamamos es el derecho al bienestar, el bienestar para todos.
El bienestar para todos no es un sueño. Es posible,
realizable, después de lo que han hecho nuestros antepasados para hacer fecunda nuestra
fuerza de trabajo.
Sabemos que los productores, que apenas forman el
tercio de los habitantes en los países civilizados, producen ya lo suficiente para que
exista cierto bienestar en el hogar de cada familia. Sabemos, además, que si todos
cuantos derrochan hoy los frutos del trabajo ajeno se viesen obligados a ocupar sus ocios
en trabajos útiles, nuestra riqueza crecería en proporción múltiple del número de
brazos productores. Y en fin, sabemos que, en contra de la teoría del pontífice de la
ciencia burguesa (Malthus), el hombre acrecienta su fuerza productiva con mucha más
rapidez de lo que él mismo se multiplica. Cuanto mayor número de hombres hay en un
territorio, tanto más rápido es el progreso de sus fuerzas productoras.
Hoy, a medida que se desarrolla la capacidad de
producir, aumenta en una proporción sorprendente el número de vagos e intermediarios. Al
revés de lo que se decía en otros tiempos entre socialistas, de que el capital llegaría
a reconcentrarse bien pronto en tan pequeño número de manos, que sólo sería menester
expropiar a algunos millonarios para entrar en posesión de las riquezas comunes, cada vez
es más considerable el número de los que viven a costa del trabajo ajeno.
En Francia no hay diez productores directos por cada
treinta habitantes. Toda la riqueza agrícola del país es obra de menos de siete millones
de hombres, y en las dos grandes industrias de las minas y de los tejidos cuéntanse menos
de dos millones quinientos mil obreros. ¿Cuál es la cifra de los explotadores del
trabajo? En Inglaterra (sin Escocia e Irlanda), un millón treinta mil obreros, hombres,
mujeres y niños, fabrican todos los tejidos; un poco más de medio millón explotan las
minas, menos de medio millón labran la tierra, y los estadísticos tienen que exagerar
las cifras para obtener un máximum de ocho millones de productores para veintiséis
millones de habitantes. En realidad, son de seis a siete millones de trabajadores quienes
crean las riquezas enviadas a las cuatro partes del mundo. ¿Y cuantos son los rentistas o
los intermediarios que añaden a sus rentas las que se adjudican haciendo pagar al
consumidor de cinco a veinte veces más de lo que han pagado al productor? Los que
detentan el capital reducen constantemente la producción, impidiendo producir. No
hablemos de esos toneles de ostras arrojados al mar para impedir que la ostra llegue a ser
un alimento de la plebe y deje de ser una golosina propia de la gente acomodada; no
hablemos de los mil y mil objetos de lujo tratados de igual manera que las ostras.
Recordemos tan sólo cómo se limita la producción de las cosas necesarias a todo el
mundo. Ejércitos de mineros no desean más que extraer todos los días carbón y enviarlo
a quienes tiritan de frío. Pero con frecuencia la tercera parte o dos tercios de eso
ejércitos vense impedidos de trabajar más de tres días por semana, para que se
mantengan altos los precios. Millares de tejedores no pueden manejar los telares, al paso
que sus mujeres y sus hijos no tienen sino harapos para cubrirse y las tres cuartas partes
de los europeos no cuentan con vestido que merezca tal nombre.
Centenares de altos hornos, miles de manufacturas
permanecen regularmente inactivos; otros no trabajan más que la mitad del tiempo, y en
cada nación civilizada hay siempre una población de unos dos millones de individuos que
piden trabajo y no lo encuentran.
Millones de hombres serían felices con transformar los
espacios incultos o mal cultivados en campos cubiertos de ricas mieses. Pero esos
valientes obreros tienen que seguir parados porque los poseedores de la tierra, de la
mina, de la fábrica, prefieren dedicar los capitales a préstamos a los turcos o
egipcios, o en acciones de oro de la Patagonia, que trabajen para ellos los fellahs
egipcios, los italianos emigrados del país de su nacimiento o los coolies chinos.
Esta es la limitación consciente y directa de la
producción. Pero hay también una limitación indirecta e inconsciente, que consiste en
gastar el trabajo humano en objetos inútiles en absoluto, o destinados tan sólo a
satisfacer la necia vanidad de los ricos.
Baste citar los miles de millones gastados por Europa
en armamento, sin más fin que conquistar mercados para imponer la ley económica a los
vecinos y facilitar la explotación en el interior; los millones pagados cada año a los
funcionarios de todo fuste, cuya misión es mantener el derecho de las minorías a
gobernar la vida económica de la nación; los millones gastados en jueces, cárceles,
policías y todo ese embrollo que llaman justicia; en fin, los millones empleados en
propagar por medio de la prensa ideas nocivas y noticias falsas, en provecho de los
partidos, de los personajes políticos y de las compañías de explotadores.
Aún se gasta más trabajo inútilmente aquí para
mantener la cuadra, la perrera y la servidumbre doméstica del rico; allí para responder
a los caprichos de las rameras de alto copete y al depravado lujo de los viciosos
elegantes; en otra parte, para forzar al consumidor a que compre lo que no le hace falta o
imponerle con reclamos un articulo de mala calidad; más allá para producir sustancias
alimenticias nocivas en absoluto para el consumidor, pero provechosas para el fabricante y
el expendedor. Lo que se malgasta de esta manera bastaría para duplicar la producción
útil, o para crear manufacturas y fábricas que bien pronto inundaría los almacenes con
todas las provisiones de que carecen dos tercios de la nación.
De aquí resulta que de los mismos que en cada nación
se dedican a los trabajos productivos, la cuarta parte por lo menos se ven obligados con
regularidad a un paro de tres o cuatro meses por año, y otra cuarta parte, si no la
mitad, no puede producir con su labor otros resultados que divertir a los ricos o explotar
al público.
Así, pues, por un lado si se considera la rapidez con
que las naciones civilizadas aumentan su fuerza de producción, y por otro los límites
puestos a ésta, debe deducirse que una organización económica medianamente razonable
permitiría a las naciones civilizabas amontonar en pocos años tantos productos útiles,
que se verían en el caso de exclamar: «¡Basta de carbón, basta de trigo, basta
de telas! ¡Descansemos, recojámonos para utilizar mejor nuestras fuerzas, para emplear
mejor nuestros ocios!»
No; el bienestar para todos no es un sueño. Podía
serlo cuan a duras penas lograba el hombre recoger ocho o diez hectolitros trigo por
hectárea, o construir por su propia mano los instrumentos mecánicos necesarios para la
agricultura y la industria. Ya no es un ensueño desde que el hombre inventara el motor
que, con un poco de hierro y algunos kilos de carbón, le da la fuerza de un caballo
dócil, manejable, capaz de poner en movimiento la máquina más complicada.
Mas para que el bienestar llegue a ser una realidad, es
preciso que el inmenso capital deje de ser considerado como una propiedad privada, del que
el acaparador disponga a su antojo. Es menester que el rico instrumento de la producción
sea propiedad común, a fin de que el espíritu colectivo saque de él los mayores
beneficios para todos. Se impone la expropiación.
El bienestar de todos como fin; la expropiación como
medio.
La expropiación: tal es el problema planteado pos la
historia ante nosotros los hombres de fines del siglo XIX. Devolución a la comunidad de
todo lo que sirva para conseguir el bienestar.
Pero este problema no puede resolverse por la vía
legislativa. El pobre y el rico comprenden que ni los gobiernos actuales ni los que
pudieran surgir de una revolución política serían capaces de resolverlo. Siéntese la
necesidad de una revolución social, y ni a ricos ni a pobres se les oculta que esa
revolución está próxima.
Durante el curso de este último medio siglo se ha
comprobado la evolución en los espíritus; pero comprimida por la minoría, es decir, por
las clases poseedoras, y no habiendo podido tomar cuerpo, es necesario que aparte por
medio de la fuerza los obstáculos y que se realice con violencia por medio de la
revolución.
¿De dónde vendrá la revolución? ¿Cómo se
anunciará? Es una incógnita. Pero los que observan y meditan no se equivocan:
trabajadores y explotadores, revolucionarios y conservadores, pensadores y hombres
prácticos, todos confiesan que está llamando a nuestras puertas.
Todos hemos estudiado mucho el lado dramático de las
revoluciones, y poco su obra verdaderamente revolucionaria, o muchos de entre nosotros no
ven en esos grandes movimientos mas que el aparato escénico, la lucha de los primeros
días, las barricadas. Pero esa lucha, esa escaramuza primera, terminan muy pronto; sólo
después de la derrota de los antiguos gobiernos comienza la obra real de la revolución.
Incapaces e impotentes, atacados por todas partes,
pronto se los lleva el soplo de la insurrección. En pocos días dejó de existir la
monarquía burguesa de 1848, y cuando un coche de alquiler llevaba a Luis Felipe de
Francia, a París ya no le importaba un pito el ex rey.
El gobierno de Thiers desapareció en pocas horas, el
18 de marzo de 1871, dejando a París dueño de sus destinos. Y sin embargo, 1848 y 1871
no fueron más que insurrecciones. Ante una revolución popular, los gobernantes se
eclipsan con sorprendente rapidez. Recordemos la Comuna.
Desaparecido el gobierno, el ejército ya no obedece a
sus jefes, vacilante por la oleada del levantamiento popular. Cruzándose de brazos, la
tropa deja hacer, o con la culata en alto se une a los insurrectos. La policía, con los
brazos caídos, no sabe si debe pegar o si gritar «Vive la Commune!» Y los
agentes de orden público se meten en sus casas «a esperar el nuevo
gobierno». Los orondos burgueses lían la maleta y se ponen a buen recaudo. Sólo
queda el pueblo. He aquí cómo se anuncia una revolución:
Proclámese la Comuna en varias grandes ciudades. Miles
de hombres están en las calles, y acuden por la noche a los clubs improvisados,
preguntándose: «¿Qué vamos a hacer?», y discutiendo con ardor los
negocios públicos. Todo el mundo se interesa en ellos; los indiferentes de la víspera
son quizá los más celosos. Por todas partes mucha buena voluntad, un vivo deseo de
asegurar la victoria. Prodúcense las grandes abnegaciones. El pueblo desea sólo marchar
adelante.
De seguro que habrá venganzas satisfechas. Pero eso
será un accidente de la lucha y no la revolución. Los socialistas gubernamentales, los
radicales, los genios desconocidos del periodismo, los oradores efectistas, corren al
ayuntamiento, a los ministerios, para tomar posesión de las poltronas abandonadas.
Admíranse ante los espejos ministeriales y estudian el dar órdenes con una gravedad a la
altura de su nueva posición. ¡Les hace falta un fajín rojo, un kepis galoneado y un
ademán magistral para imponerse al ex compañero de redacción o de taller! Los otros se
meten entre papelotes con la mejor voluntad de comprender alguna cosa. Redactan leyes,
lanzan decretos de frases sonoras, que nadie se cuidará de ejecutar.
Para darse aires de una autoridad que no tienen, buscan
la canción de las antiguas formas de gobierno. Elegidos o aclamados, se reúnen en
parlamentos o en consejos de la Comuna. Allí se encuentran hombres pertenecientes a diez,
a veinte escuelas diferentes que no son capillas particulares, como suele decirse, sino
que corresponden a maneras diversas de concebir la extensión, el alcance y los deberes de
la revolución. Posibilistas, colectivistas, radicales, jacobinos, blanquistas,
forzosamente reunidos, pierden el tiempo en discutir. Las personas honradas se confunden
con los ambiciosos, que sólo piensan en dominar y en despreciar a la multitud de la cual
han surgido. Llegando todos con ideas diametralmente opuestas, se ven obligados a formar
alianzas ficticias para constituir mayorías que no duran ni un día; disputan, se tratan
unos a otros de reaccionarios, de autoritarios, de bribones; son incapaces de entenderse
acerca de ninguna medida seria, y propenden a perder el tiempo en discutir necedades; no
consiguen hacer más que dar a luz proclamas altisonantes, todo se toma por lo serio,
mientras que la verdadera fuerza del movimiento está en la calle.
Durante ese tiempo, el pueblo sufre. Páranse las
fábricas, los talleres están cerrados, el comercio se estanca. El trabajador ya no cobra
ni aun el mezquino salario de antes. El precio de los alimentos sube.
Con esa abnegación heroica que siempre ha
caracterizado al pueblo, y que llega a lo sublime en las grandes épocas, tiene paciencia.
l es quien exclamaba en 1848: «Ponemos tres meses de miseria al servicio de la
República», mientras que los diputados y los miembros del nuevo gobierno, hasta el
último policía, cobraban con regularidad sus pagas. El pueblo sufre. Con su ingenua
confianza, con la candidez de la masa que cree en los que la conducen, espera que se
ocupen de él allá arriba, en la Cámara, en el Ayuntamiento, en el comité de Salud
pública.
Pero allá arriba se piensa en toda clase de cosas,
excepto en los sufrimientos de la muchedumbre. Cuando el hambre roe a Francia en 1793 y
compromete la revolución; cuando el pueblo se ve reducido a la última miseria, al paso
que los Campos Elíseos se ven llenos de magníficos carruajes, donde exhiben las mujeres
sus lujosas galas, ¡Robespierre insiste en los Jacobinos en hacer discutir su memoria
acerca de la constitución inglesa! Cuando el trabajador sufre en 1848 con la
paralización general de la industria, el gobierno provisional y la Cámara discuten
acerca de las pensiones militares y el trabajo durante esta época de crisis. Y si algún
cargo debe hacerse a la Comuna de París, nacida bajo los cánones de los prusianos, y que
sólo duró setenta días, es el no haber comprendido que la revolución comunera no
podía triunfar sin combatientes bien alimentados y que con seis reales diarios no se
podía a la vez batirse en las murallas y mantener a su familia.
El pueblo sufre y pregunta: «¿Qué hacer para
salir del atolladero?»
Reconocer y proclamar que cada cual tiene ante todo el
derecho de vivir, y que la sociedad debe repartir entre todo el mundo, sin excepción, los
medios de existencia de que dispone. Obrar de suerte que, desde el primer día de la
revolución, sepa el trabajador que una nueva era se abre ante él; que en lo sucesivo
nadie se verá obligado a dormir debajo de los puentes, junto a los palacios, a permanecer
ayuno mientras haya alimentos, a tiritar de frío cerca de los comercios de pieles. Sea
todo de todos, tanto en realidad como en principio, y prodúzcase al fin en la historia
una revolución que piense en las necesidades del pueblo antes de leerle la cartilla de
sus deberes.
Esto no podrá realizarse por decretos, sino tan sólo
por la toma de posesión inmediata, efectiva, de todo lo necesario para la vida de todos;
tal es la única manera en verdad científica de proceder, la única que comprende y desea
la masa del pueblo.
Tomar posesión, en nombre del pueblo sublevado, de los
graneros de trigo, de los almacenen atestados de ropa y de las casas habitables. No
derrochar nada, organizarse en seguida para llenar los vacíos, hacer frente a todas las
necesidades, satisfacerlas todas; producir, no ya para dar beneficios, sea a quien fuere,
sino para hacer que viva y se desarrolle la sociedad.
Basta de esas fórmulas ambiguas, como el
«derecho al trabajo», tengamos el valor de reconocer que el bienestar debe
realizarse a toda costa. Cuando los trabajadores reclamaban en 1848 el «derecho al
trabajo», organizábanse talleres nacionales o municipales y se enviaba a los
hombres a fatigarse en esos talleres por dos pesetas diarias. Cuando pedían la
organización del trabajo, respondíanles: «Paciencia, amigos; el gobierno va a
ocuparse de eso, y ahí tenéis hoy dos pesetas. ¡Descansad, rudos trabajadores, que
harto os habéis afanado toda la vida!» Y entretanto, apuntábanse los cánones,
convocábanse hasta las últimas reservas del ejército, desorganizábase a los propios
trabajadores por mil medios que se conocen al dedillo los burgueses. Y cuando menos lo
pensaban, dijéronles: «¡O vais a colonizar el África, u os ametrallamos!»
¡Muy diferente será el resultado si los trabajadores
reivindican el derecho del bienestar! Por eso mismo proclaman su derecho a apoderarse de
toda la riqueza social; a tomar las casas e instalarse en ellas con arreglo a las
necesidades de cada familia; a tomar los víveres acumulados y consumirlos de suerte que
conozcan la hartura tanto como conocen el hambre. Proclaman su derecho a todas las
riquezas, y es menester que conozcan lo que son los grandes goces del arte y de la
ciencia, harto tiempo acaparados por los burgueses.
Y cuando afirman su derecho al bienestar, declaran su
derecho a decidir ellos mismos lo que ha de ser su bienestar, lo que es preciso para
asegurarlo y lo que en lo sucesivo debe abandonarse como desprovisto de valor.
El derecho al bienestar es la posibilidad de vivir como
seres humanos y de criar los hijos para hacerles miembros iguales de una sociedad superior
a la nuestra, al paso que el derecho al trabajo es el derecho a continuar siempre siendo
un esclavo asalariado, un hombre de labor, gobernado y explotado por los burgueses del
mañana. El derecho al bienestar es la revolución social; el derecho al trabajo es, a lo
sumo, un presidio industrial.
Toda sociedad que rompa con la propiedad privada se
verá en el caso de organizarse en comunismo anarquista.
Hubo un tiempo en que una familia de aldeanos podía
considerar el trigo que cultivaba y las vestiduras de lana tejidas en casa como productos
de su propio trabajo. Aun entonces, esta creencia no era del todo correcta. Había caminos
y puentes hechos en común, pantanos desecados por un trabajo colectivo y pastos comunes
cercados por setos que todos costeaban, Una mejora en las artes de tejer o en el modo de
tintar los tejidos, aprovechaba a todos; en aquella época, una familia campesina no
podía vivir sino a condición de encontrar apoyo en la ciudad, en el municipio.
Los italianos que morían de cólera cavando el canal
de Suez, o de anemia en el túnel de San Gotardo, y los americanos segados por las
granadas en la guerra abolicionista de la industria algodonera en Francia y en Inglaterra
no menos que las jóvenes que se vuelven cloróticas en las manufacturas de Manchester o
de Ruan o el ingeniero autor de alguna mejora en la maquinaria de tejer.
Situándonos en este punto de vista general y
sintético de la producción, no podemos admitir con los colectivistas que una
remuneración proporcional a las horas de trabajo aportadas por cada uno en la producción
de las riquezas, pueda ser un ideal, ni siquiera un paso adelante hacia ese ideal. Sin
discutir aquí si realmente el valor de cambio de las mercancías se mide en la sociedad
actual por la cantidad de trabajo necesario para producirlas (según lo han afirmado Smith
y Ricardo, cuya tradición ha seguido Marx), bástenos decir que el ideal colectivista nos
parecería irrealizable en una sociedad que considerase los instrumentos de producción
como un patrimonio común. Basada en este principio, veríase obligada a abandonar en el
acto cualquier forma de salario.
Estamos convencidos de que el individualismo mitigado
del sistema colectivista no podría existir junto con el comunismo parcial de la posesión
por todos del suelo y de los instrumentos del trabajo. Una nueva forma de posesión
requiere una nueva forma de retribución. Una forma nueva de producción no podría
mantener la antigua forma de consumo, como no podría amoldarse a las formas antiguas de
organización política.
El salario ha nacido de la apropiación personal del
suelo y de los instrumentos para la producción por parte de algunos.
Era la condición necesaria para el desarrollo de la
producción capitalista; morirá con ella, aunque se trate de disfrazarla bajo la forma de
«bonos de trabajo». La posesión común de los instrumentos de trabajo
traerá consigo necesariamente el goce en común de los frutos de la labor común.
Sostenemos, no sólo que es deseable el comunismo, sino
que hasta las actuales sociedades, fundadas en el individualismo, se ven obligadas de
continuo a caminar hacia el comunismo.
El desarrollo del individualismo, durante los tres
últimos siglos, se explica, sobre todo, por los esfuerzos del hombre, que quiso
prevenirse contra los poderes del capital y del Estado. Creyó por un momento y así lo
han predicado los que formulaban su pensamiento por él que podía libertarse por
completo del Estado y de la sociedad. «Mediante el dinero decía puedo comprar
todo lo que necesite.» Pero el individuo ha tomado mal camino, y la historia
moderna le conduce a confesar que sin el concurso de todos no puede nada, aunque tuviese
atestadas de oro sus arcas.
Junto a esa corriente individualista vemos en toda la
historia moderna, por una parte, la tendencia a conservar todo lo que queda del comunismo
parcial de la antigüedad, y por otra a restablecer el principio comunista en las mil y
mil manifestaciones de la vida.
En cuanto los municipios de los siglos X, XI y XII
consiguieron emanciparse del señor laico o religioso, dieron inmediatamente gran,
extensión al trabajo en común, al consumo en común.
La ciudad era la que fletaba buques y despachaba
caravanas para el comercio lejano, cuyos beneficios eran para todos y no para los
individuos; también compraba las provisiones para sus habitantes. Las huellas de esas
instituciones se han mantenido hasta el siglo XIX, y los pueblos conservan religiosamente
el recuerdo de ellas en sus leyendas.
Todo eso ha desaparecido. Pero el municipio rural aún
lucha por mantener los últimos vestigios de, ese comunismo, y lo consigue mientras el
Estado no vierte su abrumadora espada en la balanza.
Al mismo tiempo surgen, bajo mil diversos aspectos,
nuevas organizaciones basadas en el mismo principio de a cada uno según sus necesidades,
porque sin cierta dosis de comunismo no podrían vivir las sociedades actuales.
El puente, por cuyo paso pagaban en otro tiempo los
transeúntes, se ha hecho de uso común. El camino que antiguamente se pagaba a tanto la
legua, ya no existe más que en Oriente. Los museos, las bibliotecas libres, las escuelas
gratuitas, las comidas comunes para los niños, los parques y los jardines abiertos para
todos, las calles empedradas y alumbradas, libres para todo el mundo; el agua enviada a
domicilio y con tendencia general a no tener en cuenta la cantidad consumida, he aquí
otras tantas instituciones fundadas en el principio de «Tomad lo que
necesitéis».
Los tranvías y ferrocarriles introducen ya el billete
de abono mensual o anual, sin tener en cuenta el número de viajes, y recientemente toda
una nación, Hungría, ha introducido en su red de ferrocarriles el billete por zonas, que
permite recorrer quinientos o mil kilómetros por el mismo precio. Tras de esto no falta
mucho para el precio uniforme, como ocurre en el servicio postal. En todas estas
innovaciones, y otras mil, hay la tendencia a no medir el consumo. Hay quien quiere
recorrer mil leguas, y otro solamente quinientas. Esas son necesidades personales, y no
hay razón alguna para hacer pagar a uno doble que a otro sólo porque sea dos veces más
intensa su necesidad.
Hay también la tendencia a poner las necesidades del
individuo por encima de la evaluación de los servicios que haya prestado o que preste
algún día a la sociedad. L1égase a considerar la sociedad como un todo cada una de
cuyas partes está tan íntimamente ligada con las demás, que el servicio prestado a tal
o cual individuo es un servicio prestado a todos.
Cuando acudís a una biblioteca pública por ejemplo,
las de Londres o Berlin-, el bibliotecario no os pregunta qué servicio habéis dado a la
sociedad para daros el libro o los cien libros que le pidáis, y si es necesario, os ayuda
a buscarlos en el catálogo. Mediante un derecho de entrada único, la sociedad
científica abre sus museos, jardines, bibliotecas, laboratorios, y da fiestas anuales a
cada uno de sus miembros, ya sea un Darwin o un simple aficionado.
En San Petersburgo, si perseguís un invento, vais a un
taller especial, donde os ofrecen sitio, un banco de carpintero, un torno de mecánico,
todas las herramientas necesarias, todos los instrumentos de precisión, con tal de que
sepáis manejarlos, y se os deja trabajar todo lo que gustéis. Ahí están las
herramientas; interesad a amigos por vuestra idea, asociaos a otros amigos de diversos
oficios si no preferís trabajar solos; inventad la máquina o no inventéis nada, eso es
cosa vuestra. Una idea os conduce, y eso basta.
Los marinos de una falúa de salvamento no preguntan
sus títulos a los marineros de un buque náufrago; lanzan su embarcación, arriesgan su
vida entre las olas furibundas, y algunas veces mueren por salvar a unos hombres a quienes
no conocen siquiera. ¿Y para qué necesitan conocerlos? «Les hacen falta nuestros
servicios, son seres humanos: eso basta, su derecho queda asentado.
¡Salvémoslos!» Que mañana una de nuestras grandes ciudades, tan egoístas en
tiempos corrientes, sea visitada por una calamidad cualquiera por ejemplo, un sitio y
esa misma ciudad decidirá que las primeras necesidades que se han de satisfacer son las
de los niños y los viejos, sin informarse de los servicios que hayan prestado o presten a
la sociedad; es preciso ante todo mantenerlos, cuidar a los combatientes
independientemente de la valentía o de la inteligencia demostradas por cada uno de ellos,
y hombres y mujeres a millares rivalizarán en abnegación por cuidar a los heridos.
Existe la tendencia. Se acentúa en cuanto quedan
satisfechas las más imperiosas necesidades de cada uno, a medida que aumenta la fuerza
productora de la humanidad; acentúase aún más cada vez que una gran idea ocupa el
puesto de las mezquinas preocupaciones de nuestra vida cotidiana.
El día en que devolviesen los instrumentos de
producción a todos, en que las tareas fuesen comunes y el trabajo ocupando el sitio de
honor en la sociedad produjese mucho más de lo necesario para todos, ¿cómo dudar de
que esta tendencia ensanchará su esfera de acción hasta llegar a ser el principio mismo
de la vida social?
Por esos indicios somos del parecer de que, cuando la
revolución haya quebrantado la fuerza que mantiene el sistema actual, nuestra primera
obligación será realizar inmediatamente el comunismo. Pero nuestro comunismo no es el de
los falansterianos ni el de los teóricos autoritarios alemanes, sino el comunismo
anarquista, el comunismo sin gobierno, el de los hombres libres. Esta es la síntesis de
los dos fines perseguidos por la humanidad a través de las edades: la libertad económica
y la libertad política.
Tomando la anarquía como ideal de la organización
política, no hacemos más que formular también otra pronunciada tendencia de la
humanidad. Cada vez que lo permitía el curso del desarrollo de las sociedades europeas,
éstas sacudían el yugo de la autoridad y esbozaban un sistema basado en los principios
de la libertad individual. Y vemos en la historia que los períodos durante los cuales
fueron derribados los gobiernos a consecuencia de revoluciones parciales o generales, han
sido épocas de repentino progreso en el terreno económico e intelectual.
Ya es la independencia de los municipios, cuyos
monumentos fruto del trabajo libre de asociaciones libres no han sido superados desde
entonces; ya es el levantamiento de los campesinos, que hizo la Reforma y puso en peligro
el Papado; ya la sociedad libre en los primeros tiempos fundada al otro lado del
Atlántico por los descontentos que huyeron de la vieja Europa.
Y si observamos el desarrollo presente de las naciones
civilizadas, vemos un movimiento cada vez más acentuado en pro de limitar la esfera de
acción del gobierno y dejar cada vez mayor libertad al individuo. Esta es la evolución
actual, aunque dificultada por el fárrago de instituciones y preocupaciones heredadas de
lo pasado. Lo mismo que todas las evoluciones, no espera más que la revolución para
barrer las viejas ruinas que le sirven de obstáculo, tomando libre vuelo en la sociedad
regenerada.
Después de haber intentado largo tiempo resolver el
insoluble problema de inventar un gobierno que «obligue al individuo a la
obediencia, sin cesar de obedecer aquél también a la sociedad», la humanidad,
intenta libertarse de toda especie de gobierno y satisfacer sus necesidades de
organización, mediante el libre acuerdo entre individuos y grupos que persigan los mismos
fines. La independencia de cada mínima unidad territorial es ya una necesidad apremiante;
el común acuerdo reemplaza a la ley, y pasando por encima de las fronteras, regula los
intereses particulares con la mira puesta en un fin general.
Todo lo que en otro tiempo se tuvo como función del
gobierno se le disputa hoy, acomodándose más fácilmente y mejor sin su intervención.
Estudiando los progresos hechos en este sentido, nos vemos llevados a afirmar que la
humanidad tiende a reducir a cero la acción de los gobiernos, esto es, a abolir el
Estado, esa personificación de la injusticia, de la opresión y del monopolio.
Ciertamente que la idea de una sociedad sin Estado
provocará por lo menos tantas objeciones como la economía política de una sociedad sin
capital privado. Todos hemos sido amamantados con prejuicios acerca de las funciones
providenciales del Estado. Toda nuestra educación, desde la enseñanza de las tradiciones
romanas hasta el código de Bizancio, que se estudia con el nombre de derecho romano, y
las diversas ciencias profesadas en las universidades, nos acostumbran a creer en el
gobierno y en las virtudes del Estado providencia.
Para mantener este prejuicio se han inventado y
enseñado sistemas filosóficos. Con el mismo fin se han dictado leyes. Toda la política
se funda en ese principio, y cada político, cualquiera que sea su matiz, dice siempre al
pueblo: «¡Dame el poder; quiero y puedo librarte de las miserias que pesan sobre
ti!»
Abrid cualquier libro de sociología, de
jurisprudencia, y encontraréis en él siempre al gobierno, con su organización y sus
actos, ocupando tan gran lugar, que nos acostumbramos a creer que fuera del gobierno y de
los hombres de Estado ya no hay nada.
La prensa repite en todos los tonos la misma cantinela.
Columnas enteras se consagran a las discusiones parlamentarias, a las intrigas de los
políticos; apenas si se advierte la inmensa vida cotidiana de una nación en algunas
lineas que tratan de un asunto económico, a propósito de una ley, o en la sección de
noticias o en la de sucesos del día. Y cuando leéis esos periódicos, lo que menos
pensáis es en el inmenso número de seres humanos que nacen y mueren, trabajan y
consumen, conocen los dolores, piensan y crean, más allá de esos personajes de estorbo,
a quienes se glorifica hasta el punto de que sus sombras, agrandadas por nuestra
ignorancia, cubran y oculten a la humanidad.
Y sin embargo, en cuanto se pasa del papel impreso a la
vida misma, en cuanto se echa una ojeada a la sociedad, salta a la vista la parte
infinitesimal que en ella representa el gobierno. Balzac había hecho notar ya cuántos
millones de campesinos permanecen durante toda su vida sin conocer nada del Estado,
excepto los impuestos que están obligados a pagarle. Diariamente se hacen millones de
tratos sin que intervenga el gobierno, y los más grandes de ellos los del comercio y la
bolsa se hacen de modo que ni siquiera se podría invocar al gobierno si una de las
partes contratantes tuviese la intención de no cumplir sus compromisos. Hablad con un
hombre que conozca el comercio, y os dirá que los cambios operados todos los días entre
comerciantes serian de absoluta imposibilidad si no tuvieran por base la confianza mutua.
La costumbre de cumplir su palabra, el deseo de no perder el crédito, bastan ampliamente
para sostener esa honradez comercial. El mismo que sin el menor remordimiento envenena a
sus parroquianos con infectas drogas cubiertas de etiquetas pomposas, tiene como empeño
de honor el cumplir sus compromisos. Pues bien; si esa moralidad relativa ha podido
desarrollarse, hasta en las condiciones actuales, cuando el enronquecimiento es el único
móvil y el único objetivo, ¿podemos dudar que no progrese rápidamente, en cuanto ya no
sea la base fundamental de la sociedad la apropiación de los frutos de la labor ajena?
Hay otro rasgo característico de nuestra generación,
que aún habla mejor en pro de nuestras ideas, y es el continuo crecimiento del campo de
las empresas debidas a la iniciativa privada y el prodigioso desarrollo de todo género de
agrupaciones libres. Estos hechos son innumerables, y tan habituales, que forman la
esencia de la segunda mitad de este siglo, aun cuando los escritores de socialismo y de
política los ignoran, prefiriendo hablarnos siempre de las funciones del gobierno. Estas
organizaciones, libres y variadas hasta lo infinito, son un producto tan natural, crecen
con tanta rapidez y se agrupan con tanta facilidad, son un resultado tan necesario del
continuo crecimiento de las necesidades del hombre civilizado y reemplazan con tantas
ventajas a la injerencia gubernamental, que debemos reconocer en ellas un factor cada vez
más importante en la vida de las comunidades.
Si no se extienden aún al conjunto de las
manifestaciones de la vida, es porque hallan un obstáculo insuperable en la miseria del
trabajador, en las castas de la sociedad actual, en la apropiación privada del capital
colectivo, en el Estado. Abolid esos obstáculos, Y las veréis cubrir el inmenso dominio
de la actividad de los hombres civilizados.
La historia de los cincuenta años últimos es una
prueba de la impotencia del gobierno representativo para desempeñar las funciones con que
se le ha querido revestir.
Algún día se citará el siglo XIX como la fecha del
aborto del parlamentarismo.
Esta impotencia es tan evidente para todos, son tan
palpables las faltas del parlamentarismo y los vicios fundamentales del principio
representativo, que los pocos pensadores que han hecho su crítica (J. Stuart Mill,
Laverdais) no han tenido más que traducir el descontento popular. Es absurdo nombrar
algunos hombres y decirles: «Hacednos leyes acerca de todas las manifestaciones de
nuestra vida, aunque cada uno de vosotros las ignore». Se empieza a comprender que
el gobierno de las mayorías parlamentarias significa el abandono de todos los asuntos del
país a los que forman las mayorías en la Cámara y en los comicios a los que no tienen
opinión.
La unión postal internacional, las uniones de
ferrocarriles, las sociedades sabias, dan el ejemplo de soluciones halladas por el libre
acuerdo, en vez de por la ley. Cuando grupos diseminados por el mundo quieren llegar hoy a
organizarse para un fin cualquiera, no nombran un parlamento internacional de diputados
para todo y a quienes se les diga: «Votadnos leyes; las obedeceremos».
Cuando no se pueden entender directamente o por correspondencia, envían delegados que
conozcan la cuestión especial que va a tratarse, y les dicen: «Procurad poneros de
acuerdo acerca de tal asunto, y volved luego no con una ley en el bolsillo, sino con una
proposición de acuerdo, que aceptaremos o no aceptaremos». Así es como obran las
grandes sociedades industriales y científicas, las asociaciones de todas clases, que hay
en gran número en Europa y en los Estados Unidos. Y así deberá obrar la sociedad
libertada. Para realizar la expropiación, le será absolutamente imposible organizarse
bajo el principio de la representación parlamentaria. Una sociedad fundada en la
servidumbre podrá conformarse con la monarquía absoluta; una sociedad basada en el
salario y en la explotación de las masas por los detentadores del capital, se acomoda con
el parlamentarismo. Pero una sociedad libre que vuelva a entrar en posesión de la
herencia común, tendrá que buscar en el libre agrupamiento y en la libre federación de
los grupos una organización nueva que convenga a la nueva fase económica de la historia.
Cuéntase, que en 1848, al verse amenazado Rothschild
en su fortuna por la revolución, inventó la siguiente farsa: «Admitamos que mi
fortuna se haya adquirido a costa de los demás. Dividida entre tantos millones de
europeos, tocarían dos pesetas a cada persona. Pues bien; me comprometo a devolver a cada
cual sus dos pesetas si me las pide».
Dicho esto, y debidamente publicado, nuestro millonario
se paseaba tranquilo por las calles de Francfort. Tres o cuatro transeúntes le pidieron
sus dos pesetas, se las entregó con sardónica sonrisa, y quedó hecha la jugarreta. La
familia del millonario aún está en posesión de sus tesoros.
Poco más o menos así razonan las cabezas sólidas de
la burguesía cuando nos dicen: «¡Ah, la expropiación! Comprendido. Quitan
ustedes a todos los gabanes, los ponen en un montón, y cada cual se acerca a coger uno,
salvo el zurrarse la badana por quién coge el mejor».
Lo que necesitamos no es poner en un montón los
gabanes para distribuirlos después, y eso que los que tiritan de frío aún encontrarían
en ello alguna ventaja. Tampoco tenemos que repartirnos las dos pesetas de Rothschild. Lo
que necesitamos es organizarnos de tal forma, que cada ser humano, al venir al mundo,
pudiera estar seguro de aprender un trabajo productivo, en primer término acostumbrarse a
él, y después poder ocuparse de ese trabajo sin pedir permiso al propietario y al
patrono y sin pagar a los acaparadores de la tierra y de las máquinas la parte del león
sobre todo lo que produzca.
En cuanto a las riquezas de todas clases, detentadas
por los RoLhschilds o los Vanderbilt, nos servirían para organizar mejor nuestra
producción en común
El día en que el trabajador del campo pueda arar la
tierra sin pagar la mitad de lo que produce; el día en que las máquinas necesarias para
preparar el suelo para las grandes cosechas estén a la libre disposición de los
cultivadores; el día en que el obrero del taller produzca para la comunidad y no para el
monopolio, los trabajadores no irán ya harapientos, y no habrá más Rothschilds ni otros
explotadores.
Nadie tendrá ya necesidad de vender su fuerza de
trabajo por un salario que sólo representa una parte del total de lo que produce.
«Sea nos dirán-. Pero de fuera os vendrán los
Rothschilds. ¿Podréis impedir que un individuo que haya acumulado millones en China,
vaya a establecerse entre vosotros, que se rodee de servidores y trabajadores asalariados,
que los explote y se enriquezca a costa de ellos? No podéis hacer la revolución en toda
la tierra a la vez. ¿Vais a establecer aduanas en vuestras fronteras, para registrar ti
quienes lleguen y apoderarse del oro que traigan?»
¡Habría que ver: policías anarquistas disparando
contra los pasajeros!
Pues bien; en el fondo de este razonamiento hay un
burdo error, y es que nadie se ha preguntado nunca de dónde provienen las fortunas de los
ricos. Un poco de reflexión bastaría para demostrar que el origen de esas fortunas está
en la miseria de los pobres. Donde no haya miserables, no habrá ya ricos para
explotarlos.
Fijaos un poco en la Edad Media, en la que comienzan a
surgir grandes fortunas. Un barón feudal se ha apoderado de un fértil valle. Pero
mientras esa campiña no se pueble, nuestro barón no puede llamarse rico. ¿Qué va a
hacer nuestro barón para enriquecerse? ¡Buscar colonos!
Sin embargo, si cada agricultor tuviese un pedazo de
tierra libre de cargas y ademas las herramientas y el ganado suficientes para la labor,
¿quién iría a roturar las tierras del barón? Cada cual se quedaría en las suyas. Pero
hay poblaciones enteras de miserables. Unos han sido arruinados por las guerras, otros por
las sequías, por la peste; no tienen bestias ni aperos. (El hierro era costoso en la Edad
Media; más costosa todavía una bestia de labor.)
Todos los miserables buscan mejores condiciones. Un
día ven en el camino, en la linde de las tierras de nuestro barón, un poste indicando
con ciertos signos comprensibles que el labrador que se instale en esas tierras recibirá
con el suelo instrumentos y materiales para edificar una choza y sembrar su campo, sin que
en cierto número de años tenga que pagar ningún canon. Ese número de años se indica
con otras tantas cruces en el poste frontero, y el campesino entiende lo que significan
esas cruces.
Entonces acuden a las tierras del barón los
miserables; trazan caminos, desecan los pantanos, levantan aldeas. A los nueve años, el
barón les impondrá un arrendamiento, cinco años más tarde les cobrará tributos, que
duplicará después, y el labrador aceptará esas nuevas condiciones porque en otra parte
no las hallará mejores, Y poco a poco, con ayuda de la ley hecha por los letrados, la
miseria del campesino se convierte en manantial de riqueza para el señor; y no sólo para
el señor, sino para toda una nube de usureros que descarga sobre las aldeas, y que se
multiplican tanto más cuanto mayor es el empobrecimiento del labriego.
Así pasaba en la Edad Media. ¿Y no sucede hoy lo
mismo? Si hubiese tierras libres que el campesino pudiese cultivar a su antojo, ¿iría a
pagar mil pesetas por hectárea al señor vizconde que se digna cederle una parcela?
¿Iría a pagar un arrendamiento oneroso, que le quita el tercio de lo que produce?
¿Iría a hacerse colono para entregar la mitad de la cosecha al propietario?
Pero como nada tiene, acepta todas las condiciones con
tal d poder vivir cultivando el suelo, y enriquece al Señor. En pleno siglo XIX, como en
la Edad Media, la pobreza del campesino es riqueza para los propietarios de bienes
raíces.
El amo del suelo se enriquece con la miseria de los
labradores. Lo mismo sucede con el industrial.
Contemplad un burgués, que de una manera u otra se
encuentra poseedor de un tesoro de quinientas mil pesetas. Ciertamente, puede gastarse ese
dinero a razón de cincuenta mil pesetas al año, poquísima cosa en el fondo, dado el
lujo caprichoso e insensato que vemos en estos días. Pero entonces al cabo de diez años
no le quedará nada. Así, pues, como hombre «práctico», prefiere guardar
intacta su fortuna y crearse además una bonita renta anual.
Eso es muy sencillo en nuestra sociedad, precisamente
porque en nuestras ciudades y pueblos hormiguean trabajadores que no tienen para vivir un
mes, ni siquiera una quincena. Nuestro burgués funda una fábrica, los banqueros se
apresuran a prestarle otras quinientas mil pesetas, sobre todo si tiene fama de ser
hábil, y con su millón podrá hacer trabajar a quinientos obreros.
Si en los contornos no hubiese más que hombres y
mujeres cuya existencia estuviera garantizada, ¿quién iría a trabajar para nuestro
burgués? Nadie consentiría en fabricarle, por un salario de dos o tres pesetas al día,
objetos comerciales por valor de cinco a diez pesetas.
Por desgracia, los barrios pobres de la ciudad y de los
pueblos próximos están llenos de gente cuyos hijos lloran delante de la despensa vacía.
Por eso, en cuanto se abre la fábrica acuden corriendo los trabajadores embaucados. No
hacen falta más que cien y se presentan mil. Y en cuanto funciona la fábrica, el patrono
se embolsa, limpio de polvo y paja, un millar de pesetas anuales por cada par de brazos
que trabajan para él.
Nuestro patrono obtiene así una bonita renta. Si ha
elegido una rama industrial lucrativa, y si es listo, agrandará poco a poco su fabrica y
aumentará sus rentas, duplicando el número de los hombres, a quienes explota.
Entonces llegará a ser un personaje en la comarca.
Podrá pagar almuerzos a otros notables, a los concejales, al señor diputado. Podrá
casar su fortuna con otra fortuna, y colocar más tarde ventajosamente a sus hijos y
obtener luego alguna concesión del Estado. Se le pedirán suministros para el ejército o
para la provincia, y continuará redondeando su tesoro hasta que una guerra, o el simple
rumor de ella, o una jugada de bolsa le permitan dar un gran golpe de mano.
Las nueve décimas partes de las colosales fortunas de
los Estados Unidos (así lo ha relatado Henry George en sus Problemas sociales) se deben a
una gran bribonada hecha con la complicidad del Estado. En Europa, los nueve décimos de
las fortunas, en nuestras monarquías y en nuestras repúblicas, tienen el mismo origen.
Toda la ciencia de adquirir riquezas está en eso:
encontrar cierto número de hambrientos, pagarles tres pesetas y hacerles producir diez;
amontonar así una fortuna y acrecentarla en seguida por algún gran golpe de mano con
ayuda del Estado.
No vale la pena hablar de las modernas fortunas
atribuidas por los economistas al ahorro, pues el ahorro, por sí solo, no produce nada,
en tanto que el dinero ahorrado no se emplea en explotar a los hambrientos.
Supongamos un zapatero a quien se le retribuya bien su
trabajo, que tenga buena parroquia y que, a fuerza de privaciones, llegue a ahorrar cerca
de dos pesetas diarias, ¡cincuenta pesetas al mes!
Supongamos que nuestro zapatero no esté nunca enfermo;
que coma bien, a pesar de su afán por el ahorro; que no se case o que no tenga hijos; que
no se muera de tisis; admitamos cuanto queráis.
Pues bien; a la edad de cincuenta años no habrá
ahorrado ni quince mil pesetas, y no tendrá de qué vivir durante su vejez, cuando ya no
pueda trabajar. Ciertamente no es así como se hacen las fortunas.
Supongamos otro zapatero. En cuanto tenga ahorradas
unas pesetas, las llevará con cuidado a la caja de ahorros, y ésta se las prestará al
burgués que trata de montar una explotación de hombres descalzos. Luego tomará un
aprendiz, el hijo de un miserable, que se tendrá por feliz si al cabo de cinco años
aprende el oficio y consigue ganarse la vida.
El aprendiz le «producirá» a nuestro
zapatero y si éste tiene clientela, se apresurará a tomar otro, y más adelante un
tercer aprendiz. Luego tendrá dos o tres oficiales, felices si cobran tres pesetas
diarias por un trabajo que vale seis. Y si nuestro zapatero «tiene suerte»,
es decir, si es bastante pillo, sus oficiales y aprendices le producirán una veintena de
pesetas además de su propio trabajo. Podrá ensanchar su negocio, se enriquecerá poco a
poco y no tendrá necesidad de privarse de lo estrictamente necesario. Dejará a su hijo
una fortunita.
He aquí lo que llaman «hacer ahorros, tener
hábitos de sobriedad». En el fondo, es lisa y llanamente explotar a los
necesitados.
El comercio parece una excepción de la regla.
«Fulano se nos dirá compra té en la China, lo importa a Francia y realiza un
beneficio del 30 por 100 de su dinero. No ha explotado a nadie.»
Y, sin embargo, el caso es análogo. ¡Si nuestro
hombre hubiese traído el té sobre sus espaldas, santo y muy bueno! Antaño, en los
orígenes de la Edad Media, de esa manera precisamente se hacía el comercio. Por eso no
se lograban jamás las pasmosas fortunas de nuestros días; apenas si el mercader de
entonces podía guardar algunas monedas después de un viaje llenos de penalidades y
peligros. Impulsábale a dedicarse al comercio menos el afán de lucro que la afición a
los viajes y aventuras.
Hoy el sistema es más sencillo. El comerciante que
tiene capital no necesita moverse del escritorio para enriquecerse. Telegrafía a un
comisionista la orden de comprar cien toneladas de té; fleta un buque, y a las pocas
semanas tiene en su poder el cargamento. Ni siquiera corre el riesgo de la travesía,
porque están asegurados su té y el buque. Y si ha gastado cien mil pesetas, recogerá
ciento treinta mil, a menos que haya querido especular con alguna mercancía nueva, en
cuyo caso se arriesga a duplicar su fortuna o a perderla por entero.
Pero, ¿cómo ha podido encontrar hombres que se hayan
resuelto a hacer la travesía, ir a China y volver, trabajar de firme, soportar fatigas y
arriesgar su vida por un salario ruin? ¿Cómo ha podido encontrar en los docks cargadores
y descargadores, a quienes pagaba lo preciso nada más que para no dejarlos morir de
hambre mientras trabajaban? ¿Cómo? ¡Porque están en la miseria! Id a un puerto de mar,
visitad los cafetuchos de los muelles, observad a esos hombres que van a dejarse embaucar,
pegándose a las puertas de los docks, que asaltan desde el alba, para ser admitidos a
trabajar en los buques. Ved esos marineros, contentos de enrolarse para un viaje lejano,
después de semanas y meses de espera; toda su vida la han pasado de buque en buque y
subirá aún a otros, hasta que algún día desaparezcan entre las olas.
Multiplicad los ejemplos, elegidlos donde os parezca,
meditad sobre el origen de todas las fortunas grandes o pequeñas, procedan del comercio,
de la banca; de la industria o del suelo. En todas partes comprobaréis que la riqueza de
unos está formada por miseria de otros.
Una sociedad anarquista no tendría que temer al
Rothschild desconocido que fuera a establecerse de pronto en su seno. Si cada miembro de
la comunidad sabe que después de algunas horas de trabajo productivo tendrá derecho a
todos los placeres que proporciona la civilización, a los profundos goces que la ciencia
y el arte dan a quienes la cultivan, no irá a vender su fuerza de trabajo por una
mezquina pitanza; nadie se ofrecerá para enriquecer al susodicho Rothschild. Sus monedas
de dos pesetas serán rodajas metálicas, útiles para diversos usos, pero incapaces de
producir crías.
La expropiación debe comprender todo cuanto permita
apropiarse el trabajo ajeno. La fórmula es sencilla y fácil de comprender.
No queremos despojar a nadie de su gabán, si no que
deseamos devolver a los trabajadores todo lo que permite explotarlos, no importa a quién.
Y haremos todos los esfuerzos para que, no faltándole a nadie nada, no haya ni un solo
hombre que. se vea obligado a vender sus brazos para existir él y sus hijos.
He aquí cómo entendemos la expropiación y nuestro
deber durante la revolución, cuya llegada esperamos, no para de aquí a doscientos años,
sino en un futuro próximo.
La idea anarquista en general y la de la expropiación
en particular, encuentran muchas más simpatías de lo que se cree entre los hombres
independientes de carácter y aquellos para quienes la ociosidad no es el supremo ideal.
«Sin embargo nos dicen con frecuencia nuestros amigos-, ¡guardaos de ir demasiado
lejos! ¡Puesto que la humanidad no cambia en un día, no vayáis demasiado de prisa en
vuestros proyectos de expropiación y de anarquía! Arriesgaríais no hacer nada
duradero.»
Pues bien; lo que tememos en materia de expropiación
es no ir demasiado lejos. Por el contrario, tememos que la expropiación se haga en una
escala demasiado pequeña para ser duradera; que el arranque revolucionario se detenga a
la mitad de su camino; que se gaste en medidas a medias que no podrían contentar a nadie,
y que produciendo un derrumbamiento formidable en la sociedad y una suspensión de sus
funciones, no fuesen, sin embargo, viables, sembrando el descontento general y trayendo
fatalmente el triunfo de la reacción.
En efecto, hay establecidas en nuestras sociedades
relaciones que es materialmente imposible modificar si sólo en parte se toca a ellas. Los
diversos rodajes de nuestra organización económica están engranados tan íntimamente
entre si, que no puede modificarse uno solo sin modificarlos en su conjunto; esto se
advertirá en cuanto se quiera expropiar, sea lo que fuere.
Supongamos que en una región cualquiera se haga una
expropiación, limitada, por ejemplo, a los grandes señores territoriales sin tocar a las
fábricas (como no ha mucho pidió Henry George) que en tal o cual ciudad se expropien las
casas, sin poner en común los víveres, o que en una región industrial se expropien
fábricas sin tocar a las grandes propiedades territoriales.
El resultado será siempre el mismo: trastorno inmenso
de vida económica, sin medios de reorganizarla sobre bases nuevas. Paralización de la
industria y del tráfico, sin volver a los principios de la justicia: imposibilidad de que
la sociedad reconstituya un todo armónico.
Si el agricultor se libra del gran propietario
territorial sin que la industria se libre del capitalista, el industrial del comerciante
del banquero, no habrá hecho nada. El cultivador sufre hoy, no sólo por tener que pagar
la renta al propietario del suelo, sino por el conjunto de las condiciones actuales; sufre
el impuesto que le cobra el industrial, quien le hace pagar tres pesetas por una azada que
sólo vale la cuarta parte en comparación con el trabajo agricultor; contribuciones
impuestas por el Estado, que no puede existir sin una formidable jerarquía de
funcionarios; gastos de sostenimiento del ejército que mantiene el Estado, porque
industriales de todas las naciones están en perpetua lucha por los mercados, y cualquier
día puede estallar la guerra a consecuencia de disputarse la explotación de tal o cual
parte del Asia o África. El agricultor sufre por la despoblación de los campos cuya
juventud se ve arrastrada hacia las fábricas de las gran ciudades, ya con el cebo de
salarios más altos pagados temporalmente por los productores de objetos de lujo, ya por
los alicientes de una vida de más movimiento; sufre también por la protección
artificial de la industria, la explotación comercial de los países limítrofes, la
usura, la dificultad de mejorar el suelo y perfeccionar los aperos, etcétera.
Lo mismo sucede con la industria. Entregad mañana las
fábricas a los trabajadores, haced lo que se ha hecho con cierto número de campesinos, a
quienes se les ha convertido en propietarios, del suelo. Suprimid el patrono, pero dejadle
la tierra al señor, el dinero al banquero, la bolsa al comerciante; conservad en la
sociedad esa masa de ociosos que viven del trabajo del obrero, mantenedlos mil
intermediarios, el Estado con su caterva de funcionarios, y la industria no marchará. No
hallando compradores en la masa de los labriegos, que continúan pobres; no poseyendo las
primeras materias y no pudiendo exportar sus productos, a causa en parte de la suspensión
del comercio, y sobre todo por efecto de la, centralización de las industrias, no podrá
hacer más que vegetar, quedando abandonados los obreros en el arroyo.
Expropiad a los señores de la tierra y devolved las
fábricas a los trabajadores, pero sin tocar a esas nubes de intermediarios que especulan
hoy con las harinas y los trigos, con la carne y con todos los comestibles en los grandes
centros, al mismo tiempo que esparcen los productos de nuestras manufacturas. Pues bien;
cuando se dificulte el tráfico y ya no circulen los productos, cuando falte pan en
París, y Lyon no encuentre compradores para sus sedas, la reacción será terrible,
caminando sobre cadáveres, paseando las ametralladoras por ciudades y campos, celebrando
orgías de ejecuciones y deportaciones, como se hizo en 1815, en 1848 y en 1871.
Todo se enlaza en nuestras sociedades, y es imposible
reformar algo sin que el conjunto se quebrante. El día en que se hiera a la propiedad
privada en cualquiera de sus formas, habrá que herirla en todas las demás. Lo impondrá
el mismo triunfo de la revolución.
Si una gran ciudad pone solamente mano en las casas o
en las fábricas, la misma fuerza de las cosas la llevará a no reconocer a banqueros
derecho a cobrar del municipio cincuenta millones de impuesto, bajo la forma de intereses
por empréstitos anteriores. Se verá obligada a ponerse en relación con los
cultivadores, y forzosamente los impulsará a libertarse de los poseedores del suelo. Para
poder comer y producir, tendrá que expropiar los caminos de hierro. Por último, para
evitar el derroche de los víveres y no quedar a merced de los acaparadores de trigo, como
el ayuntamiento de 1793, confiará a los mismos ciudadanos el cuidado de llenar sus
almacenes de víveres y repartir los productos.
Sin embargo, algunos socialistas han tratado de
establecer una distinción, diciendo: «Querernos que se expropíen el suelo, el
subsuelo, la fábrica, la manufactura; son instrumentos de producción, y justo es ver en
ellos una propiedad pública», pero además de eso hay objetos de consumo, el
alimento, el vestido, la habitación, que deben ser propiedad privada.
El lecho, la habitación, la casa, son lugares de
vagancia para el que nada produce. Pero para el trabajador, una pieza caldeada y clara es
tan instrumento de producción como la máquina o la herramienta. Es el sitio donde
restaura sus músculos y nervios, que se desgastarán mañana en el trabajo. El descanso
del productor es necesario para que funcione la máquina.
Esto es aún más evidente para el alimento. Los
pretendidos economistas de que hablamos, nunca han dejado de decir que el carbón quemado
por una máquina figura entre los objetos tan necesarios para la producción como las
primeras materias. ¿Cómo puede excluirse de los objetos indispensables para el productor
el alimento, sin el cual no podría hacer ningún esfuerzo la máquina humana? ¿Será tal
vez un resto de metafísica religiosa?
La comida abundante y regalona del rico es un consumo
lujo. Pero la comida del productor es uno de los objetos imprescindibles para la
producción, con el mismo título que el carbón quemado por la máquina de vapor.
Otro tanto sucede con el vestido, porque si los
economistas que distinguen entre los objetos de producción y los de consumo vistiesen a
estilo de los salvajes de Nueva Guinea, comprenderíamos tales reservas. Pero gentes que
no podrían escribir una línea sin llevar camisa puesta, no están en su lugar al hacer
una distinción tan grande entre su camisa y su pluma. La blusa y los zapatos, sin los
cuales no podría ir un obrero a su trabajo, la chaqueta que se pone al concluir la
jornada y la gorra con que se resguarda la cabeza, le son tan necesarios como el martillo
y el yunque.
Quiérase o no, así entiende el pueblo la revolución.
En cuanto haya barrido los gobiernos, tratará, ante todo, de asegurarse un alojamiento
sano, una alimentación suficiente y el vestido necesario, sin pagar gabelas.
Y el pueblo tendrá razón. Su manera de actuar estará
infinitamente más conforme con la ciencia que la de los economistas que hacen tantos
distingos entre el instrumento de producción y los artículos de consumo. Comprenderá
que precisamente por ahí debe comenzar la revolución, y echará los cimientos de la
única ciencia económica que puede reclamar el título de ciencia, y que pudiera llamarse
estudio de las necesidades de la humanidad y medios económicos de satisfacerlas.
Si la próxima revolución ha de ser una revolución social, se distinguirá de los
anteriores levantamientos, no sólo por sus fines, sino también por sus procedimientos. Fines nuevos
requieren procedimientos nuevos.
El pueblo se bate para derribar el antiguo régimen, y derrama su sangre preciosa.
Después de romper la argolla, vuelve a la sombra. Un gobierno compuesto de hombres más o menos
honrados se constituye y se encarga de organizar la república en 1793 el trabajo en 1848, el
municipio libre en 1871.
Imbuido ese gobierno en las ideas jacobinas, preocúpase de las cuestiones políticas ante
todo: reorganización de la máquina del poder, purificación del personal administrativo,
separación de la Iglesia y el Estado, libertades cívicas, y así sucesivamente.
Es verdad que los clubs obreros vigilan a los nuevos gobernantes. A menudo imponen sus
ideas.
Pero aun en esos clubs, sean burgueses o trabajadores los que peroran, siempre domina la
idea burguesa. Se habla mucho de cuestiones políticas, pero s olvida la cuestión del pan.
En cuanto estalla la revolución, inevitablemente para el trabajo, detiénese la
circulación de los productos, se esconden los capitales. El patrono no tiene nada que temer en esas épocas;
vive de sus rentas, si es que no especula con la miseria; pero asalariado se ve reducido a vivir al día. Se
anuncia la escasez.
Aparece la miseria, una miseria como no se había visto con antiguo régimen.
«Son los girondinos quienes nos matan de hambre», se decía por los arrabales en 1793. Y
se guillotinaba a los girondinos, dando plenos poderes a la Montaña, al Ayuntamiento de
París. El Ayuntamiento preocupábase, en efecto, del pan; desplegaba heroicos esfuerzos para
alimentar a París.
Fouché y Collot d'Herbois creaban pósitos en Lyon, pero se disponía de ínfima cantidad
de grano para llenarlos. Las municipalidades luchaban para conseguir trigo. Se ahorcaba a los tahoneros
acaparadores del grano, pero seguía faltando el pan.
Entonces la emprendían con los realistas, guillotinando a doce, quince diarios, criadas y
duquesas, sobre todo criadas, porque las duquesas estaban en Coblenza. Pero aunque guillotinasen a
cien duques y vizcondes cada veinticuatro horas, nada habría cambiado.
La miseria iba en aumento, Puesto que era preciso siempre cobrar, un salario para. vivir,
y el salario no aparecía, ¿qué hubieran podido hacer mil cadáveres más o menos?
Entonces el pueblo comenzaba a cansarse. « ¡Bien va vuestra revolución! cuchicheaba el reaccionario al oído del trabajador; ¡nunca habéis tenido tanta miseria! » Y poco a
poco se tranquilizaba el rico, salía de su escondite, se mofaba de los descalzos con su pomposo lujo, vestíase de
currutaco y decía a los trabajadores: «¡Vamos, basta de necedades! ¿Qué habéis ganado con la revolución?
¡Ya es hora de acabar con ella!»
Y con el corazón oprimido, exhausto ya de paciencia, el revolucionario llegaba a decirse:
«¡Otra vez perdida la revolución!,» Se volvía a su tugurio y dejaba hacer.
Entonces la reacción se mostraba altiva, realizando su golpe de Estado. Muerta la
revolución, ya no le quedaba sino pisotear su cadáver.
¡Y pisoteábalo de firme! Se derramaban olas de sangre el terror blanco segaba cabezas,
poblaba las cárceles, y entretanto seguían su curso las orgías de la granujería elevada.
He aquí la imagen de todas nuestras revoluciones. En 1848, el trabajador parisiense
ponía «tres meses de miseria» al servicio de la República, y al cabo de los tres meses, no pudiendo
ya más, hacía su postrer esfuerzo desesperado, esfuerzo ahogado por la matanza.
Y en 1871 concluía la Comuna por falta de combatientes. No había olvidado decretar la
separación de la Iglesia y del Estado; pero no pensó hasta harto tarde en asegurar a todos el pan. Y
viose en París a los gomosos burlase de los federados, diciéndoles: «¡Imbéciles, id a haceros matar por
seis reales, mientras nosotros nos vamos de francachela al restaurante de moda!» Comprendióse la falta en los
últimos días. Se hizo la sopa comunal, pero era demasiado tarde. ¡Los versalleses estaban ya dentro de las
murallas!
«¡Pan; la revolución necesita pan! ¡Ocupense otros en lanzar circulares con frases
rimbombantes!
¡Pónganse otros en los hombros tantos galones como puedan llevar encima! ¡Peroren otros
acerca de las libertades políticas!» Nuestra tarea consistirá en hace de manera que en los primeros
días de la revolución, y mientras dure ésta, no haya un solo hombre en el territorio insurrecto quien le falte
el pan, ni una sola mujer obligada a formar cola delante de la tahona para recoger la bola de salvado que le
quieran arrojar de limosna, ni un solo niño a quien le falte lo necesario para su débil constitución.
Somos utopistas, es cosa sabida. En efecto, tan utopistas, que llevamos nuestra utopía
hasta creer que la revolución debe y puede garantizar a todos el alojamiento, el vestido y el pan. Es
preciso asegurar el pan al pueblo sublevado, es menester que la cuestión del pan preceda a todas las demás.
Si se resuelve en interés del pueblo, la revolución irá por buen camino.
Es seguro que la próxima revolución estallara en medio de una formidable crisis
industrial. Desde hace una docena de años nos encontramos en plena efervescencia, y la situación tiene que
agravarse. Todo contribuye a ello: la concurrencia de las naciones jóvenes que entran en el palenque para
conquistar los antiguos mercados, las guerras, los impuestos siempre crecientes, las deudas de los
Estados, lo inseguro del mañana, las grandes empresas lejanas.
En este momento falta el trabajo a millones de trabajadores en Europa. Peor será cuando
haya estallado la revolución y se haya propagado como el fuego en un reguero de pólvora. El
número de obreros sin trabajo duplicará en cuanto se levanten barricadas en Europa y en los Estados Unidos.
¿Qué se va a hacer para asegurar el pan a esas muchedumbres?
Ya que se abrieron talleres en 1789 y en 1793; ya que se recurrió al mismo medio en 1848;
ya que Napoleón III consiguió durante dieciocho años contener al proletariado parisiense
dándole trabajos que valen hoy a París su deuda de dos millones de pesetas y su impuesto municipal de noventa
pesetas por cabeza; ya que este excelente medio se empleaba en Roma y hasta en Egipto hace cuatro mil
años; ya que déspotas, reyes y emperadores han arrojado siempre un pedazo de pan al pueblo para tener
tiempo de recoger el látigo, es natural que las gentes prácticas preconicen ese método de
perpetuar el salario. ¡A qué romperse la cabeza, cuando se dispone del método ensayado por los faraones de Egipto!
Pero si la revolución tuviese la desgracia de seguir ese camino, estaba perdida.
Cuando el 27 de febrero de 1848 se abrían los talleres nacionales, los obreros sin
trabajo no eran más que ocho mil en París; quince días después, eran ya cuarenta y nueve mil; bien
pronto iban a ser cien mil, sin contar los que acudían de provincias.
Pero en aquella época, la industria y el comercio no ocupaban en Francia la mitad de los
brazos que hoy. Y sabido es que en tiempo de revolución lo que más padece es el tráfico, es la
industria. Basta pensar sólo en el número de obreros que trabajan directa e indirectamente para la
exportación, en el número de brazos empleados en las industrias de lujo que tienen por clientela la minoría
burguesa.
La revolución en Europa es la suspensión inmediata de la mitad de las fábricas y
manufacturas; representa millones de trabajadores arrojados a la calle junto con sus familias.
Es evidente, como ya lo dijo Proudhon, que el ataque a propiedad traerá la completa desorganización de todo el régimen basado en la empresa particular y en el salario. La
sociedad misma se vera obligada a poner mano en el conjunto de la producción y y reorganizarla según las
necesidades del conjunto de la población. Pero como esta reorganización no es posible en un día ni en
más, como exige cierto período de adaptación, durante el cual millones de hombres se verían privados de
medios de existencia, ¿qué ha de hacerse?
No hay más que una solución verdaderamente práctica, y es reconocer lo inmenso de la
tarea que se impone, y en vez de echar un remiendo a una situación que se ha hecho imposible,
proceder a reorganizar la producción según los nuevos principios.
Será preciso que el pueblo tome inmediatamente posesión todos los víveres que haya en
los municipios insurrectos, inventariándolos y cuidando que, sin derrochar nada, aprovechen
todos los recursos acumulados para atravesar el periodo de crisis, y durante ese tiempo entenderse con los
obreros de las fábrica ofreciéndoles las primeras materias que les falten y garantizándoles la
existencia durante algunos meses, a fin de que produzcan lo que necesita el cultivador. No olvidemos que si Francia
teje sederías para los banqueros alemanes, las emperatrices de Rusia y de las islas Sandwich, y que si París
hace maravillas de juguetería para los ricos del mundo entero, dos tercios de los campesinos franceses
carecen de lámparas para alumbrarse y de las herramientas mecánicas necesarias hoy en la agricultura.
Y por último, hacer valer las tierras improductivas y mejorar las que no producen ni
siquiera la cuarta ni aun la décima parte de lo que producirán cuando estén sometidas al cultivo
intensivo de huerta y jardinería.
Por la misma fuerza de las cosas, el pueblo de las grandes ciudades se verá obligado a
apoderarse de todos los víveres, procediendo de lo simple a lo compuesto, para satisfacer las
necesidades de todos los habitantes. Pero, ¿con qué bases podría organizarse el disfrute de los víveres en
común? No hay dos maneras diferentes de hacerlo con equidad, sino una sola, que responde a los sentimientos
de justicia y es realmente práctica: el sistema adoptado ya por los municipios agrarios en Europa.
Fijaos en no importa qué municipio rural. Si posee un monte, mientras no falte leña
menuda, cada cual tiene derecho a coger cuanta quiera, sin más reparo que la opinión pública de sus
convecinos. En cuanto a la leña gruesa, como toda es poca, se recurre al racionamiento. Lo mismo sucede
con las dehesas boyales. Mientras hay de sobra para todo el municipio, nadie mira lo que han pastado las
vacas de cada vecino, ni el número de vacas que van a los pastos. Sólo se recurre al reparto o al
racionamiento cuando los prados son insuficientes. Toda la Suiza y muchos municipios de Francia y de Alemania donde
hay prados municipales practican ese sistema.
Y si vais a los países de la Europa oriental, donde se encuentra en abundancia la leña
gruesa o no falta suelo, veréis a los aldeanos cortar los árboles en los montes con arreglo a sus
necesidades, cultivar tanto terreno como les hace falta, sin pensar en racionar la leña gruesa ni en dividir la
tierra en parcelas. Sin embargo, se racionará la leña gruesa y se repartirá el suelo según las necesidades de
cada vecino en cuanto falten una y otro, como ya sucede en Rusia.
En una palabra, sin tasa lo que abunde; a ración lo que haga falta medir y repartir. De
trescientos cincuenta millones de hombres que viven en Europa, doscientos millones siguen aún estas
prácticas enteramente naturales. El mismo sistema prevalece también en las grandes ciudades, por lo
menos para un objeto de consumo que se encuentra allí en abundancia: el agua a domicilio.
Mientras bastan las bombas para abastecer las casas sin temor a que falte el agua, a
ninguna compañía se le ocurre la idea de reglamentar el empleo que se haga del agua en cada
casa. ¡que tomen la que quieran! Y si se teme que falte el agua en París durante los grandes calores, las
compañías saben muy bien que basta una simple advertencia de cuatro líneas puesta en los periódicos, para
que los parisienses reduzcan su consumo de agua y no la derrochen demasiado.
Pero si decididamente llegase a faltar el agua, ¿qué sería? Se recurriría al
racionamiento. Y esta medida es tan natural, está tan en la mente de todos, que vemos a París en 1871 reclamar
en dos ocasiones el racionamiento de los víveres durante los dos sitios que sostuvo.
¿Hay que entrar en detalles y establecer cuadros acerca del modo cómo podría funcionar
el racionamiento, probar que sería infinitamente más justo que lo que hoy existe? Con esos
cuadros, esos detalles, no llegaríamos a convencer a los burgueses, que consideran al pueblo como una
aglomeración de salvajes que se romperían las narices en cuanto no funcionase el gobierno. Pero es
preciso no haber visto nunca al pueblo deliberar para dudar ni un solo minuto de que si fuese dueño de hacer el
racionamiento no lo haría con arreglo a los más puros principios de justicia y de equidad. Id a decir en
una reunión popular que las perdices deben reservarse para los delicados holgazanes de la aristocracia y el
pan negro para los enfermos de los hospitales, y os silbarán.
Pero decid en esa misma reunión, predicad por todas las esquinas que el alimento más
delicado debe reservarse pan los débiles, y en primer lugar para los enfermos. Decid que si
hubiese en París nada más que diez perdices y una sola caja de botellas de Málaga, debían enviarse a los
dormitorios de los convalecientes; decid eso...
Decid que el niño viene en seguida del enfermo. ¡Para él la leche de las vacas y de las
cabras, si no hay bastante para todos! Para el niño y el viejo el último bocado de carne, y para el
hombre robusto el pan a secas, caso de verse reducidos a tal extremo.
Decid que si de una sustancia alimenticia no hay suficientes cantidades y hay que
racionarla, se reservarán las últimas raciones para quien más las necesite; decid esto, y veréis si
no lográis el asentimiento unánime.
Los teóricos pedirán que se introduzca en seguida la cocina nacional y la sopa de
lentejas.
Invocaran las ventajas de economizar combustible y víveres, estableciendo inmensas
cocinas, donde todo el mundo acudiese a tomar su ración de caldo, de pan y de verdura.
No negamos esas ventajas. Sabemos muy bien las economías de trabajo y combustible
realizadas por la humanidad renunciando al molino a brazo y luego al horno en que antaño cocía cada
uno su pan.
Comprendemos que sería más económico hacer caldo para cien familias a la vez, en lugar
de encender cien hornillos distintos. También sabemos que hay mil maneras de preparar las patatas, pero
que éstas no serían peores porque se cociesen en una sola marmita para cien familias a la vez. Comprendemos
que consistiendo la variedad de la cocina sobre todo en el carácter individual del sazonamiento por cada
mujer de su casa, la cocción en común de un quintal de patatas no impediría que cada una las sazonase a su
modo. Y sabemos que con caldo de carne se pueden hacer cien sopas diferentes, para satisfacer cien gustos
personales.
Sabemos todo esto, y sin embargo, afirmamos que nadie tiene derecho a forzar a la mujer de
su casa a tomar cocidas ya las patatas en el depósito municipal, si prefiere cocerlas ella
en su marmita, en su hogar. Y sobre todo, queremos que cada uno pueda consumir su alimento como le plazca, en
el seno de la amistad, o en el restaurante si lo prefiere.
Ciertamente que surgirán grandes cocinas en vez de los restaurantes donde hoy se envenena
a la gente. La parisiense está acostumbrada ya a comprar caldo en la carnicería para hacer
una sopa a su gusto; y el ama de casa en Londres sabe que puede hacer asar la carne y hasta el ave con patatas en
la tahona por pocos cuartos, economizando así tiempo y carbón. Y cuando la cocina común no sea un
lugar de fraude, falsificación y envenenamiento, vendrá la costumbre de dirigirse a ese horno para tener
preparadas las partes fundamentales de la comida, salvo darles el último toque cada cual a su gusto.
Pero hacer de ello una ley, imponerse el deber de adquirir ya cocido el alimento, sería
tan repulsivo para el hombre del siglo XIX como las ideas de convento o de cuartel, ideas malsanas
nacidas en cerebros pervertidos por el mando militar o deformados por una educación religiosa.
¿Quién tendrá derecho a los víveres comunes? Ésta será de seguro la primera
cuestión que se plantee. Mientras los trabajos no estén organizados, mientras dure el período de
efervescencia y sea imposible distinguir entre el holgazán perezoso y el desocupado involuntario, los
alimentos disponibles deben ser para todos, sin excepción alguna. Los que se hayan resistido arma al brazo a la
victoria popular o conspirado contra ella se apresuran por sí mismos a librar de su presencia al territorio
insurrecto. Pero nos parece que el pueblo, siempre enemigo de represalias y magnánimo, partirá el pan con
todos los que se hayan quedado en su seno, sean expropiadores o expropiados. Inspirándose en esta idea, la
revolución no perderá nada; y cuando se reanude el trabajo, se verá a los combatientes de la víspera
encontrarse juntos en el mismo taller.
Pero al cabo de un mes faltarán los víveres nos gritan ya los críticos.
¡Mejor que mejor! contestamos-. Eso probará que por primera vez en su vida el
proletario habrá comido para satisfacer el hambre. En cuanto a los medios de reemplazar lo que se haya
consumido, esa es precisamente la cuestión que vamos a desarrollar.
¿Por qué medios podría proveer a su alimentación una ciudad en plena revolución
social? Es evidente que los procedimientos a que se recurra dependerán del carácter de la
revolución en las provincias, así como en las naciones vecinas.
Si toda la nación, y mejor aún, Europa entera, pudiese hacer una sola vez la revolución
social y lanzarse en pleno comunismo, se obraría en consonancia. Pero si sólo algunos municipios
en Europa ensayan el comunismo, habrá que elegir otros procedimientos.
Es muy de desear que toda Europa se levante a la vez, que en todas partes se expropie e
inspiren en los principios comunistas. Semejante levantamiento facilitaría muchísimo la tarea de
nuestro siglo. Pero todo induce a suponer que no sucederá así.
No dudamos de que la revolución abarque toda Europa. Si una de las cuatro grandes
capitales del continente, París, Viena, Bruselas o Berlín, se levanta y derriba a su gobierno, es casi
seguro que las otras tres harán otro tanto con pocas semanas de diferencia. También es probable que en las
penínsulas ibérica e itálica, y hasta en Londres y Petersburgo, no se hará esperar la revolución. Pero
¿será en todas partes igual el carácter que adquiera? Séanos permitido el dudarlo.
Más que probable será que en todas partes se realicen actos de expropiación en mayor o
menor escala, y esos actos, practicados por una de las grandes naciones europeas, ejercerán su
influjo en todas las demás. Pero los comienzos de la revolución ofrecerán grandes diferencias locales y su
desarrollo no será siempre idéntico en los diversos países. En 1789-1793, los labriegos franceses emplearon
cuatro años en abolir definitivamente los derechos feudales, y los burgueses en derribar la monarquía.
No lo olvidemos, y esperemos ver a la revolución emplear cierto tiempo en desenvolverse, y no caminar al
mismo paso en todas partes.
También es dudoso, sobre todo al principio, que tome un carácter francamente socialista
en todas las naciones europeas. Recordemos que Alemania aún está en pleno imperio autoritario y
que sus partidos más avanzados sueñan con la república jacobina de 1848 y la «organización del
trabajo» de Luis Blanc, al paso que el pueblo francés quiere por lo menos el municipio libre, si no es el municipio
comunista.
Todo induce a creer que Alemania irá más lejos que Francia en la próxima revolución.
Al hacer Francia su revolución burguesa del siglo XVII, fue más lejos que la Inglaterra del siglo
XVII; al mismo tiempo que el poder real, abolió el poder de la aristocracia señorial, que aún es una
fuerza poderosa entre los ingleses. Pero si Alemania va más lejos y lo hace mejor que la Francia en 1848,
ciertamente la idea que inspire los comienzos de su revolución será la de 1848, como la idea que inspirará la
revolución en Rusia será la de 1789, modificada hasta cierto punto por el movimiento intelectual de nuestro
siglo.
La revolución tomará un carácter diferente en las diversas naciones de Europa; no será
igual el nivel alcanzado con respecto a la socialización de los productos.
¿Se deduce de aquí que las naciones más avanzadas hayan de medir su paso por el de las
naciones retrasadas y esperar a que la revolución comunista haya madurado en todas las naciones
civilizadas?
¡Evidentemente que no! Y aunque así se quisiera, iba a ser imposible: la historia no
espera a los retrasados.
Por otra parte, no creemos que en un mismo país se haga la revolución con el conjunto
que suenan algunos socialistas. Es probable que si una de las cinco o seis grandes ciudades de
Francia, París, Lyon, Marsella, Lille, Saint Etienne, Burdeos, proclama la Comuna, las otras seguirán su
ejemplo y varias ciudades populosas harán otro tanto. Probablemente también varias cuencas mineras y
ciertos centros industriales no tardarán en licenciar a sus patronos y constituirse en agrupaciones
libres.
Pero muchos pueblos rurales no han llegado aún a esto; junto a los municipios insurrectos
permanecerán a la expectativa y continuarán viviendo bajo el régimen individualista. No
viendo al alguacil ni al cobrador ir a reclamar los impuestos, los campesinos no serán hostiles a los
insurrectos; aprovechándose de la situación, aguardarán para ajustarles las cuentas a los
explotadores locales. Pero con ese espíritu práctico que caracterizó siempre a los levantamientos agrarios (recordemos
la apasionada labor de 1782), se afanarán por cultivar la tierra, amándola tanto más cuanto que quedará
libre de impuestos y de hipotecas.
En cuanto al exterior, por todas partes habrá revolución, pero con variados aspectos:
acá unitaria, allá federalista, en todas partes más o menos socialista, pero sin uniformidad.
Pero volvamos a nuestra ciudad sublevada y veamos en qué condiciones tendrá que proveer
a su abastecimiento. ¿Dónde encontrar los víveres necesarios, si la nación entera no ha
aceptado aún el comunismo? Tal es el problema que se plantea.
Elijamos una gran ciudad francesa, por ejemplo, la capital. París consume cada año
millones de quintales de cereales, 350.000 bueyes y vacas, 200.000 terneras, 300.000 cerdos y más de
2.000.000 de carneros, sin contar otros animales. Además, París necesita unos 8.000.000 kilos de
manteca, 172.000.000 de huevos y todo lo demás en las mismas proporciones.
Las harinas y los cereales llegan de los Estados Unidos, Rusia, Hungría, Italia, Egipto y
las Indias.
El ganado de Alemania, Italia, España y hasta de Rumania y Rusia. En cuanto a los demás
comestibles, no hay país en el mundo que no contribuya.
Veamos, ante todo, cómo se podría abastecer de víveres a París, o a cualquiera otra
gran ciudad, con los productos que se cultivan en las campiñas francesas y que los agricultores sólo
desean entregar al consumo.
Para los autoritarios, la cuestión no presenta ninguna dificultad. Primero crearían un
gobierno fuertemente centralista, armado con todos los órganos de coerción: policía, ejército,
guillotina. Ese gobierno mandaría hacer la estadística de cuanto se recolecta en Francia, dividiría el
país en cierto número de. distritos de alimentación y ordenaría que tal alimento y en tal cantidad se
transportase a tal sitio, se entregase tal día en tal estación, lo recibiese tal funcionario, se almacenase en tal
almacén, y así sucesivamente.
Semejante estado de cosas puede soñarse con la pluma en la mano, pero en la práctica es
materialmente imposible; sería preciso no contar con el espíritu de independencia de la
humanidad. Eso sería la insurrección general: tres o cuatro Vendées en lugar de una, la guerra de las
aldeas contra las ciudades. Francia entera insurreccionada contra la ciudad que osase implantar este
régimen.
En 1793 el campo sitió por hambre a las grandes ciudades y mató la revolución. Sin
embargo, está probado que la producción de cereales en Francia no había disminuido en 1792-1793; hasta
todo induce a creer que había aumentado. Pero después de tomar posesión de gran parte de las tierras
señoriales y de haber cosechado en esas tierras, los burgueses campesinos no quisieron vender su trigo por
asignados. Lo guardaron, esperando el alza de los precios o el pago en monedas de oro. Y ni las medidas
más rigurosas de los convencionales para obligar a los acaparadores a vender el trigo, ni las ejecuciones
de pena capital, pudieron nada contra esa huelga. Sin embargo, sabido es que a los comisarios de la
Convención se les daba una higa guillotinar a los acaparadores, ni al pueblo ahorcarlos de un farol, y sin
embargo, el trigo permanecía en los almacenes y el pueblo de las ciudades pasaba hambre.
Pero, ¿qué les ofrecían a los cultivadores de los campos en cambio de sus rudas
labores?
¡Asignados! Unos papeluchos cuyo valor bajaba de día en día; unos billetes que marcaban
quinientas libras en caracteres impresos, pero sin ningún valor real. Con un billete de mil libras no
había para comprar un par de botas; y se comprende que el labriego no se conformara de ninguna manera con trocar un
año de trabajo por un pedazo de papel que no le permitía comprarse una blusa.
Lo que debe ofrecerse al campesino no es papel, sino la mercancía que necesita
inmediatamente: la máquina de que ahora se priva con pena; el vestido que le resguarda de la intemperie;
la lámpara y el petróleo que reemplacen su cabo de vela; la pala, la azada, el arado, en fin, todo de lo
que hoy carece el labriego, no porque no comprenda su necesidad, sino porque en su existencia de privaciones
y de labor extenuante, mil objetos útiles son inaccesibles para él a causa de su precio.
Dediquese la ciudad a producir esas cosas que le faltan al campesino, en lugar de hacer
futilidades para adornos de las burguesas. Que las máquinas de coser de París hagan vestidos de
trabajo y domingueros para los labriegos, en vez de equipos de novia; que la fábrica construya máquinas
agrícolas, palas y arados, en vez de esperar a que los ingleses nos los muden a cambio de nuestro vino.
Envíe la ciudad a las aldeas, no comisarios con fajas rojas o multicolores para hacer
saber al labrador el decreto de que entregue sus provisiones a tal sitio, sino que los haga visitar
por amigos, por hermanos, para decirles: «Traednos vuestros productos, y coged en nuestros almacenes
todas las cosas manufacturadas que os plazcan.» Y entonces afluirán de todas partes los víveres. El
campesino guardará lo que necesite para vivir, pero enviará el resto a los trabajadores de las ciudades, en las
cuales por vez primera en el curso de la historia verá hermanos y no explotadores.
Quizá se nos diga que esto exige una transformación completa de la industria.
Ciertamente que sí, en ciertas ramas. Pero hay otras mil que podrán modificarse con rapidez, de modo que
suministren a los aldeanos ropas, relojes, muebles, aperos y sencillas máquinas, que la ciudad le hace
pagar tan caras en estos momentos. Tejedores, sastres, zapateros, quincalleros, ebanistas y tantos otros no
encontrarán dificultad ninguna en abandonar la producción de lujo por el trabajo de utilidad. Sólo es preciso
penetrarse bien de la necesidad de esta transformación; que ésta se considere como un acto de justicia y de
progreso, que no se deje llevar por ese engaño, tan caro a los teóricos, de que la revolución debe
limitarse a tomar posesión del exceso de valores, y que la producción y el comercio pueden permanecer siendo lo que son
en nuestros días.
A nuestro parecer, ahí está todo: en ofrecer al cultivador, a cambio de sus productos,
no papeles mojados (sea lo que quiera lo que lleven inserto), sino los mismos objetos de consumo
necesarios para el cultivador. Si así se hace, afluirán los víveres a las ciudades. Si no se hace así,
tendremos en las ciudades el hambre con todas sus consecuencias.
Todas las grandes ciudades compran el trigo, la harina y carne, no sólo en las
provincias, sino también en el extranjero. De ahí envían a París las especias, el pescado y los
comestibles de lujo amén de considerables cantidades de trigo y de carne.
Pero en tiempo de revolución no habrá que contar para nada (o lo menos posible) con el
extranjero.
Si el trigo ruso, el arroz italiano o indio y los vinos de España y de Hungría afluyen
hoy a los mercados de la Europa occidental, no es porque los países expedidores posean con exceso o porque
broten por sí mismos esos productos. En Rusia el campesino trabaja hasta dieciséis horas diarias y ayuna de
tres a seis meses al año, con el fin de exportar el trigo conque paga al señor y al Estado. Hoy se presenta
la policía en las aldeas rusas en cuanto está entrojada la mies, y vende la última vaca, la última caballería
del agricultor, por atrasos de contribuciones y de rentas a los señores, cuando el labrador no se presta a malvender
el trigo a los exportadores. Tanto, que sólo guarda el trigo para nueve meses y enajena el resto con el
fin de que no le vendan la vaca por quince pesetas. Para vivir hasta la nueva cosecha próxima, tres meses
si el año es bueno o seis cuando ha sido malo, mezcla corteza de álamo blanco a su harina, mientras en
Londres saborean los bizcochos hechos con su trigo.
Pero en cuanto venga la revolución, el labrador se guardara el pan para él y para sus
hijos. Lo mismo harán los aldeanos italianos y húngaros, también esperamos que el indostánico
aprovechará estos buenos ejemplos, así como los trabajadores de los Bonanzafarms en América, a menos de
que estos dominios no estén ya desorganizados por la crisis. Así, pues, no habrá que contar con
las importaciones de trigo y maíz procedentes del exterior.
Estando cimentada toda nuestra civilización burguesa en la explotación de las razas
inferiores y de los países atrasados en la industria, el primer beneficio de la revolución será
amenazar esta civilización, permitiendo emanciparse a las llamadas razas inferiores. Pero ese inmenso beneficio se
manifestará por una disminución cierta y considerable de las entradas de víveres que afluyen hacia las
grandes ciudades de Occidente.
Respecto al interior, es más difícil prever la marcha de los negocios. Por una parte, el
cultivador se aprovechará seguramente de la revolución para enderezar su espalda encorvada sobre el
suelo. En vez de las catorce o dieciséis horas que trabaja hoy, tendrá razón para no trabajar sino la mitad,
lo que supondrá un descenso en la producción de los principales víveres: el trigo y la carne.
Pero, por otra parte, habrá aumento de producción en cuanto el cultivador ya no se vea
obligado a trabajar para mantener gandules. Se roturarán nuevos terrenos, se pondrán en marcha
máquinas más perfectas. «Jamás hubo labor tan vigorosa como la de 1792, cuando el campesino hubo
recobrado de los señores la tierra que desde tanto tiempo apetecía», dice Michelet hablando de la gran
revolución.
Dentro de poco será accesible a cada agricultor el cultivo intensivo, cuando se ponga al
alcance de la comunidad la maquinaria perfeccionada y los abonos químicos. Pero todo induce a creer
que en un principio podrá disminuir la producción agrícola en Francia y fuera de ella.
Es preciso que las grandes ciudades cultiven la tierra, como lo hacen los pueblos rurales.
Hay que venir a parar a lo que la biología llamaría la «integración de las funciones».
Después de haber dividido el trabajo, es preciso integrar: tal es la marcha seguida por toda la naturaleza.
Tierra no falta. Alrededor de las grandes ciudades existen los parques y jardines de los
señores, millones de hectáreas que sólo esperan el trabajo inteligente del cultivador para
rodear, por ejemplo, a París de llanuras mucho más fértiles y productivas que las estepas cubiertas de mantillo, pero
desecadas por el sol del sur de Rusia.
¡Brazos! ¿A qué queréis que se dediquen los dos millones de parisienses del uno y del
otro sexo cuando ya no tengan que revestir y recrear a los príncipes rusos, a los boyardos romanos
y a las señoras de la banca de Berlín?
Disponiendo de toda la maquinaria del siglo, de la inteligencia y del conocimiento
técnico del trabajador, hecho al uso de la herramienta perfeccionada: teniendo a su servicio los
inventores, los químicos y los botánicos, los profesores del Jardín de Plantas, los hortelanos de Gennevillers,
así como los instrumentos necesarios para multiplicar las máquinas y ensayar otras nuevas; teniendo,
por último, el espíritu organizador del pueblo de París, su buen humor, su arranque, la agricultura del
municipio anarquista de París será muy diferente que la de los cavadores de Ardennes.
Pronto se echaría mano del vapor, de la electricidad, del calor solar y de la fuerza del
viento. La cavadora y la despedregadora de vapor harían con rapidez lo más duro del trabajo de
preparación, y la tierra, ablandada y enriquecida, no esperaría más que los cuidados inteligentes del
hombre, y sobre todo de la mujer, para cubrirse de plantas bien cuidadas, que se renovarían tres o cuatro veces
al año.
Aprendiendo la horticultura con los hombres del oficio; ensayando en parcelas reservadas
los diversos medios de cultivo; rivalizando unos con otros para perseguir las mejores
cosechas; hallando en el ejercicio físico, sin cansancio ni trabajos excesivos, las fuerzas que tan a menudo
faltan en las grandes ciudades, hombres, mujeres y niños estarían satisfechos de aplicarse a las labores del
campo, que cesarán de ser un trabajo de presidiario y se convertirán en un placer, en una fiesta, en una
primavera del ser humano.
«¡No hay tierras estériles! ¡La tierra vale lo que valga el hombre!» He aquí la
última palabra de la agricultura moderna. La tierra da lo que le piden; sólo se trata de pedir con
inteligencia.
Un territorio aunque sea tan pequeño como los dos departamentos del Sería y del Sería
y Oise, y tenga que alimentar a una gran ciudad como París bastaría prácticamente para llenar
los vacíos que en torno suyo pudiera hacer la revolución. La combinación de la agricultura con la
industria, el hombre agricultor e industrial al mismo tiempo: a esto nos conducirá necesariamente el municipio
comunista, si se lanza con valentía por el camino de la expropiación.
Quienes siguen atentos el estado de ánimo de los trabajadores han debido advertir que,
insensiblemente, se va formando un acuerdo acerca de una importante cuestión: la del
alojamiento. Hay un hecho cierto: en las grandes ciudades de Francia, y en muchas
pequeñas, los trabajadores llegan poco a poco a la conclusión de que las casas habitadas
no son, en manera alguna, propiedad de aquellos a quienes el Estado reconoce por
propietarios.
La casa no la ha edificado el propietario; la ha construido, adornado, empapelado
centenares de obreros, a quienes el hambre ha conducido a las canteras y la necesidad de
vivir al extremo de aceptar un salario escatimado.
El dinero gastado por el pretendido propietario no era producto de su propio trabajo.
Lo había acumulado, como todas las riquezas, pagando a los trabajadores los dos tercios o
la mitad de lo que les correspondía.
El valor de una casa en ciertos barrios de París es de un millón de pesetas, no
porque contenga en sus muros un millón de trabajo, sino porque, desde hace siglos, los
obreros, los artistas, los pensadores, los sabios y los literatos han contribuido a hacer
de París lo que es hoy: un centro industrial, comercial, político, artístico y,
científico; porque tiene un pasado; porque gracias a la literatura, son conocidas sus
calles lo mismo en provincias que en el extranjero; porque es producto del trabajo de
dieciocho siglos, de medio centenar de generaciones, de toda la nación francesa.
¿Quién tiene derecho a apropiarse de la más pequeña parte de ese terreno, o el
último de los edificios, sin cometer una manifiesta. injusticia? ¿Quién tiene derecho a
vender la menor parcela del patrimonio común?
La idea del alojamiento gratuito se manifestó claramente durante el sitio de París,
cuando se pedía la anulación pura y simple de los inquilinatos reclamados por los
propietarios. También se manifestó durante la Comuna de 1871, cuando el París obrero
esperaba del Consejo de la Comuna una resolución enérgica aboliendo, los alquileres.
Con revolución y sin ella, el trabajador necesita un refugio: el alojamiento. Pero por
malo y por antihigiénico que sea, hay siempre un propietario que le puede expulsar de
él. Verdad es que con la revolución, el casero ya no encontrará curiales ni alguaciles
para poner los trastos en la calle. Pero ¡quién sabe si mañana el nuevo gobierno, por
revolucionario que pretenda ser, no reconstituirá la fuerza y lanzará contra los pobres
la jauría policíaca!
Sin embargo, es preciso que el trabajador sepa que el no pagar al casero sólo es
aprovecharse de la desorganización del poder. Es preciso que sepa que la habitación
gratuita está reconocida en principio y sancionada, digámoslo así, por el asentimiento
popular; que el alojamiento gratuito es un derecho legalmente proclamado por el pueblo.
¿Vamos a esperar que esta medida, que tan perfectamente responde al sentimiento de
justicia de todo hombre honrado, la tomen los socialistas que se mezclan con los burgueses
en un gobierno provisional? ¡Podriamos esperar sentados, hasta la vuelta de la reacción!
Los revolucionarios sinceros trabajarán con el pueblo para que sea un hecho la
expropiación de las casas. Trabajarán para crear una corriente de ideas en esta
dirección; trabajarán para ponerlas en práctica; y cuando estén maduras, el pueblo
procederá a la expropiación de las casas, sin prestar oídos a las teorías, que no
dejarán de predicarle acerca de indemnización a los propietarios y otros despropósitos.
Si se hace popular la idea de la expropiación, al llevarla a cabo no se estrellará
contra los insuperables obstáculos con que nos amenazan.
Cierto es que los señores galoneados que vayan a ocupar las poltronas abandonadas de
los ministerios y del ayuntamiento no dejarán de acumular dificultades. Hablarán de
conceder indemnizaciones a los propietarios, de formar estadísticas, de redactar largos
dictámenes, tan largos, que podrían durar hasta el momento en que el pueblo, aplastado
por la miseria de la huelga forzosa, no viendo venir nada y perdiendo la fe en la
revolución, dejaría libre el campo a los reaccionarios y concluiría por hacer odiosa a
todo el mundo la expropiación oficinesca.
Pero si el pueblo no pasa por los sofismas con que tratarán de deslumbrarlo; si
comprende que a vida nueva procedimientos nuevos, y realiza la obra por sus propias manos,
entonces podrá hacerse la expropiación sin grandes dificultades.
«Pero, ¿cómo podría hacerse?», nos preguntarán. Nos repugna trazar
con sus menores detalles planes de expropiación. Sabemos de antemano que todo cuanto un
hombre o un grupo puedan proyectar hoy, será superado por la vida humana. Ya hemos dicho
que ésta lo hará todo mejor y con más sencillez que cuanto pudiera dictársele de
antemano.
Por eso, al bosquejar el método según el cual pudieran hacerse sin intervención del
gobierno la expropiación y el reparto de las riquezas expropiadas, sólo queremos
responder a los que declaran imposible la cosa. Pero volvemos a recordar que de ninguna
manera nos proponemos preconizar tal o cual sistema de organizarse. Lo único que nos
importa es demostrar que la expropiación puede hacerse por la iniciativa popular, y que
no puede hacerse de ninguna otra manera.
Es de suponer que desde los primeros actos de expropiación surgirán en el barrio, en
la calle, en la manzana de casas, grupos de ciudadanos de buena voluntad que ofrezcan sus
servicios para informarse del número de cuartos desalquilados, de aquellos en que se
amontonan familias numerosas, de las habitaciones malsanas y de las casas que, siendo
harto espaciosas para sus ocupantes, podrían ser ocupadas por aquellos a quienes les
falta aire en sus cuchitriles. En pocos días, esos voluntarios formarán en cada calle y
en cada barrio listas completas de todas los cuartos saludables y malsanos, estrechos y
espaciosos, de las habitaciones infectas y de las moradas suntuosas.
Se comunicarán libremente sus listas, y en pocos días se dispondrá de estadísticas
completas. La estadística embustera puede fabricarse en las oficinas; la estadística
verdadera y exacta no puede provenir más que del individuo, remontándose de lo simple a
lo compuesto.
Después de esto, sin esperar nada de nadie, esos ciudadanos irán en busca de sus
camaradas que habitan en tugurios, y les dirán sencillamente: «Esta vez,
compañeros, la revolución va de veras. Venid esta tarde a tal sitio; todo el barrio
estará allí para el reparto de las habitaciones. Si no os convienen vuestros
cuchitriles, elegiréis una de las habitaciones de cinco piezas que hay disponibles. Y en
cuanto coloquéis allí los muebles, negocio concluido. ¡El pueblo armado se las
entenderá con quien quiera ir a echaros de casa! »
«Pero todo el mundo querrá tener un cuarto de veinte piezas», nos
dirán.
No; eso no es cierto. El pueblo nunca ha pedido tener la luna dentro de un cubo de
agua. Por el contrario, cada vez que vemos a igualitarios tener que reparar una
injusticia, nos llama la atención el buen sentido y el instinto justiciero de que están
animadas las masas. ¿Se ha visto nunca reclamar lo imposible? ¿Se ha visto nunca al
pueblo de París pelearse cuando iba en busca de su ración de pan o de leña durante los
dos sitios? Formábase cola con una resignación que no se cansaban de admirar los
corresponsales de los periódicos extranjeros, y sin embargo, se sabía que los llegados
últimamente pasarían el día sin pan y sin fuego.
Cierto es que hay instintos egoístas en los individuos aislados de nuestras
sociedades; lo sabemos muy bien. Pero también sabemos que el mejor modo de despertar y
alimentar esos instintos sería el confiar la cuestión de los alojamientos a una oficina
cualquiera. Entonces sí que se abrirían paso las malas pasiones, dándose todo por
influencia. La menor desigualdad haría poner el grito en las nubes; la menor ventaja
concedida a alguien haría hablar de soborno, ¡y con razón!
Pero cuando el pueblo mismo, reunido por calles, por barrios, por distritos, se
encargue de hacer mudarse a los habitantes de los tugurios a las habitaciones harto
espaciosas de los burgueses, tomaríanse con bondad los pequeños inconvenientes y las
pequeñas desigualdades.
Rara vez se apela en vano a los buenos instintos de las masas. Algunas veces se ha
hecho así durante las revoluciones, cuando se trataba de salvar el barco en peligro, y
nunca ha habido error en ello. El trabajador ha respondido siempre al llamamiento con
grandes abnegaciones.
A pesar de todo, habrá probablemente injusticias. Hay en nuestra sociedad individuos a
quienes ningún gran acontecimiento hará salir de los carriles egoístas. Pero la
cuestión no es saber si habrá o no injusticias. Se trata de saber cómo se podrá
limitar su número. Pues bien; lo mismo la historia que la experiencia de la humanidad y
la psicología de las sociedades, afirman que el medio más equitativo es confiar las
cosas a los mismos interesados. Sólo ellos podrán tener en cuenta y regularizar los mil
detalles que inevitablemente se le escaparían a todo reparto oficinesco.
Cuando los albañiles, los canteros (en una palabra, los constructores), sepan que
tienen segura la subsistencia, con mucho gusto reanudarán por pocas horas diarias el
trabajo a que están acostumbrados. Dispondrán de otra manera las grandes habitaciones,
que exigen un estado mayor de servidumbre doméstica. Y en pocos meses habrán surgido
casas mucho más higiénicas que las de nuestros días y a los que no estén
suficientemente bien instalados, podrá decirles el municipio anarquista:
«¡Paciencia, compañeros! Palacios saludables, cómodos y hermosos, superiores
a cuanto edificaban los capitalistas, van a levantarse en el suelo de la ciudad libre.
Serán para los que más lo necesiten. El municipio anarquista no edifica con la mira de
las rentas. Los monumentos que erija para sus ciudadanos, producto del espíritu
colectivo, servirán de modelo a la humanidad entera y serán vuestros.»
Si el pueblo sublevado expropia las casas y proclama el alojamiento gratuito, la
comunidad de las habitaciones y el derecho de cada familia a un alojamiento higiénico la
revolución habrá tomado desde el principio un carácter comunista y se habrá lanzado
por una senda de la que no será fácil hacerla salir tan pronto. Habrá dado un golpe de
muerte a la propiedad individual.
La expropiación de las casas lleva así en germen toda la revolución social. Del modo
como se haga dependerá el carácter de los acontecimientos. O abrimos un camino amplio y
grande al comunismo anarquista, o nos quedamos pataleando entre el cieno del
individualismo autoritario.
Puesto que a toda costa se tratará de sostener la iniquidad, es seguro que en nombre
de la justicia nos hablarán, exclamando: «¿No es una infamia que los parisienses
se apoderen para ellos de las hermosas casas y dejen las chozas para los
labriegos?» No nos dejemos engañar. Esos rabiosos partidarios de la justicia, por
un rasgo de su carácter, olvidan la gran desigualdad de que se hacen defensores. Olvidan
que en París mismo el trabajador se asfixia en su tugurio él, su mujer y sus hijos-, al
paso que desde su ventana ve el palacio del rico. Olvidan que generaciones enteras perecen
en los barrios populosos por falta de aire y de sol, y que el primer deber de la
revolución tendrá que ser el reparar esa injusticia.
No nos detengamos en estas reclamaciones interesadas. Sabemos que la desigualdad, que
realmente existirá entre París y las aldeas, es de las que han de disminuir cada día
que pase. En la aldea no dejarán de consumirse alojamientos más sanos que los de hoy,
cuando el labrador deje de ser la bestia de carga del propietario, del fabricante, del
usurero y del Estado. Para evitar una injusticia temporal y reparable; ¿hay que sostener
la injusticia que existe desde hace siglos?
También se nos dirá: «Ahí tenéis un pobre diablo, que a fuerza de
privaciones ha logrado comprar una casa lo suficiente grande para que en ella quepa su
familia. ¡Es tan feliz! ¿Iréis a echarle a la calle?»
¡Ciertamente que no! Si su casa apenas basta para alojar a su familia, que la habite.
¡que cultive el huertecillo al pie de sus ventanas! En caso de necesidad, nuestros
jóvenes hasta irán a echarle una mano. Pero si en su casa hay un cuarto alquilado a otra
persona, el pueblo irá en busca de ésta y le dirá: «Compañero, ¿sabes que ya
no debes nada al casero? Quédate en el cuarto y no des un céntimo. Ya no hay que temer a
los alguaciles en lo sucesivo. ¡Triunfó la social!
Y si el propietario ocupa él solo veinte piezas y hay en el barrio una madre con cinco
hijos embutidos en un solo cuartucho, el pueblo irá a ver si entre las veinte piezas hay
alguna que después de arreglada pueda dar un buen alojamiento a la madre de los cinco
hijos. ¿No será eso más justo que dejar a la madre y los cinco niños en el tabuco y al
señor a sus anchas en el palacio? Además, el señor se acostumbrará muy pronto; cuando
ya no disponga de criadas para arreglarle las veinte piezas, su burguesa se pondrá
contenta al verse libre de la mitad de sus habitaciones.
«Esto será un trastorno completo», exclamarán los defensores del orden.
«¡Una de mudanzas sin fin! ¡Igual sería echar a todo el mundo a la calle Y
sortear las habitaciones!»
Estamos convencidos de que si no lo mangonea ningún gobierno y se confía toda la
transformación a los grupos formados espontáneamente para esa tarea, las mudanzas serán
menos numerosas que las ocurridas en un solo año por efecto de la rapacidad de los
propietarios.
En primer término, en todas las ciudades importantes hay tan gran número de
habitaciones desocupadas, que casi bastarían para alojar a la mayoría de los habitantes
de los cuchitriles. En cuanto a los palacios y a los pisos suntuosos, muchas familias
obreras no los querrían, pues no valen nada si no pueden arreglarlos un gran número de
criados. Por eso los ocupantes veríanse obligados bien pronto a buscar habitaciones menos
lujosas, donde las señoras banqueras guisaran por sí mismas. Y poco a poco, sin que
hubiese que acompañar al banquero con un piquete a una buhardilla y al inquilino de la
buhardilla al palacio del banquero, la población se repartirá amistosamente las
habitaciones que existan con el menor zafarrancho posible. ¿No se ve en los municipios
rurales distribuirse los campos, molestando tan poco a los poseedores de parcelas, que
sólo elogios merecen el buen sentido y la sagacidad de procedimientos a que recurre el
municipio? El mir ruso hace menos mudanzas de un campo a otro que la propiedad individual
con sus pleitos ante la curia. ¡Y se nos quiere hacer creer que los habitantes de una
gran ciudad europea habían de ser más brutos o menos organizadores que los aldeanos
rusos o los indios!
Además, toda revolución trae consigo cierto trastorno de la vida cotidiana, y los que
esperan atravesar una gran crisis sin que a las burguesas se las aparte de su olla, corren
peligro de quedarse con un palmo de narices.
El pueblo comete disparate sobre disparate cuando tiene que elegir en las urnas entre
los majaderos que aspiran al honor de representarlo y se encargan de hacerlo todo, de
saberlo todo, de organizarlo todo. Pero cuando necesita organizar lo que conoce, lo que le
atañe directamente, lo hace mejor que todas las oficinas posibles. ¿No se ha visto
durante la Comuna y en la última huelga de Londres? ¿No se ve todos los días en cada
municipio rural?
Si se consideran las casas como patrimonio común de la
ciudad y se procede al racionamiento de los víveres, es preciso dar un paso más. Hay que
ocuparse necesariamente del vestido, y la única solución posible será la de apoderarse
de todos los bazares de ropas, en nombre del pueblo, y abrir las puertas a todos con el
fin de que cada uno pueda tomar las que necesita. La comunidad de los vestidos y el
derecho para tomar cada uno lo que le haga falta en los almacenes municipales o pedirlo a
los talleres de confección, se impondrán en cuanto el principio comunista se haya
aplicado a las casas y a los víveres.
Es indudable que para eso no necesitaremos despojar de
sus gabanes a todos los ciudadanos, amontonar todos los trajes y sortearlos, como
pretenden nuestros ingeniosos críticos. Cada cual no tendrá más que conservar su
gabán, si tiene alguno, y hasta es muy probable que si tiene diez nadie pretenda
quitárselos. Se preferirá el vestido nuevo al que el burgués haya llevado ya puesto, y
habrá suficientes vestidos nuevos para no requisar los viejos.
Si hiciésemos la estadística de las ropas acumuladas
en los almacenes de las grandes ciudades, veríamos que en París, Lyon, Burdeos y
Marsella hay de sobra para que el municipio pueda regalar un vestido nuevo a cada
ciudadano y a cada ciudadana. Además, si no todo el mundo encontrara ropa de su gusto,
los talleres municipales llenarían bien pronto ese vacío. Sabida es la rapidez con que
trabajan nuestros talleres de confección, provistos de máquinas perfeccionadas y
organizados para producir en gran escala.
«Pero todo el mundo querrá un abrigo de, marta
cibelina, y todas las mujeres pedirán un vestido de terciopelo», exclaman nuestros
adversarios.
No lo creemos. No todo el mundo prefiere el terciopelo
ni sueña con un abrigo de marta cibelina. Si hoy mismo se propusiera a las parisienses
que eligiesen cada cual un vestido, habría muchas que preferirían un vestido liso a
todos los adornos caprichosos de nuestras cortesanas.
Los gustos varían con las épocas, y el que predomine
durante la revolución será de seguro muy sencillo. La sociedad, como el individuo, tiene
sus horas de cobardía, pero también tiene sus minutos de heroísmo. Por miserable que
sea, cuando se encanalla como ahora en la persecución de los intereses mezquinos y
neciamente personales, cambia de aspecto en las grandes épocas.
No queremos exagerar el probable papel de esas buenas
pasiones, ni basamos en ellas nuestro ideal de sociedad. Pero no exageramos si admitimos
que nos ayudarán a atravesar los primeros momentos, o sea los más difíciles. No Podemos
contar con la continuidad de esos sacrificios en la vida diaria, pero podemos esperarlos
en los principios, y no se necesita más.
Si la revolución se hace con el espíritu de que
hablamos, la libre iniciativa de los individuos encontrará vasto campo de acción para
evitar las intromisiones de los egoístas. En cada calle y cada barrio podrán surgir
grupos que se encarguen de lo concerniente al vestido. Harán el inventario de lo que
posea la ciudad sublevada, y conocerán, poco más o menos, de qué recursos dispone. Y es
muy probable que acerca del vestir los ciudadanos adopten el mismo principio que respecto
al comer: «Tomar del montón lo que abunde; repartir lo que esté en cantidad
limitada».
No pudiendo ofrecer a cada ciudadano un abrigo de marta
cibelina y a cada ciudadana un traje de terciopelo, la sociedad distinguirá probablemente
entre lo superfluo y lo necesario, colocando entre lo primero el terciopelo y la marta,
sin perjuicio de ver si lo que hoy es superfluo puede vulgarizarse mañana. Garantizando
lo necesario a cada habitante de la ciudad anarquista, se podrá dejar a la actividad
privada el cuidado de proporcionar a los débiles y enfermos lo que provisionalmente se
considere como objeto de lujo, de proveer a los menos robustos de lo que no entre en el
consumo cotidiano de todos.
«¡Pero eso es la nivelación, el hábito gris
del fraile, la desaparición de todos los objetos de arte, de todo lo que embellece la
vida!», nos dirán.
¡Ciertamente que no! Y basándonos siempre en lo que
ya existe, vamos a demostrar cómo una sociedad anarquista podría satisfacer los gustos
mas artísticos de sus ciudadanos, sin entregar por eso fortunas de millonario como hoy.
Si una sociedad asegura a todos sus miembros lo necesario, se vera obligada a apoderarse de todo lo indispensable para producir: suelo, máquinas, fábricas, medios de transporte,
etcétera. No dejará de expropiar a los actuales detentadores del capital, para devolvérselo a la comunidad. A la organización burguesa, no sólo se la acusa de que el capitalista acapara una gran parte de los beneficios de cada empresa industrial y comercial, lo que le permite vivir sin trabajar.
El cargo principal contra ella es que la producción entera ha tomado una dirección absolutamente falsa, puesto que no se realiza con el fin de asegurar el bienestar de todos, y eso es lo que la condena.
Es imposible que la producción mercantil se haga para todos. Quererlo, sería pedir al capitalista que se saliese de sus atribuciones y llenase una función que no puede llenar sin dejar de ser lo que es: un particular emprendedor, que persigue su enronquecimiento. La organización capitalista,
fundada en el interés particular de cada negociante, ha dado a la sociedad todo lo que ponía esperarse
de ella; ha aumentado la fuerza productiva del trabajador. Aprovechándose de la revolución operada
en la industria por el vapor, del repentino desarrollo de la química y de la mecánica y de los inventos del
siglo, el capitalista se ha aplicado, por su propio interés, a aumentar el rendimiento del trabajo humano, y lo ha
conseguido en grandes proporciones. Darle otra misión sería por completo irracional. Querer que
utilice ese superior rendimiento del trabajo en provecho de toda la sociedad sería pedirle filantropía,
caridad, y una empresa capitalista no puede cimentarse en la caridad.
A la sociedad le incumbe ahora generalizar esa productividad superior, limitada hoy a ciertas industrias, y aplicarlas en interés de todos.
Pero es indiscutible que para garantizar a todos el bienestar, la sociedad debe tomar posesión de todos los medios para producir.
Los economistas nos recordarán el bienestar relativo de cierta categoría de obreros, jóvenes, robustos, hábiles en ciertas ramas especiales de la industria. Siempre nos señalan con
orgullo esa minoría. Pero ese bienestar (patrimonio de unos pocos), ¿lo tienen seguro? Mañana, el descuido,
la imprevisión o la avidez de sus amos arrojarán quizás a esos privilegiados a la calle y pagarán entonces
con meses y años de dificultades o miseria el período de bienestar que habían disfrutado. ¡Cuántas
industrias mayores (tejidos, hierros, azúcares, etcétera), sin hablar de industrias efímeras, hemos visto parar y
languidecer una tras otra, ya por el efecto de especulaciones, ya a consecuencia de cambios naturales de lugar del
trabajo, ya a causa de competencias promovidas por los mismos capitalistas! Todas las industrias principales
de tejidos y de mecánica han pasado recientemente por esas crisis. ¿Qué diremos entonces de aquellas
cuya característica es la periodicidad de los paros?
¿Qué diremos también del precio a que se compra el bienestar relativo de algunas categorías de obreros? ¿Qué se ha obtenido a costa de la ruina de la agricultura, por la desvergonzada
explotación del campesino y por la miseria de las, masas? Enfrente de esa débil minoría de trabajadores
que gozan de cierto bienestar, ¡cuántos millones de seres humanos viven al día, sin salario seguro,
dispuestos a presentarse donde los llamen! ¡Cuántos labriegos trabajarán catorce horas diarias por una mísera
comida! El capital despuebla los campos, explota las colonias y los pueblos cuya industria está poco
desarrollada y condena a la inmensa mayoría de los obreros a permanecer sin educación técnica, como trabajadores
medianos hasta en su mismo oficio. El estado floreciente de una industria se consigue inexorablemente por
la ruina de otras diez.
Y esto no es un accidente, es una necesidad del régimen capitalista. Para llegar a retribuir medianamente a algunas categorías de obreros, hoy es preciso que el labrador sea la
bestia de carga de la sociedad; es preciso que las ciudades dejen desiertos los campos; es preciso que los
pequeños oficios se aglomeren en los barrios inmundos de las grandes ciudades y fabriquen casi por nada los
mil objetos de escaso valor que ponen los productos de las grandes manufacturas al alcance de los
compradores de corto salario. Para que el mal paño pueda despacharse vistiendo a los trabajadores pobremente
pagados, es menester que el sastre se contente con un salario de pordiosero. Es menester que los
países atrasados del Oriente sean explotados por los del Occidente, para que en algunas industrias
privilegiadas el trabajador tenga una especie de bienestar, limitado por el régimen capitalista.
El mal de la organización actual no reside, pues, en que el «exceso de valor» de la producción pase al capitalista, como habían dicho Rodbertus y Marx, estrechando así el concepto
socialista y las miras de conjunto acerca del régimen capitalista. El mismo exceso de valor es consecuencia de
causas mas hondas.
El mal está en que pueda haber un «exceso de valor» cualquiera, en vez de un simple exceso de producto no consumido por cada generación, porque para que haya «exceso de valor» se necesita que hombres, mujeres y niños se vean obligados por el hambre a vender su fuerza de trabajo por una parte
mínima de lo que esa fuerza produce, y sobre todo, de lo que es capaz de producir.
Pero este mal durará en tanto que lo necesario para la producción sea propiedad de algunos solamente. Mientras el hombre se vea obligado a pagar un tributo al amo para tener derecho a cultivar el suelo o poner en movimiento una máquina, y mientras el propietario sea dueño absoluto de
producir lo que le prometa mayores beneficios más bien que la mayor suma de objetos necesarios para la
existencia, sólo temporalmente podrá tener bienestar un cortísimo número, y será adquirido siempre por
la miseria de una parte de la sociedad. No basta distribuir por partes iguales los beneficios que una
industria logra realizar, si al mismo tiempo hay que explotar a otros millares de obreros. Lo que debemos buscar es
producir, con la menor pérdida posible de fuerza humana la mayor suma posible de los productos necesarios para el bienestar de todos.
¿Cuántas horas diarias de trabajo deberá desarrollar el hombre para asegurar a su familia una alimentación nutritiva, una casa conveniente y los vestidos necesarios Esto ha
preocupado mucho a los socialistas, los cuales admiten generalmente que bastarán cuatro o cinco horas diarias
-por supuesto, a condición de que todo el mundo trabaje-. A fines del siglo pasado, Benjamín Flanklin
ponía como límite cinco horas; y si la necesidad de comodidades ha aumentado desde entonces, también ha
aumentado con mucha más rapidez la fuerza de producción.
En las grandes granjas del Oeste americano, que tienen docenas de millas, pero cuyo terreno es mucho más pobre que el suelo mejorado de los países civilizados, sólo se obtienen de
doce a dieciocho hectolitros por hectárea, es decir, la mitad del rendimiento de las granjas de Europa y
de los estados del Este americano. Y, sin embargo, gracias a las máquinas, que permiten a dos hombres labrar
en un día dos hectáreas y media, cien hombres producen en un año todo lo necesario para entregar a
domicilio el pan de diez mil personas durante un año entero.
Le bastaría a un hombre trabajar en las mismas condiciones durante treinta horas, o sea seis medias jornadas de cinco horas cada una, para tener pan todo el año, y treinta medias
jornadas para asegurárselo a una familia de cinco personas. Si se recurriese al cultivo intensivo,
menos de sesenta medias jornadas de trabajo podrían asegurar a toda la familia el pan, la carne, las hortalizas
hasta las frutas de lujo.
Estudiando los precios a que resulten hoy las casas de obreros edificadas en las grandes ciudades, puede asegurarse que para tener en una gran ciudad inglesa una casita aislada, como las
que se hacen para los trabajadores, bastarían de mil cuatrocientas a mil ochocientas jornadas de trabajo de
cinco horas. Y como una casa de esta clase dura por lo menos cincuenta años, resulta que de veintiocho a
treinta y seis medias jornadas por año bastan para que la familia tenga un alojamiento higiénico,
bastante elegante y provisto de todas las comodidades necesarias, mientras que alquilando el mismo
alojamiento, el obrero lo paga al patrono con de setenta y cinco a cien jornadas de trabajo al año. Advirtamos que
estas cifras representan el máximum de lo que cuesta hoy el alojamiento en Inglaterra, dada la viciosa
organización de nuestras sociedades. En Bélgica se han edificado ciudades obreras mucho más baratas.
Queda el vestir, en lo cual es casi imposible el cálculo, por no ser apreciables los
beneficios realizados sobre los precios por una nube de intermediarios. Imaginad el paño, por
ejemplo, y sumad todo lo que han ido cobrándose el propietario del prado, el dueño de carneros, el comerciante
en lanas y demás intermediarios, hasta las compañías de ferrocarriles, los hiladores y tejedores,
comerciantes de ropas hechas, detallistas para la venta y comisionistas, y os formareis idea de lo que se paga
por un vestido a una caterva de burgueses. Por eso es absolutamente imposible decir cuántas jornadas de
trabajo representa un gabán por el que pagáis cien pesetas en un gran bazar de París.
Lo cierto es que con las máquinas actuales se llegan a fabricar cantidades verdaderamente increíbles.
Algunos ejemplos bastarán.
En los Estados Unidos, 751 manufacturas de algodón (hilado y tejido), con 175.000 obreros y obreras, producen 1.939.400.000 metros de telas de algodón, y además una grandísima
cantidad de hilados.
Las telas solamente dan un promedio superior a 11,000 metros en trescientas jornadas de trabajo de nueve horas y media cada una, o sea, 40 metros en diez horas. Admitiendo que una familia use 200 metros por año, lo que seria mucho, equivale esto a cincuenta horas de trabajo, o sean diez medias
jornadas de cinco horas cada una. Y además se tendrían los hilados, es decir, hilo para coser e hilo
para tramar el paño y fabricar telas de urdimbre de lana y trama de algodón.
En cuanto a los resultados del tejido sólo la estadística oficial de los Estados Unidos indica que si en 1870 un obrero trabajando de trece a catorce horas diarias, hacia 9.500 metros de tela blanca de algodón por año, trece años después tejía 27.000 metros trabajando nada más que cincuenta y
cinco horas por semana. Hasta en las telas estampadas (incluso el tejido y la estampación) se obtenían
29.150 metros en dos mil seiscientas sesenta y nueve horas al año, o sea unos 11 metros por hora. Así, para
tener los 200 metros de telas de algodón, blancas y estampadas, bastaría trabajar menos de veinte horas por
año.
Conviene advertir que la primera materia llega a esas manufacturas casi tal como sale de los campos, y que la serie de las transformaciones para convertirla en tela termina en ese período de veinte horas por pieza. Mas para comprar esos 200 metros en el comercio, un obrero bien
retribuido tiene que suministrar, romo mínimum, de diez a quince jornadas de diez horas de trabajo cada una, o
sea, de cien a ciento cincuenta horas. El campesino inglés, necesitaría trabajar un mes o algo más
para permitirse ese lujo.
Este ejemplo manifiesta que con cincuenta medias jornadas de trabajo anuales, en una sociedad bien organizada, se podría vestir mejor de lo que hoy se visten los burgueses de poca
importancia.
Con todo eso, nos han bastado sesenta medias jornadas de cinco horas de trabajo para proporcionarnos los productos de la tierra, cuarenta para la habitación y cincuenta para
el vestido, lo cual no suma más que medio año, puesto que, deduciendo las fiestas, el año representa
trescientas jornadas de trabajo. Quedan otras ciento cincuenta medias jornadas laborables, que podrían emplearse
en las otras necesidades de la vida: vino, azúcar, café o té, muebles, transportes, etcétera.
Cuando en las naciones civilizadas contamos el número de los que nada producen, de los que trabajan en industrias nocivas llamadas a desaparecer y de los que sirven de
intermediarios inútiles, vemos que en cada nación podía duplicarse el número de los productores propiamente dichos. Y
si en lugar de diez personas, fuesen veinte las dedicadas a producir lo necesario, y si la sociedad cuidase
más de economizar las fuerzas humanas, esas veinte personas no tendrían que trabajar más de cinco horas
diarias, sin que disminuyese en nada la producción. Bastaría reducir el despilfarro de la fuerza humana
al servicio de las familias ricas, o de esa administración que tiene un funcionario por cada diez
habitantes, y utilizar tales fuerzas en el aumento de productividad de la nación, para limitar las horas de trabajo a
cuatro y aun a tres, a condición de contentarse con la producción actual.
Suponed una sociedad de varios millones de habitantes dedicados a la agricultura y a una gran variedad de industrias, y que todos los niños aprendan a trabajar lo mismo con las manos
que con el cerebro. Supongamos que todos los adultos, excepto las mujeres ocupadas en educar a los
niños, se comprometen a trabajar cinco horas diarias desde la edad de veinte o veintidós años
hasta la de cuarenta y cinco a cincuenta, y que se empleen en ocupaciones elegidas entre cualquiera de los
trabajos humanos considerados como necesarios. Esa sociedad podría, en cambio, garantizar el bienestar a
todos sus miembros, es decir, unas comodidades mucho más reales de las que tiene hoy la clase
media. Y cada trabajador de esta sociedad dispondría de otras cinco horas diarias para consagrarlas a
las ciencias, a las artes y a las necesidades individuales que no entren en la categoría
de las imprescindibles, salvo incluir más adelante en esta categoría, cuando aumentase
la productividad del hombre, todo lo que aún se considera hoy como lujoso o inaccesible.
El hombre no es un ser que pueda vivir exclusivamente
para comer, beber y dormir. Satisfechas las exigencias materiales, se presentarán con
más ardor las necesidades a las cuales puede atribuirseles un carácter artístico.
Tantos individuos equivalen a otros tantos deseos, los cuales son más variados cuanto
más civilizada está la sociedad y más desarrollado el individuo.
Hoy mismo se ven hombres y mujeres que se privan de lo
necesario por adquirir cualquier fruslería o proporcionarse un placer, un goce
intelectual o material. Un cristiano, un asceta, pueden reprobar esos deseos de lujo,
pero, en realidad tales fruslerías son precisamente lo que rompe la monotonía de la
existencia y la hace agradable.
En el presente, cuando a centenares de miles de seres
humanos les falta pan, carbón, ropa y casa, el lujo constituye un crimen: para
satisfacerlo, es necesario que el hijo del trabajador carezca de pan. Pero en una sociedad
donde nadie padezca hambre, serán más vivas las necesidades de lo que hoy llamamos lujo.
Y como no pueden ni deben asemejarse todos los hombres, habrá siempre, y es de desear que
los haya, hombres y mujeres cuyas necesidades sean superiores.
No todo el mundo puede tener necesidad de un
telescopio, pues aun cuando la instrucción fuese general, hay personas que prefieren los
estudios microscópicos al del cielo estrellado. Hay quienes gustan de las estatuas, como
otros de los lienzos de los maestros; tal individuo no tiene más ambición que la de
poseer un excelente piano, al paso que tal otro se contenta con una guitarra. Hoy, quien
tiene necesidades artísticas, no puede satisfacerlas a menos de ser heredero de una gran
fortuna; pero trabajando de firme y apropiándose de un capital intelectual que le
permita seguir una profesión liberal, siempre tiene la esperanza de satisfacer algún
día más o menos sus gustos. Por eso, a nuestras ideales sociedades comunistas suele
acusárselas de tener por único objetivo la vida material de cada individuo,
diciéndonos: Tal vez tengáis pan para todos, pero en vuestros almacenes municipales
no tendréis hermosas pinturas, instrumentos de óptica, muebles de lujo, galas; en una
palabra, esas mil cosas que sirven para satisfacer la infinita variedad de los gustos
humanos. Y por eso mismo suprimís toda posibilidad de proporcionaros sea lo que fuere,
excepto el pan y la carne que el municipio comunista pueda ofrecer a todos, y la tela gris
con que vistáis a todas vuestras ciudadanas.
He aquí la objeción que se dirige contra todos los
sistemas comunistas, objeción que jamás supieron comprender los fundadores de todas las
nuevas sociedades que iban a establecerse en los desiertos americanos. Creían que todo
está dicho si la comunidad ha podido adquirir bastante paño para vestir a todos sus
asociados y una sala de conciertos donde los hermanos puedan ejecutar trozos de música
o representar de vez en cuando una piececilla teatral. Olvidaban que el sentido
artístico existe lo mismo en el cultivador que en el burgués, y que si varían las
formas del sentimiento según la diferencia de cultura, su fondo siempre es el mismo.
¿Seguirá idéntica senda el municipio anarquista?
Evidentemente que no, con tal de que comprenda y trate de satisfacer todas las necesidades
del espíritu humano al mismo tiempo que asegure la producción de todo lo necesario para
la vida material.
Confesamos con franqueza que al pensar en los abismos
de miseria y sufrimiento que nos rodean, al oír las frases desgarradoras de los obreros
que recorren las calles pidiendo trabajo, nos repugna discutir esta cuestión: en una
sociedad donde nadie tenga hambre, ¿cómo haremos para satisfacer a tal o cual persona
deseosa de poseer una porcelana de Sèvres o un vestido de terciopelo?
Tentaciones nos dan de decir por única respuesta: Aseguremos
lo primero el pan, y después ya hablaremos de la porcelana y del terciopelo.
Pero puesto que es preciso reconocer que además de los
alimentos el hombre tiene otras necesidades, y puesto que la fuerza del anarquismo está
precisamente en que comprende todas las facultades humanas y todas las pasiones, sin
ignorar ninguna, vamos a decir en pocas palabras cómo podría conseguirse satisfacer
todas las necesidades intelectuales y artísticas del hombre.
Ya hemos dicho que trabajando cuatro o cinco horas
diarias hasta la edad de cuarenta y cinco a cincuenta años, el hombre podría
cómodamente producir todo lo necesario para garantizar el bienestar a la sociedad.
Pero la jornada del hombre habituado al trabajo y
valiéndose de máquinas, no es de cinco horas, sino de diez, trescientos días al año
toda su vida. Así destruye su salud y embota su inteligencia. Sin embargo, cuando puede
variar las ocupaciones, y sobre todo alternar la labor manual con el trabajo intelectual,
está ocupado con gusto y sin fatigarse diez y doce horas. Asociándose con otros, esas
cinco o seis horas le darían plena posibilidad de proporcionarse cuanto quisiera, además
de lo necesario asegurado a todos.
Entonces se formarán grupos compuestos de escritores,
cajistas, impresores, grabadores y dibujantes, animados todos ellos de un propósito
común: la propagación de sus ideas predilectas.
Hoy el escritor sabe que hay una bestia de carga, el
obrero, a quien por tres o cuatro pesetas diarias puede confiar la impresión de sus
libros; pero no se cuida de saber qué es una imprenta. Si el cajista se envenena con el
polvillo de plomo, si el muchacho que da al volante de la máquina muere de anemia, ¿no
hay otros miserables para reemplazarlos?
Pero cuando ya no haya hambrientos prontos a vender sus
brazos por una ruin pitanza, cuando el explotado de ayer haya recibido instrucción y
pueda dar a luz sus ideas en el papel y comunicárselas a los demás, forzoso será que
los literatos y los sabios se asocien entre sí para imprimir sus versos y su prosa.
Mientras el escritor considere la blusa y el trabajo
manual como un indicio de inferioridad, le parecerá asombroso eso de que un autor
componga él mismo su libro con caracteres de plomo, ¿No tiene el gimnasio y el juego de
dominó para descansar de sus fatigas? Pero cuando haya desaparecido el oprobio en que se
tiene el trabajo manual; cuando todos se vean obligados a hacer uso de sus brazos, no
teniendo sobre quién descargarse de ese deber, ¡oh! entonces los escritores y sus
admiradores de uno y otro sexo aprenderán muy pronto a manejar el componedor o aparato de
caracteres; conocerán los apreciadores de la obra que se imprima, el gozo de acudir todos
juntos a componerla y verla salir hermosa, con su virginal pureza, tirándola en una
máquina rotativa. Esas magnificas máquinas instrumento de suplicio para el niño que
las mueve hoy desde la mañana a la noche llegarán a ser un manantial de goces para los
que las empleen con el fin de dar voz al pensamiento de sus autores favoritos.
¿Perderá con ello algo la literatura? ¿Será menos
poeta el poeta después de haber trabajado en los campos o colaborado con sus manos para
multiplicar su obra? ¿Perderá el novelista algo de su conocimiento del corazón humano
después de haberse codeado con el hombre en la fábrica, en el bosque, en el trazado de
un camino y en el taller? Hacer estas preguntas es contestarlas.
Ciertos libros serán quizá menos voluminosos, pero se
imprimirán menos páginas para decir más. Tal vez se publique menos papel manchado, pero
lo que se imprima será mejor leído y más apreciado. El libro se dirigirá a un circulo
más vasto de lectores más instruidos, más aptos para juzgarlo.
Además, el arte de la imprenta, que ha progresado tan
poco desde Gutenberg, está aún en la infancia. Aún se invierten dos horas en componer
con letras móviles lo que se escribe en diez minutos, y se buscan procedimientos más
expeditos para multiplicar el pensamiento. Se encontrarán.
¡Ah! Si cada escritor tuviese que intervenir en la
impresión de sus libros, ¡cuántos progresos hubiera hecho ya la imprenta! No
estaríamos aún con los tipos movibles del siglo XVII
¿Es un sueño el concebir una sociedad en que,
llegando todos a ser productores, recibiendo todos una instrucción que les permita
cultivar las ciencias o las artes y teniendo todos tiempo para hacerlo, se asocien entre
sí para publicar sus obras, aportando su parte de trabajo manual?
En estos momentos se cuentan ya por miles y miles las
sociedades científicas, literarias y otras. Estas sociedades son agrupaciones voluntarias
entre personas que se interesan por tal o cual rama del saber, asociadas para publicar sus
trabajos. Los autores que colaboran en las colecciones científicas no son pagados. Dichas
colecciones no se venden: se envían gratuitamente a todos los ámbitos del mundo, a otras
sociedades que cultivan las mismas ramas del saber. Ciertos miembros de la sociedad
insertan una nota de una página resumiendo tal o cual observación, otros publican
trabajos extensos, fruto de largos años de estudio, al paso que otros se limitan a
consultarlos como punto de partida para nuevas investigaciones. Son asociaciones entre
autores y lectores para la producción de trabajos en que todos tienen interés.
Verdad es que la sociedad científica (lo mismo que el
periódico de un banquero) se dirige al editor, que embauca obreros para realizar el
trabajo de la impresión. Las gentes que ejercen profesiones liberales menosprecian el
trabajo manual que, en efecto, está hoy en condiciones embrutecedoras en absoluto. Pero
una sociedad que conceda a cada uno de sus miembros la instrucción amplia, filosófica y
científica sabrá organizar el trabajo corporal de manera que sea orgullo de la
humanidad, y la sociedad sabia llegará a ser una asociación de investigadores, de
aficionados y de obreros, los cuales conozcan un oficio manual y se interesen por la
ciencia.
Por ejemplo, si se ocupan en la geología, todos
contribuirán a explorar las capas terrestres, Todos aportarán su parte a las
investigaciones. Diez mil observadores en lugar de ciento harán más en un año que se
hace hoy en veinte. Y cuando se trate de publicar los diversos trabajos, diez mil hombres
y mujeres, versados en los diferentes oficios, estarán dispuestos a trazar los mapas,
grabar los dibujos, componer el texto e imprimirlo. Alegremente dedicarán todos juntos
sus ocios, en verano a la exploración y en invierno al trabajo de taller. Y cuando
aparezcan sus trabajos no encontrará ya solamente cien lectores, sino que habrá diez
mil, todos ellos interesados en la obra común.
Hoy mismo, cuando Inglaterra ha querido hacer un gran
diccionario de su lengua, no ha esperado a que naciese un Littré para consagrar su vida a
esa labor. Ha llamado en su ayuda a los voluntarios, y mil personas se han ofrecido
espontánea y gratuitamente para registrar las bibliotecas y terminar en pocos años un
trabajo para el cual no habría bastado la vida entera de un hombre. En todas las ramas de
la actividad inteligente aparece la misma tendencia, y sería preciso conocer muy poco la
humanidad para no adivinar que el porvenir se anuncia en esas tentativas de trabajo
colectivo en vez del trabajo individual.
Para que esa obra fuese verdaderamente colectiva,
hubiera sido menester organizarla de modo que cinco mil voluntarios, autores, impresores y
correctores hubiesen trabajado en común; pero ya se ha dado ese paso hacia delante,
gracias a la iniciativa de la prensa socialista, que nos ofrece ejemplos de trabajo manual
e intelectual combinados. Ocurre a menudo ver el autor de un articulo componerlo él mismo
para los periódicos de combate.
En el futuro, cuando un hombre tenga que decir algo
útil, alguna palabra superior a las ideas de su siglo, no buscará un editor que se digne
adelantarle el capital necesario. Buscará colaboradores entre los que conozcan el oficio
y hayan comprendido el alcance de la nueva obra, y juntos publicarán el libro o el
periódico.
La literatura y el periodismo dejarán de ser entonces
un medio de hacer fortuna y de vivir a expensas de la mayoría. ¿Hay alguien que conozca
la literatura y el periodismo y no anhele una época en que la literatura pueda por fin
libertarse de los que la protegían en otro tiempo, de los que la explotan hoy y de la
multitud que, con raras excepciones, la paga en razón directa de su vulgarismo y de la
facilidad con que se acomoda al mal gusto de la mayoría?
La literatura, la ciencia y el arte deben se servidos
por voluntarios. Sólo con esa condición conseguirán libertarse del yugo del Estado, del
capital y de la medianía burguesa que los ahogan.
¿Qué medios tiene hoy el sabio para hacer las
investigaciones que le interesan? ¡Solicitar el auxilio del Estado, que no puede
concederse sino al uno por ciento de los aspirantes, y que ninguno obtiene más que
comprometiéndose ostensiblemente a ir por caminos trillados y a marchar por los carriles
antiguos! Acordémonos del Instituto de Francia condenando a Darwin, de la Academia de San
Petersburgo rechazando a Mendéléef, y de la Sociedad Real de Londres negándose a
publicar, como poco científica, la memoria de Joule que contenía la
determinación del equivalente mecánico del calor.
Por eso, todas las grandes investigaciones, todos los
movimientos revolucionarios de la ciencia han sido hechos fuera de las academias y de las
universidades, ya por gentes lo bastante rica para ser independientes, como Darwin y
Liell, ya por hombres que minaban su salud trabajando con escasez y muy a menudo en la
miseria, faltos de laboratorio, perdiendo infinito tiempo y no pudiendo proporcionarse los
instrumentos o los libros necesarios para continuar sus investigaciones, pero
perseverantes contra todas las esperanzas y muchas veces muriendo de pena. Su nombre es
legión.
Por otra parte, es tan malo el sistema de auxilios
concedidos por el Estado, que en todo tiempo la ciencia ha intentado librarse de ellos.
Precisamente por eso están Europa y América llenas de miles de sociedades sabias,
organizadas y sostenidas por voluntarios. Algunas han adquirido un desarrollo tan
extraordinario, que todos los recursos de las sociedades subvencionadas y todas las
riquezas de los banqueros no bastarían para comprar sus tesoros. Ninguna institución
gubernamental es tan rica como la Sociedad Zoológica de Londres, a la que sólo sostienen
cuotas voluntarias.
No compra los animales que a millares pueblan sus
jardines, sino que se los envían otras sociedades y coleccionistas del mundo entero: un
día un elefante, regalo de la Sociedad Zoológica de Bombay; otro día un rinoceronte y
un hipopótamo, ofrecidos por naturalistas egipcios, y esos magníficos presentes se
renuevan. de continuo, llegando sin cesar de los cuatro puntos del globo aves, reptiles,
colecciones de insectos, etcétera. Tales envíes comprenden a menudo animales que no se
comprarían por todo el oro del mundo; algunos de ellos fueron capturados con riesgo de la
vida por un viajero, y se los da a la Sociedad porque está seguro de que allí los
cuidarán bien. El precio de entrada pagado por los visitantes (y son innumerables) basta
para sostener aquella inmensa colección zoológica.
Puede decirse de los inventores en general lo que hemos
dicho de los sabios. ¿quién ignora a costa de qué sufrimientos han podido llevarse a
cabo todas las grandes invenciones? Noches en blanco, privación de pan para la familia,
falta de instrumentos y primeras materias para las experiencias, tal es la historia de
todos los que han dotado a la industria de lo que constituye el único justo orgullo de
nuestra civilización.
¿Pero qué se necesita para salir de esas condiciones
que todo el mundo está conforme en considerar malas? Se ha ensayado la patente y se
conocen los resultados. El inventor hambriento la vende por un puñado de pesetas, y el
que no ha hecho más que prestar el capital se embolsa los beneficios del invento, con
frecuencia enormes. Además, el privilegio aísla al inventor; le obliga a tener en
secreto sus investigaciones, que muchas veces sólo conducen a un tardío fracaso, al paso
que la sugestión más sencilla, hecha por otro cerebro menos absorto por la idea
fundamental, basta algunas veces para fecundar la invención y hacerla práctica. Como
todo lo autoritario, el privilegio de invención no hace más que entorpecer los progresos
de la industria.
Lo que se necesita para favorecer el genio de los
descubrimientos es, en primer término, despertar las ideas; la audacia para concebir, que
con nuestra educación no hace más que languidecer; el saber derramado a manos llenas,
que centuplica el número de los investigadores, y por último, la conciencia de que la
humanidad va a dar un paso hacia delante, porque casi siempre ha inspirado el entusiasmo o
algunas veces la ilusión del bien a todos los grandes bienhechores.
Allí irán a trabajar en sus ensueños, después de
haber cumplido sus deberes para con la sociedad; allí pasarán sus cinco o seis horas
libres; allí harán sus experiencias; allí se encontrarán con otros camaradas, expertos
en otras ramas de la industria y que vayan también a estudiar algún problema difícil;
podrán ayudarse unos a otros, ilustrarse mutuamente, hacer brotar al choque de las ideas
y de su experiencia la solución deseada. ¡Y esto no es un sueño! Solanoy y Garadok, de
Petersburgo, lo ha realizado ya, por lo menos en parte, desde el punto de vista técnico.
Es un taller admirablemente provisto de herramientas y abierto a todo el mundo; en él se
puede disponer gratuitamente de los instrumentos y de la fuerza motriz; sólo la madera y
los metales hay que pagarlos por el precio a que cuestan. Pero los obreros no van allí
hasta por la noche, desfallecidos por diez horas de trabajo en los talleres. Y ocultan
cuidadosamente sus invenciones a todas las miradas, cohibidos por la patente y por el
capitalismo, maldición de la sociedad actual, obstáculo con que se tropieza en el camino
del progreso intelectual y moral.
¿Y el arte? Por todos lados llegan quejas acerca de la
decadencia del arte. En efecto, distamos mucho de los grandes maestros del Renacimiento.
La técnica del arte ha hecho recientemente inmensos progresos; millares de personas
dotadas de cierto talento cultivan todas sus ramas; pero el arte parece huir del mundo
civilizado. La técnica progresa, pero la inspiración frecuenta menos que antes los
estudios de los artistas.
¿De dónde había de venir, en efecto? Sólo una gran
idea puede inspirar el arte. En nuestro ideal, arte es sinónimo de creación, debe mirar
adelante; pero salvo rarísimas excepciones, el artista de profesión permanece siendo
harto ignorante, demasiado burgués para entrever los nuevos horizontes. Esa inspiración
no puede salir de los libros; tiene que tomarse de la vida, y no puede darla la sociedad
actual.
Los Rafael y los Murillo pintaban en una época en que
la búsqueda de un ideal nuevo aún se acomodaba con viejas tradiciones religiosas.
Pintaban para decorar grandes iglesias, que también representaban la obra piadosa de
muchas generaciones. La basílica, con su aspecto misterioso y su grandeza; que la ligaba
con vida misma de la ciudad, podía inspirar al pintor. Trabajaba para un monumento
popular; dirigiase a una muchedumbre, y a cambio recibía de ella la inspiración. Y le
hablaba en el mismo sentido que la nave, los pilares, las vidrieras pintadas, las estatuas
y las puertas esculpidas. Hoy, el honor más grande a que aspira pintor es a ver su lienzo
con un marco de madera dorada colgado en un museo una especie de prendería-, donde se
verá, como se ve en el Museo del Prado, la Ascensión, de Murillo, junto Mendigo, de
Velázquez, y los perros, de Felipe II. ¡Pobre Velázquez y pobre Murillo! ¡Pobres
estatuas griegas que vivían en las acrópolis de sus ciudades, y que se ahogan hoy bajo
los paños rojos Louvre!
Cuando un escultor griego cincelaba el mármol, trataba
expresar el espíritu y el corazón de la ciudad. Todas las pasiones de ésta, todas sus
tradiciones de gloria debían revivir en la obra. Pero hoy, la ciudad una ha cesado de
existir; no más comunión de ideas. La ciudad no es más que un revoltijo casual de
gentes que no se conocen, que no tienen ningún interés común, salvo el enriquecerse
unos a expensas de otros; no existe la patria... ¿Qué patria común pueden tener el
banquero internacional y el trapero?
Sólo cuando una ciudad, un territorio, una nación o
un grupo de naciones hayan recuperado su unidad en la vida social, es cuando el arte
podrá beber su inspiración con la idea común de ciudad o de la federación. Entonces el
arquitecto concebirá el monumento de la ciudad, que ya no será un temple, una cárcel ni
una fortaleza; entonces el pintor, el escultor, el cincelador, el decorador, etcétera,
sabrán dónde poner sus lienzos, sus estatuas sus decoraciones, tomando toda su fuerza de
ejecución en los mismos manantiales de vida y caminando todos juntos gloriosamente hacia
el porvenir. Pero hasta entonces, el arte no podrá más que vegetar.
Los mejores lienzos de los pintores modernos son aún
los que reproducen la naturaleza, la aldea, el valle, el mar con sus peligros, la montaña
con sus esplendores. Pero, ¿cómo podrá el pintor expresar la poesía del trabajo de los
campos, si sólo la ha contemplado o imaginado, y nunca la ha probado él mismo; si no lo
conoce más que como un ave de paso conoce los países sobre los cuales se cierne en sus
emigraciones; si en todo el vigor de su hermosa juventud no ha ido desde el alba detrás
del arado; si no probó el goce de segar las hierbas con un amplio corte de hoz junto a
robustos recolectores del heno, rivalizando en bríos con risueñas muchachas que llenan
los aires con sus cantares? El amor a la tierra y a lo que crece sobre la tierra no se
adquiere haciendo estudios a pincel; sólo se adquiere poniéndose al servicio de ella. Y
sin amarla, ¿cómo pintarla? Por eso, todo lo que en este sentido han podido reproducir
los mejores pintores, es aún tan imperfecto y con frecuencia falso. Casi siempre
sentimentalismo: allí no hay fuerza.
Es preciso haber visto a la vuelta del trabajo la
puesta del sol. Es preciso haber sido labriego con el labriego para guardar en los ojos
sus esplendores. Es preciso haber estado en el mar con el pescador a todas horas del día
y de la noche, haber pescado uno mismo, luchando contra las olas, arrostrado la tempestad,
y después de ruda labor, haber sentido la alegría de levantar una pesada red o el pesar
de volver de vacío para comprender la poesía de la pesca. Es preciso haber pasado por la
fábrica, conociendo las fatigas, los sufrimientos y también las satisfacciones del
trabajo creador; haber forjado el metal a los fulgurantes resplandores de los altos
hornos; es preciso haber sentido vivir la máquina, para saber lo que es la fuerza del
hombre y traducirla en una obra de arte. En fin, es preciso sumirse en la existencia
popular para atreverse a retratarla.
Para que el arte se desarrolle, debe relacionarse con
la industria por mil transiciones intermediarias, de suerte que, por decirlo así, queden
confundidos, como tan bien lo han demostrado Ruskin y el gran poeta socialista Morris.
Todo lo que rodea al hombre en su domicilio, en la calle, en el interior y el exterior de
los monumentos públicos, debe ser de pura forma artística.
Pero ésta no podrá realizarse más que en una ciudad
donde todos disfruten de bienestar y tiempo libre. Entonces se verán surgir asociaciones
de arte, en las cuales pueda cada uno dar prueba de sus capacidades; porque el arte no
puede pasarse sin una infinidad de trabajos suplementarios puramente manuales y técnicos.
Estas asociaciones artísticas se encargarán de embellecer los hogares de sus miembros,
como lo han hecho esos amables voluntarios, los pintores jóvenes de Edimburgo, decorando
las paredes y los techos del gran hospital de los pobres de la ciudad.
El pintor o escultor que haya producido una obra de
sentimiento personal e íntimo, la ofrecerá a la mujer a quien ama o a un amigo. Hecha
con amor, ¿será inferior su obra a las que satisfacen hoy la vanidad de los burgueses y
de los banqueros porque han costado mucho dinero?
Lo mismo sucederá con todas las satisfacciones que se
buscan por fuera de lo necesario. Quien apetezca un piano de cola, entrará en la
asociación de los fabricantes de instrumento de música. Y dedicándole parte de sus
medias jornadas libres, muy pronto tendrá el piano de sus sueños. Si se interesa por los
estudios astronómicos, ingresará en la asociación de los astrónomos, con sus
filósofos, sus observadores, sus calculadores, sus artistas en instrumentos
astronómicos, sus sabios y sus aficionados, y tendrá el telescopio que desea
suministrando una parte de trabajo en la obra común, pues un observatorio astronómico
requiere grandes labores, trabajos de albañil, de carpintero, de fundidor, de mecánico,
siendo el artista quien da sus últimas perfecciones al instrumento de precisión.
En una palabra, las cinco o siete horas diarias de que
cada cual dispondrá después de haber consagrado algunas a la producción de lo
necesario, bastarían ampliamente para satisfacer todas las necesidades de lujo,
infinitamente variadas. Millares de asociados se encargarían de ocuparse de ello. Lo que
ahora es privilegio de una ínfima minoría, sería así accesible para todos.
Cesando de ser el lujo un aparato necio y chillón de
los burgueses, se convertiría en una satisfacción artística.
Cuando los socialistas afirman que una sociedad
emancipada del capital sabría hacer agradable el trabajo y suprimiría todo servicio
repugnante y malsano, se les ríen en sus narices. Y sin embargo, hoy mismo pueden verse
pasmosos progresos en este sentido, y en todas partes donde se han producido tales
progresos, los patronos se han congratulado de la economía de fuerza obtenida de esa
manera.
Sin embargo, como raras excepciones, encuéntranse ya
algunos talleres fabriles tan bien arreglados, que daría verdadero gusto trabajar en
ellos si el trabajo no durase más de cuatro o cinco horas diarias y si cada cual tuviese
facilidad de variarlo a su antojo.
Hay una fábrica dedicada, por desgracia, a ingenios
de guerra que nada deja que desear desde el punto de vista de la organización sanitaria
e inteligente. Ocupa veinte hectáreas de terreno, quince de las cuales están con
cubierta de vidrio. El suelo, de ladrillo refractario, se ve tan limpio como el de una
casita de minero; y una escuadra de operarios, que no hacen otra cosa, limpian
esmeradamente la techumbre acristalada. Allí se forjan barras de acero hasta de veinte
toneladas: de peso, y estando a treinta pasos de un inmenso horno, cuyas llamas tienen una
temperatura de más de 1.000 grados, no se adivina su presencia sino cuando la inmensa
boca del horno deja paso a un monstruo de acero. Y ese monstruo lo manejan sólo tres o
cuatro trabajadores sin más que abrir acá o acullá un grifo, haciendo mover inmensas
grúas por la presión del agua dentro de tubas.
Se entra predispuesto a oír el ruido ensordecedor de
los mazos colosales, y se descubre que no hay mazo alguno. Los inmensos cañones de cien
toneladas y los ejes de los vapores trasatlánticos se forjan por la presión hidráulica,
y el obrero se limita a hacer girar la llave de un grifo para comprimir el acero,
prensándolo en vez de forjarlo, lo cual da un metal mucho más homogéneo, sin quebrajas,
cualquiera que sea el espesor de las piezas.
Espérase un rechinamiento general, y se ven máquinas
que cortan masas de acero de diez metros de longitud sin hacer más ruido que el necesario
para cortar un queso. Y cuando expresábamos nuestra admiración al ingeniero que nos
acompañaba, respondía:
«¡Es una simple cuestión de ahorro! Esta
máquina que cepilla el acero lleva en servicio cuarenta y dos años. No hubiera servido
ni diez si sus partes, más ajustadas o débiles, se entrechocasen, rechinasen a cada
golpe del cepillo.
«¿Los altos hornos? Sería un gasto inútil
dejar irradiar afuera el calor, en vez de utilizarlo. ¿Por qué tostar a los fundidores,
cuando el calor perdido por irradiación representa toneladas de carbón?
»Los mazos de pilón, que hacían retemblar los
edificios en cinco leguas a la redonda, ¡otro despilfarro! Se forja mejor por presión
que por choque, y cuesta menos; hay menos pérdida.
»El espacio concedido a cada taller, la claridad
de la fábrica, su limpieza, todo ello es una sencilla cuestión de ahorro. Se trabaja
mejor cuando se ve claro y no hay apreturas.
»Verdad es que estábamos muy estrechos antes de
venir aquí. Y es que el suelo resulta terriblemente caro en los alrededores de las
grandes ciudades. ¡Si son rapaces los propietarios!
» Lo mismo sucede con las minas. Aunque sólo
sea por Zola o por los periódicos, ya se sabe lo que la mina es hoy. Pues bien; la mina
del porvenir estará bien ventilada, con una temperatura tan perfectamente regular como la
de un gabinete de trabajo, sin caballos condenados a morir debajo de tierra, haciéndose
la tracción subterránea por medio de un cable automotor puesto en movimiento desde la
boca del pozo; los ventiladores estarán siempre en marcha, y nunca habrá explosiones.
Esta mina no es un sueño; se ven ya en Inglaterra, y nosotros hemos visitado una.
También aquí es una simple cuestión de economía ese buen orden. La mina de que
hablamos, a pesar de su inmensa profundidad de 430 metros, suministra mil toneladas
diarias de hulla con doscientos trabajadores solamente, o sea cinco toneladas por día y
por trabajador, mientras que el promedio en los dos mil pozos de Inglaterra viene a ser de
trescientas toneladas por año y por trabajador.
Este asunto ha sido tratado ya con mucha frecuencia por
los periódicos socialistas, y se ha formado opinión. La fábrica, el taller, la mina,
pueden ser tan sanos, tan magníficos como los mejores laboratorios de las universidades
modernas, y cuanto mejor organizados estén desde ese punto de vista, más productivo
resultará el trabajo humano.
¿Puede dudarse de que en una sociedad de iguales, en
que los brazos no estén obligados a venderse, el trabajo será realmente un placer, una
distracción? La tarea repugnante o malsana deberá desaparecer porque es evidente que en
estas condiciones es nociva para la sociedad entera. Podían entregarse a ella los
esclavos; el hombre libre aspira a nuevas condiciones de un trabajo agradable e
infinitamente más productivo. Las excepciones de hoy serán la regla del mañana.
Una sociedad regenerada por la revolución sabrá hacer
que desaparezca la esclavitud doméstica, esa postrera forma de la esclavitud, la más
tenaz quizá, porque también es la más antigua. Sólo que no lo hará del modo soñado
por los falansterianos, ni de la manera como frecuentemente se lo imaginan los comunistas.
El falansterio repele a millones de seres humanos. El
hombre menos expansivo experimenta ciertamente la necesidad de reunirse con sus semejantes
para un trabajo común, tanto más atractivo cuanto que se tiene conciencia de formar
parte del inmenso todo. Pero no sucede así en las horas dedicadas al descanso y a la
intimidad. El falansterio, y aun el familisterio, no lo tienen en cuenta, o bien tratan de
responder a esta necesidad con agrupaciones artificiosas.
El falansterio, que no es en realidad sino un inmenso
hotel, puede agradar a algunos y aun a todos en ciertos momentos de su vida, pero la gran
mayoría prefiere la vida de familia, por supuesto de la familia del porvenir; prefiere la
habitación aislada, y los normandos anglosajones llegan hasta a preferir la casita de
cuatro, seis u ocho piezas, en la cual pueden vivir separadamente la familia o la
aglomeración de amigos.
Otros socialistas repudian el falansterio. Pero cuando
se les pregunta cómo podría organizarse el trabajo doméstico, responden: «Cada
cual hará su propio trabajo; mi mujer desempeña bien el de la casa; las burguesas harán
otro tanto». Y si es un burgués aficionado al socialismo quien habla, dirá a su
mujer con una sonrisa graciosa: «¿No es verdad, querida, que te pasarías con
gusto sin criada en una sociedad socialista? ¿No es cierto que harías lo mismo que la
mujer de nuestro excelente amigo Pablo o la de Juan el carpintero, a quien
conoces?» A lo que la mujer contesta con una sonrisa agridulce y un «Vaya
que sí, querido», diciendo aparte que, por fortuna, eso no sucederá tan pronto.
Pero la mujer también reclama su puesto en la
emancipación de la humanidad. Ya no quiere ser la bestia de carga de la casa. Bastante es
que tenga que dedicar tantos años de su vida a la crianza de sus hijos. ¡Ya no quiere
ser más la cocinera, la trajinadora, la barrendera de la casa! Y como las americanas han
tomado la delantera en esta obra de reivindicación, son generales las quejas en los
Estados Unidos por la falta de mujeres que se dediquen a los trabajos domésticos. La
señora prefiere el arte, la política, la literatura o el salón de juego; la obrera hace
otro tanto, y ya no se encuentran criadas de servir. En los Estados Unidos, son raras las
solteras y casadas que consientan en aceptar la esclavitud del delantal.
Si os lustráis los zapatos, ya sabéis cuán ridículo
es ese trabajo. ¿Puede haber nada más estúpido que frotar veinte o treinta veces un
zapato con el cepillo? Es preciso que una décima parte de la población europea se venda
por un jergón y alimento insuficiente, para hacer ese servicio embrutecedor; es preciso
que la misma mujer se conceptúe como una esclava, para que se siga practicando cada
mañana semejante operación por docenas de millones de brazos.
Sin embargo, los peluqueros tienen máquinas para
cepillar los cráneos lisos y las cabelleras crespas. ¿No era muy sencillo aplicar el
mismo principio a la otra extremidad? Eso es lo que se ha hecho. Hoy, la máquina de
lustrar el calzado es de uso general en las grandes fondas americanas y europeas. También
se difunde fuera de ellas. En las grandes escuelas de Inglaterra, divididas en secciones
con cincuenta a doscientos colegiales internos cada una, se ha encontrado más sencillo
tener un solo establecimiento que todas las mañanas embetuna los mil pares de zapatos;
esto evita el sostener un centenar de criadas dedicadas especialmente a esa operación
estúpida. El establecimiento recoge por la noche los zapatos y los devuelve por la
mañana a domicilio, lustrados a máquina.
¡Fregar la vajilla! ¿Dónde habrá una mujer que no
tenga horror a esa tarea, larga y sucia a la vez, y que siempre se hace a mano,
únicamente porque el trabajo de la esclava doméstica no se tiene en cuenta para nada?
En América se ha encontrado algo mejor. Ya hay cierto
número de ciudades en las cuales el agua caliente se envía a domicilio, como el agua
fría entre nosotros. En estas condiciones, el problema era de una gran sencillez, y lo ha
resuelto una mujer, la señora Cockrane. Su máquina lava veinte docenas de platos, los
enjuaga y los seca en menos de tres minutos. Una fábrica de Illinois construye esas
máquinas, que se venden a un precio accesible para las casas regulares. Y en cuanto a las
casas modestas, enviarán su vajilla al establecimiento lo mismo que los zapatos. Hasta es
probable que una misma empresa se dedique a estos dos servicios: el de embetunar y el de
fregar.
Limpiar los cuchillos; desollarse la piel y retorcerse
las manos lavando la ropa para exprimir el agua de ella; barrer los suelos o cepillar las
alfombras levantando nubes de polvo, que es preciso quitar en seguida con sumo trabajo de
los sitios donde va a posarse: todo esto se hace aún, porque la mujer sigue siendo
esclava. Pero comienza a desaparecer, por hacerse todas esas funciones infinitamente mejor
a máquina, y las máquinas de todas clases se introducirán en el domicilio privado
cuando la distribución de la electricidad a domicilio permita ponerlas todas en
movimiento, sin gastar el menor esfuerzo muscular.
Las máquinas cuestan muy poco, y si aún las pagamos
tan caras, es porque no son de uso general, y sobre todo, porque un 75 por 100 se lo han
llevado ya esos señores que especulan con el suelo, las primeras materias, la
fabricación, la venta, la patente, el impuesto y otras cosas por el estilo, y todos ellos
tienen prisa por poner coche.
El porvenir no es tener en cada casa una máquina de
limpiar el calzado, otra para fregar los platos, otra para lavar la ropa blanca, y así
sucesivamente. El porvenir es del calorífero común, que envíe el calor a cada cuarto de
todo un barrio y evite encender lumbre. Esto se hace ya en algunas ciudades americanas.
Una gran casa Central envía agua caliente a todas las casas, a todos los pisos. El agua
circula por los tubos, y para regular la temperatura, sólo hay que dar vueltas a una
llave. Y si se quiere tener además fuego en una estancia determinada, puede encenderse el
gas especial de calefacción enviado desde un depósito central. Todo ese inmenso servicio
de limpiar chimeneas y hacer lumbre, ya sabe la mujer cuánto tiempo absorbe, y está en
vías de desaparecer.
La vela de parafina, la lámpara de petróleo y hasta
el mechero de gas han pasado ya. Hay ciudades enteras donde basta apretar un botón para
que surja la luz, y en último término, es cuestión de economía y de saber vivir el
lujo de la lámpara eléctrica.
Por último (siempre en América), trátase ya de
formar sociedades para suprimir la casi totalidad del trabajo doméstico. Bastaría crear
servicios caseros para cada manzana de casas. Un carro iría a recoger a domicilio los
cestos de calzado para embetunar, de vajilla para fregar, de ropa blanca para lavar, de
menudencias para remendar (si merecen la pena), de alfombras para cepillar, y al día
siguiente, por la mañana temprano, devolvería bien hecha la labor que se le hubiese
confiado. Algunas horas más tarde, aparecerían en vuestra mesa el café caliente y los
huevos cocidos en su punto.
En efecto, entre mediodía y las dos de la tarde hay de
seguro más de veinte millones de americanos y otros tantos ingleses comiendo todos ellos
buey o cordero asado, cerdo cocido, patatas cocidas y verduras de la estación. Y por lo
bajo hay ocho millones de fuegos encendidos durante dos o tres horas para asar esa carne y
cocer esas hortalizas; ocho millones de mujeres dedicadas a preparar esa comida, que
quizá no consista en más de diez platos diferentes.
«¡Cincuenta hogares encendidos, donde bastaría
uno solo!», exclamaba tiempo atrás una americana. Comed en vuestra mesa; en
familia con vuestros hijos, si queréis. Pero por favor, ¿para qué esas cincuenta
mujeres perdiendo la mañana en hacer algunas tazas de café y en preparar aquel almuerzo
tan sencillo? ¿Por qué esos cincuenta fuegos, cuando con uno solo y dos personas
bastaría para cocer todos esos trozos de carne y todas las hortalizas? Elegid vosotros
mismos vuestro asado de buey o de carnero, si sois de paladar delicado; sazonad las
verduras a vuestro gusto, si preferís tal o cual salsa. Pero no tengáis más que una
cocina tan espaciosa y un solo hornillo tan bien dispuesto como os haga falta.
Emancipar a la mujer no es abrir para ella las puertas
de la universidad, del foro y del parlamento.
La mujer manumitida descarga siempre en otra mujer el
peso de los trabajos domésticos. Emancipar a la mujer es libertarla del trabajo
embrutecedor de la cocina y del lavadero: es organizarse de modo que le permita criar y
educar a sus hijos, si le parece, conservando tiempo de sobra para tomar parte en la vida
social.
Habituados como estamos por hereditarios prejuicios, por una educación y una instrucción
absolutamente falsas, a no ver en todas partes más que gobierno, legislación y
magistratura, llegamos a creer que los hombres iban a destrozarse unos a otros como fieras
el día en que el polizonte no estuviese con los ojos puestos en nosotros, y que
sobrevendría el caos si la autoridad desapareciera. Y sin advertirlo, pasamos junto a mil
agrupaciones humanas que se constituyen libremente, sin ninguna intervención de la ley, y
que logran realizar cosas infinitamente superiores a las que se realizan bajo la tutela
gubernamental. Trescientos cincuenta millones de europeos se aman o se odian, trabajan o
viven de sus rentas, sufren o gozan. Pero su vida y sus hechos (aparte de la literatura,
del teatro y del deporte), permanecen ignorados para los periódicos si no han intervenido
de una manera u otra los gobiernos.
Lo mismo sucede con la historia. Conocemos los menores
detalles de la vida de un rey o de un parlamento; nos han conservado todos los discursos,
buenos y malos, pronunciados en esos mentideros, «discursos que jamás han influido en el
voto de un solo miembro», como decía un parlamentario veterano. Las visitas de los
reyes, el buen o mal humor de los politicastros, sus juegos de palabras y sus intrigas,
todo eso se ha guardado con sumo cuidado para la posteridad. Pero nos cuesta las mayores
fatigas del mundo reconstituir la vida de una ciudad de la Edad Media, conocer el
mecanismo de ese inmenso comercio de cambio que se realizaba entre las ciudades
anseáticas o saber cómo edificó su catedral la ciudad de Rouen.
Si algún sabio ha dedicado su vida a estudiarlo, sus
obras quedan desconocidas, y las historias «parlamentarias», es decir, falsas, puesto
que no hablan sino de un solo aspecto de la vida de las sociedades, se multiplican, se
compran y venden, se enseñan en las escuelas. Y nosotros, ¡ni siquiera advertimos la
prodigiosa tarea que lleva a cabo diariamente la agrupación espontánea de los hombres, y
que constituye la obra capital de nuestro siglo!
Es de plena evidencia que en la actual sociedad, basada
en la propiedad individual, es decir, en la expoliación y en el individualismo, corto de
alcances y por tanto estúpido, los hechos de este género son por necesidad limitados; en
ella, el común acuerdo no es perfectamente libre, y a menudo funciona para un fin
mezquino, cuando no execrable.
Pero lo que nos importa no es hallar ejemplos que
seguir a ciegas, y que tampoco podría suministrarnos la sociedad actual. Lo que nos hace
falta es destacar que, a pesar del individualismo autoritario que nos asfixia, hay siempre
en el conjunto de nuestra vida una parte muy vasta donde no se obra más que por libre
acuerdo común, y que es mucho más fácil de lo que se cree pasarse sin gobierno.
Sabido es que Europa posee una red de vías férreas de
280.900 kilómetros, y que por esa red se puede circular hoy sin detenciones y hasta sin
cambiar de vagón (cuando se viaja en tren expreso) de Norte a Sur, de Poniente a Levante,
de Madrid a Petersburgo y de Calais a Constantinopla. Y aún hay más: un bulto depositado
en una estación ferroviaria irá a poder del destinatario, así esté en Turquía o en el
Asia Central, sin más formalidad por parte del remitente que la de escribir el punto de
destine en un pedazo de papel.
Este resultado podía obtenerse de dos maneras. Un
Napoleón, un Bismarck, un potentado cualquiera, conquistar Europa, y desde París,
Berlín o Roma trazar en el mapa la dirección de las vías férreas y regular la marcha
de los trenes. El idiota coronado de Nicolás I soñó hacerlo así. Cuando le presentaron
proyectos de caminos de hierro entre Moscú y Petersburgo, cogió una regla y tiró en el
mapa de Rusia una línea recta entre sus dos capitales, diciendo: «He aquí el trazado».
Y el camino se hizo en línea recta, apilando profundas torrenteras y elevando puentes
vertiginosos, que fue preciso abandonar al cabo de algunos años, costando el kilómetro,
por término medio, dos o tres millones de pesetas.
Este es uno de los medios; pero en otras partes se ha
hecho de otra forma. Los ferrocarriles se han construido a ramales, enlazándose luego
éstos entre si, y después, las cien diversas compañías propietarias de esos ramales
han tratado de concertarse para hacer concordar sus trenes a la llegada y a la salida y
para hacer circular por sus carriles coches de todas procedencias, sin descargar las
mercancías al pasar de una red a otra. Todo esto se ha hecho de común acuerdo libre,
cruzándose cartas y propuestas, por medio de congresos adonde iban los delegados a
discutir tal o cual cuestión especial o a legislar; y después de los congresos, los
delegados regresaban sus compañías, no con una ley, sino con un proyecto de contrato
para ratificarlo o desecharlo.
Esta inmensa red de ferrocarriles enlazados entre sí,
y ese prodigioso tráfico a que dan lugar, constituyen de cierto el rasgo más asombroso
de nuestro siglo y se deben al convenio libre. Si hace cincuenta años alguien lo hubiera
previsto y predicho, nuestros abuelos le hubiesen creído loco o imbécil, y habrían
exclamado: «¡Nunca lograréis que se entiendan cien compañías de accionistas! Eso es
una utopía, eso es un cuento de hadas que nos contáis. Sólo podía imponerlo un
gobierno central, con un director de bríos.»
Pues bien; lo más interesante de esa organización es
¡que no hay ningún gobierno centra europeo de los ferrocarriles! ¡Nada! ¡No hay
ministro de los caminos de hierro, no hay dictador, ni siquiera un parlamento continental,
ni aun una junta directiva! Todo se hace por contrato. Pero, ¿cómo pueden pasarse sin
todo eso los ferrocarriles de Europa? ¿Cómo logran hacer viajar a millones de viajeros y
montañas de mercancías a través de todo un continente? Si las compañías propietarias
de los caminos de hierro han podido entenderse, ¿por qué no se habían de concertar de
igual modo los trabajadores al incautarse de las lineas férreas? Y si la compañía de
Petersburgo a Varsovia y la de París a Belfort pueden obrar de concierto sin permitirse
el lujo de crear un gerente de ambas a un tiempo, ¿por qué en el seno de nuestras
sociedades, constituida cada una de ellas por un grupo de trabajadores libres, habría
necesidad de un gobierno?
Estos ejemplos tienen su lado defectuoso, porque es
imposible citar una sola organización exenta de la explotación del débil por el fuerte,
del pobre por el rico. Por eso los estadistas no dejarán de decirnos, de seguro, con la
lógica que los distingue: «¡Ya veis que la intervención del Estado es necesaria para
poner fin a esa explotación!» Sólo que, olvidando las lecciones de la historia, no nos
dirán hasta qué punto ha contribuido el Estado mismo a agravar tal situación, creando
el proletariado y entregándolo a los explotadores. Y olvidarán también decirnos si es
posible acabar con la explotación en tanto que sus causas primeras el capital individual
y la miseria, creada artificialmente en sus dos tercios por el Estado continúen
existiendo.
A propósito del completo acuerdo entre las compañías
ferroviarias, es de prever que nos digan: «¿No veis cómo las compañías de
ferrocarriles estrujan y maltratan a sus empleados y a los viajeros? ¡Preciso es que
intervenga el Estado para proteger al público!» Pero hemos dicho y repetido hartas veces
que mientras haya capitalistas se perpetuarán esos abusos de poder. Precisamente el
Estado, el pretendido bienhechor, es quien ha dado a las compañías ese terrible poderío
de que hoy gozan. ¿No ha creado las concesiones, las garantías? ¿No ha enviado sus
tropas contra los empleados de los caminos de hierro huelguistas? Y al principio (eso aún
se ve en Rusia), ¿no ha extendido el privilegio hasta el punto de prohibir a la prensa el
mencionar los desastres ferroviarios para no depreciar las acciones de que salía garante?
¿No ha favorecido, en efecto, el monopolio que ha consagrado «reyes de la época» a los
Vanderbilt como a los Polyakoff, a los directores del París-lyon-Mediterráneo y a los
del San Gotardo?
Así, pues, si ponemos como ejemplo el tácito acuerdo
establecido entre las compañías de ferrocarriles, no es como un ideal de gobierno
económico, ni aun como un ideal de organización técnica. Es para demostrar que si
capitalistas sin más propósito que el de aumentar sus rentas a costa de todo el mundo,
pueden conseguir explotar las vías férreas sin fundar para eso una oficina
internacional, ¿no podrán hacer lo mismo, y aun mejor, sociedades de trabajadores, sin
nombrar un ministerio de los caminos de hierro europeos? Pudiera también decírsenos que
el común acuerdo de que hablamos no es enteramente libre: que las grandes compañías
imponen su ley a las pequeñas. Pudieran citarse, por ejemplo, tal rica compañía que
obliga a los viajeros de Berlín a Basilea a pasar por Colonia y Francfort, en vez de
seguir el camino de Leipzig; tal otra que impone a las mercancías rodeos de cien y
doscientos kilómetros (en largos trayectos) para favorecer a poderosos accionistas; en
fin, tal otra que arruina líneas secundarias.
En los Estados Unidos, viajeros y mercancías se ven
algunas veces obligados a seguir inverosímiles trazados, para que afluyan los dólares al
bolsillo de un Vanderbilt. Nuestra respuesta será la misma. Mientras exista el capital,
siempre podrá oprimir el grande al pequeño. Pero la opresión no sólo resulta del
capital. Merced, sobre todo, al sostén del Estado, al monopolio que el Estado crea en su
favor, es como ciertas grandes compañías oprimen a las pequeñas. Marx ha demostrado muy
bien cómo la legislación inglesa ha hecho todo lo posible para arruinar la pequeña
industria, reducir al campesino a la miseria y proporcionar a los grandes industriales
batallones de famélicos, forzados a trabajar por cualquier salario. Exactamente lo mismo
sucede con la legislación relativa a los caminos de hierro. Líneas estratégicas,
líneas subvencionadas, líneas monopolizadoras del correo internacional: todo se ha
puesto en juego a beneficio de los peces gordos del agiotismo.
Cuando Rosthchild acreedor de todos los Estados
europeos compromete su capital en determinado camino de hierro, sus fieles vasallos, los
ministros, se las arreglarán para hacerle ganar aún más. En los Estados Unidos esa
democracia que los autoritarios nos proponen algunas veces por ideal mézclase el fraude
más escandaloso en todo lo concerniente a ferrocarriles. Si tal o cual compañía mata a
sus competidores con una tarifa muy baja, es porque se compensa por otra parte con los
terrenos que, mediante propinas, le ha concedido el Estado. También aquí el Estado
duplica, centuplica la fuerza del gran capital. Y cuando vemos a los sindicatos de
ferrocarriles (otro producto del común acuerdo libre) conseguir algunas veces proteger a
las pequeñas compañías contra las grandes, no nos queda más que asombrarnos de la
fuerza intrínseca del convenio libre, a pesar de la omnipotencia del gran capital con el
auxilio del Estado. En efecto, las pequeñas compañías viven a pesar de la parcialidad
del Estado; y si en Francia país de centralización no vemos más que cinco o seis
grandes compañías, en la Gran Bretaña se cuentan más de ciento diez, que se entienden
a las mil maravillas, y con seguridad están mejor organizadas, para el rápido transporte
de mercancías y viajeros que los ferrocarriles franceses y alemanes.
Además, no es ésa la cuestión. El gran capital,
favorecido por el Estado, puede siempre aplastar al pequeño, si le tiene cuenta. Lo que
nos ocupa es esto: el común acuerdo entre los centenares de compañías ferroviarias a
las que pertenecen los caminos de hierro de Europa se ha establecido directamente, sin la
intervención de un gobierno central que imponga la ley a las diversas sociedades, sino
que se ha mantenido por medio de congresos compuestos de delegados que discuten entre si y
someten a sus comitentes proyectos y no leyes. Este es un principio nuevo, que difiere por
completo del principio gubernamental, monárquico o republicano, absoluto o parlamentario.
Es una innovación que se introduce, aún con timidez, en las costumbres de Europa; pero
el porvenir es suyo.
Muchas veces hemos leído en los escritos de los
socialistas de Estado exclamaciones por este estilo: «¿Y quién se encargará en la
sociedad futura de regularizar el tráfico en los canales? Si a uno de vuestros
compañeros anarquistas se le pasase por la cabeza atravesar su barca en un canal e
impedir el tránsito a millares de barcas, quién le haría entrar en razón?»
Confesamos que la suposición es un poco caprichosa.
Pero se podría añadir: «Y si, por ejemplo, tal o cual municipio o grupo voluntario
quisieran hacer pasar sus barcas antes que las otras, dificultarían el paso del canal
para acarrear tal vez piedras, mientras que el trigo destinado a otro municipio se
quedaría en la estacada. ¿Quién regularizaría, pues, la marcha de las barcas, a no ser
el gobierno?» Sabido es lo que son los canales en Holanda: constituyen sus caminos.
También se cabe el tráfico que se hace por esos canales. Lo que se transporta entre
nosotros por una carretera o un ferrocarril, se transporta en Holanda por los canales.
Allá es donde habría que andar a golpes para hacer pasar sus barcas antes que las otras.
¡Allá tendría que intervenir el gobierno para poner orden en el tráfico!
Pues bien, no. Más prácticos, los holandeses, desde
hace largo tiempo han sabido arreglárselas de otro modo, creando ghildas, sindicatos de
barqueros, asociaciones libres, hijas de las necesidades mismas de la navegación. El paso
de las barcas se hacía según cierto orden de inscripción, siguiéndose unas a otras por
turno, sin adelantarse, so pena de verse excluidas del sindicato. Ninguna se estacionaba
más de cierto número de días en los puertos de embarque, y si en ese tiempo no hallaba
mercancías que transportar, tanto peor para ella: salía de vacío y dejaba el puesto a
las recién venidas. Evitábase así la aglomeración, aun cuando quedase intacta la
competencia entre los empresarios, consecuencia de la propiedad individual. Suprimid
ésta, y el común acuerdo sería mas cordial aún, más equitativo para todos.
Por supuesto, el propietario de cada barca podía
adherise o no al sindicato: eso era asunto suyo, pero la mayoría preferían afiliarse.
Los sindicatos presentan además tan grandes ventajas, que se han difundido por el Rin, el
Weser y el Oder, hasta Berlín. Los barqueros no han esperado a que el gran Bismarck haga
la anexión de la Holanda a la Alemania y nombre un Ober Haupt General-Stats
Canal-Navigations-Rath con un número de galones correspondiente a la longitud de su
título. Han preferido concertarse internacionalmente. Y aún más. Gran número de barcos
de vela que prestan servicio entre los puertos alemanes y los de Escandinavia, así como
los de Rusia, se han adherido también a esos sindicatos, con el fin de establecer cierta
armonía en el cruce de los barcos.
Habiendo surgido libremente tales asociaciones y siendo
voluntaria la adhesión a ellas, no tienen que ver nada con los gobiernos. Es posible, es
muy probable en todo caso, que también aquí el gran capital oprima al pequeño. Puede
ser también que el sindicato tenga tendencias a erigirse en monopolio, sobre todo con el
precioso patronato del Estado, que no dejará de mezclarse en ello. Sólo que no olvidemos
que esos sindicatos representan una asociación cuyos miembros no tienen más que
intereses personales; pero si cada armador se viese obligado, por la socialización de la
producción, del consumo y del cambio, a formar parte de otra, cien asociaciones precisas
para cubrir sus necesidades, cambiarían de aspecto las cosas. Poderoso en el agua el
grupo de los bateleros, sentiríase débil en tierra firme y moderaría sus pretensiones,
para concertarse con los ferrocarriles, las manufacturas y otros grupos.
Puesto que hablamos de buques y barcas, citemos una de
las más hermosas organizaciones que han surgido en nuestro siglo, una de aquellas que con
más justos títulos pueden enorgullecernos: es la asociación inglesa de Salvamento de
náufragos (Lifebotat Associations). Sabido es que todos los años van a estrellarse más
de mil buques en las costas de Inglaterra. En alta mar, un buen barco rara vez teme la
tempestad. Junto a las costas le aguardan los peligros: mar agitado que le rompe el
codastre, rachas de viento que le arrebatan mástiles y velas, corrientes que le hacen
ingobernable, arrecifes y bajíos sobre los cuales va a encallar. Incluso cuando en otros
tiempos los habitantes de las costas encendían fogatas para atraer a los buques hacia los
escollos y apoderarse de su cargamento, según costumbre, siempre han hecho todo lo
posible para salvar a las tripulaciones. Al ver a un buque en mal trance, lanzaban sus
cáscaras de nuez y dirigíanse en socorro de los náufragos, para encontrar muy a menudo
ellos mismos la muerte entre las olas. Cada choza a orilla del mar tiene sus leyendas del
heroísmo, desplegado por la mujer igual que por el hombre, para salvar a las
tripulaciones en vías de perderse.
El Estado y los sabios han hecho alguna cosa para
disminuir el número de los siniestros. Los faros, las señales, los mapas, las
advertencias meteorológicas lo han reducido, ciertamente, mucho. Pero siempre quedan cada
año un millar de embarcaciones y muchos miles de vidas humanas que salvar. Por eso,
algunos hombres de buena voluntad pusieron manos a la obra. Buenos marinos, ellos mismos
imaginaron un bote de salvamento que pudiese desafiar a la tormenta sin ponerse por
montera ni irse a pique, e iniciaron alguna campana para interesar al público en la
empresa, encontrar el dinero necesario, construir barcos y situarlos en las costas, en
todas partes donde puedan prestar servicios. Como esas gentes no eran jacobinos, no se
dirigieron al gobierno. Habían comprendido que para realizar bien su empresa les era
necesario el concurso, el entusiasmo de los marinos, su conocimiento de los lugares, su
abnegación sobre todo. Y para encontrar hombres que a la primera señal se lancen de
noche al caos de las olas, sin dejarse detener por las tinieblas ni por los rompientes, y
luchando cinco, seis, diez horas, contra el oleaje antes de abordar al buque náufrago,
hombres dispuestos a jugarse la vida para salvar la de los demás, se necesita el
sentimiento de solidaridad, el espíritu de sacrificio que no se compra con galones.
Así, pues, hubo un movimiento enteramente espontáneo,
producto del convenio libre y de la iniciativa individual. Centenares de grupos locales se
organizaron a lo largo de las costas. Los iniciadores tuvieron el buen sentido de no
echárselas de maestros, buscaron luces en las chozas de los pescadores. Un lord envió
veinticinco mil pesetas para construir un bote de salvamento a un determinado pueblo de la
costa; aceptóse el donativo, pero dejando a elección de los pescadores y marinos de
aquella localidad el sitio dónde había de situarse el bote. Los pianos de las nuevas
embarcaciones no se hicieron en el Almirantazgo. «Puesto que importa leemos en el
informe de la Asociación que los salvadores tengan plena confianza en la embarcación
que tripulan, la junta se impone ante todo el deber de dar a los botes la forma y los
pertrechos que puedan desear los propios salvadores.» Por eso cada año introduce un
perfeccionamiento nuevo. ¡Todo por los voluntarios, que se organizan en juntas o grupos
locales! ¡Todo por la ayuda mutua y por el común acuerdo! ¡Qué anarquistas! Por eso no
piden nada a los contribuyentes, y el año pasado se les dieron 1.076.000 pesetas de
cuotas voluntarias y espontáneas. En 1871 la Asociación poseía doscientos noventa y
tres botes de salvamento. Ese mismo año salvó seiscientos un náufragos y treinta y tres
buques. Desde su fundación ha salvado treinta y dos mil seiscientos setenta y un seres
humanos. Habiendo perecido en 1886 entre las olas tres botes de salvamento con todos sus
hombres, presentáronse centenares de nuevos voluntarios a inscríbirse, a constituirse en
grupos locales, y esa agitación dio por resultado el que se construyeran veinte botes
suplementarios.
Advirtamos de paso que la Asociación envía cada año
a los pescadores y marinos excelentes barómetros a un precio tres veces menor que su
valor real, propaga los conocimientos meteorológicos y tiene a los interesados al
corriente de las variaciones bruscas previstas por los sabios. Repetimos que las pequeñas
juntas o grupos locales no tienen organización jerárquica y se componen únicamente de
voluntarios para el salvamento y de personas que se interesan por esa obra.
La junta central, que es más bien un centro de
correspondencia, no interviene en absoluto. Verdad es que cuando en el municipio se trata
de votar acerca de un asunto de educación o de impuesto local, esas juntas no toman parte
como tales en las deliberaciones modestia que, por desgracia, no imitan los elegidos de
un ayuntamiento-. Pero; por otra parte, esas buenas gentes no admiten que quienes no han
arrostrado nunca las tormentas, les impongan leyes acerca del salvamento. A la primera
señal de apuro, acuden, se conciertan y echan adelante. Nada de galones, mucha buena
voluntad.
Imaginaos que alguien os hubiese dicho hace veinticinco
años: «Tan capaz como es el Estado para hacer matar veinte mil hombres en un día y que
salgan heridos otros cincuenta mil, es incapaz para prestar socorro a sus propias
víctimas. Por tanto, mientras exista la guerra, hace falta que intervenga la iniciativa
privada y que los hombres de buena voluntad se organicen internacionalmente para esa obra
humanitaria.» ¡Qué diluvio de burlas hubiese llovido sobre quien hubiera osado emplear
este lenguaje! En primer término, le hubieran tratado de utópico, y si después se
hubiese dignado abrir la boca, le hubieran respondido: «Precisamente faltarán
voluntarios allí donde más se deje sentir su necesidad. Vuestros hospitales libres
estarán todos centralizados en sitio seguro, al paso que se carecerá de lo indispensable
en las ambulancias. Las rivalidades nacionales se las arreglarán de modo que los pobres
soldados morirán sin socorro». Tantos oradores, otras tantas reflexiones de desaliento.
¡Quién de nosotros no ha oído perorar en ese tono!
Pues bien; ya sabemos lo que pasa. Se han organizado
libremente sociedades de la Cruz Roja en todas partes, en cada país, en miles de
localidades, y al estallar la guerra de 1870-71, los voluntarios pusiéronse a la obra.
Hombres y mujeres acudieron a ofrecer sus servicios. Organizáronse a millares los
hospitales y las ambulancias, corrieron trenes a llevar ambulancias, víveres, ropas,
medicamentos para los heridos. Las comisiones inglesas enviaron convoyes enteros de
alimentos, vestidos, herramientas, grano para sembrar, animales de tiro, ¡hasta arados de
vapor para ayudar a la labranza de los departamentos asolados por la guerra! Consultad tan
sólo La Cruz Roja, por Gustavo Moynier, y os asombrará realmente lo inmenso de la tarea
llevada a cabo. La abnegación de los voluntarios de la Cruz Roja ha sido superior a todo
encomio. Sólo pedían ocupar los puestos da mayor peligro. Y al paso que los médicos
asalariados por el Estado huían con su estado mayor al aproximarse los prusianos, los
voluntarios de la Cruz Roja continuaban sus faenas bajo las balas, soportando las
brutalidades de los oficiales bismarckistas y napoleónicos, prodigando los mismos
cuidados a los heridos de todas las nacionalidades: holandeses e italianos, suecos y
belgas; hasta japoneses y chinos, entendíanse a las mil maravillas.
Distribuían sus hospitales y ambulancias según las
necesidades del momento; sobre todo rivalizaban en la higiene de sus hospitales.
¡Cuántos franceses hablan aún con profunda gratitud de los tiernos cuidados que
recibieron por parte de tal o cual voluntario, holandés o alemán, en las ambulancias de
la Cruz Roja! ¡Qué le importa al autoritario! Su ideal es el médico del regimiento, el
asalariado del Estado. ¡Al diablo, pues, la Cruz Roja con sus hospitales higiénicos, si
los enfermeros no son funcionarios! He aquí una organización nacida ayer y que cuenta en
este momento sus miembros por centenas de millar; que posee ambulancias, hospitales,
trenes, elabora procedimientos nuevos para tratar las heridas, y que se debe a la
iniciativa de unos cuantos hombres de corazón. ¿Se nos dirá tal vez que los Estados
también suponen algo en esa organización? Sí; los Estados han puesto la mano para
apoderarse de ella.
Las juntas directivas están presididas por esos a
quienes los lacayos llaman príncipes de sangre real. Emperadores y reinas prodigan su
patronato a las juntas nacionales. Pero no es a ese patronazgo a lo que se debe el triunfo
de la organización, sino a las mil juntas locales de cada nación, a la actividad de sus
individuos, a la abnegación de todos los que tratan de aliviar a las víctimas de la
guerra. ¡Y aún sería mucho mayor esa abnegación si el Estado no interviniese
absolutamente en nada!
En todo caso, no fue por órdenes de ninguna junta
directiva internacional por lo que ingleses y japoneses, suecos y chinos se apresuraron a
enviar socorros a los heridos de 1871. Los hospitales se levantaban en el territorio
invadido, y las ambulancias iban a los campos de batalla, no por órdenes de ningún
ministerio internacional, sino por iniciativa de los voluntarios de cada país. Una vez en
el sitio, no se tiraron de las greñas, como preveían los jacobinos: todos se pusieron a
la obra, sin distinción de nacionalidades.
No acabaríamos si quisiéramos multiplicar los
ejemplos tomados del arte de exterminar a los hombres. Bástenos solamente citar las
sociedades innumerables a que sobre todo debe el ejército alemán su fuerza, que no
depende sólo de su disciplina, como en general se cree. Esas sociedades pululan en
Alemania y tienen por objetivo propagar los conocimientos militares. En uno de los
últimos congresos de la Alianza militar alemana (Kriegerbund) se han visto delegados de
dos mil cuatrocientas cincuenta y dos sociedades federadas entre sí, con ciento cincuenta
y un mil setecientos doce miembros. Sociedades de tiro, de juegos militares, de juegos
estratégicos, de estudios topográficos: he aquí los talleres donde se elaboran los
conocimientos técnicos del ejército alemán, y no en las escuelas de regimiento. Es una
red formidable de sociedades de todas clases, que engloban militares y paisanos,
geógrafos y gimnastas, cazadores y técnicos; sociedades que espontáneamente se
organizan, se federan; discuten y van a hacer exploraciones al campo.
Estas asociaciones voluntarias y libres son las que
constituyen la verdadera fuerza del ejército alemán. Su objetivo es detestable: el
sostenimiento del imperio. Pero lo que nos importa registrar es que el Estado a pesar de
su grandísima misión, que es la organización militar ha comprendido que su desarrollo
seria tanto más cierto cuanto más se abandone al libre acuerdo de los grupos y a la
libre iniciativa de los individuos. Hasta en materia guerrera se recurre al libre acuerdo
común, y para confirmar nuestro aserto, baste mencionar los trescientos mil voluntarios
ingleses, la Asociación nacional inglesa de Artillería y la sociedad que; está
organizándose para la defensa de las costas de Inglaterra, que si se constituye será
mucho más activa que el ministerio de Marina con sus acorazados que dan orzadas, y sus
bayonetas que se doblan como plomo.
En todas partes abdica el Estado, abandona sus
funciones sacrosantas a los particulares. En todas partes se apodera de sus dominios la
organización libre. Pero todos los hechos que acabamos de citar apenas permiten entrever
lo que el común acuerdo libre nos reserva en lo venidero, cuando ya no haya Estado.
No tenemos por qué ocuparnos en rechazar las
objeciones que se hacen al comunismo autoritario: nosotros mismos levantamos acta de
ellas. Harto han sufrido las naciones civilizadas en la lucha que había de concluir por
la manumisión del individuo para poder renegar de su pasado y tolerar un gobierno que
viniera a imponerse hasta en los menores detalles de la vida del ciudadano, aun cuando ese
gobierno no tuviese otro objetivo que el bien de la comunidad. Si alguna vez llegase a
constituirse una sociedad comunista autoritaria, no duraría, y bien pronto se vería
obligada, por el descontento general, a disolverse o a reorganizarse sobre principios de
libertad,
Vamos a ocuparnos de una sociedad comunista anarquista,
de una sociedad que reconozca la libertad plena y completa del individuo, no admita
ninguna autoridad y no emplee violencia alguna para forzar al hombre al trabajo.
Lo que hace esta ligereza tanto más sorprendente es
que hasta en la economía política capitalista se encuentran ya algunos escritores
conducidos por la fuerza de las cosas a poner en duda este axioma de los fundadores de su
ciencia, axioma según el cual la amenaza del hambre sería el mejor estimulante del
hombre para el trabajo o productivo. Comienzan a advertir que entra en la producción
cierto elemento colectivo, harto descuidado hasta nuestros días, y que pudiera ser mucho
más importante que la perspectiva de la ganancia personal. La calidad inferior de la
labor asalariada, la espantosa pérdida de fuerza humana en los trabajos de la agricultura
y de la industria modernas, el número siempre creciente de holgazanes que hoy procuran
descargarse sobre los hombros de los demás, la falta de cierto atractivo en la
producción, que se hace cada vez mas manifiesta, todo comienza a preocupar hasta a los
economistas de la escuela clásica. Algunos de ellos se preguntan si no han errado el
camino al razonar acerca de un ser imaginario, idealizado en feo, a quien se suponía
guiado exclusivamente por el cebo de la ganancia o del salario. Esta herejía penetra
hasta en las universidades, se aventura en los libros de ortodoxia economista. Lo cual no
impide que un grandísimo número de reformadores socialistas continúen siendo
partidarios de la remuneración individual y defender la vetusta ciudadela del
asalariamiento, cuando sus defensores de antaño la entregan ya piedra por piedra al
asaltante.
Así, pues, témese que, sin forzarla a ello, la masa
no quiera trabajar.
Pero, ¿no hemos oído ya en nuestra vida expresar esas
mismas aprensiones por los esclavistas de los Estados Unidos antes de la manumisión de
los negros, y por los señores rusos antes de la manumisión de los siervos? Sin el
látigo no trabajará el negro, decían los esclavistas. Lejos de la vigilancia del
amo, el siervo dejará incultos los campos, decían los boyardos rusos. Cantinela de
los señores franceses de 1789, cantinela de la Edad Media, cantinela tan vieja como el
mundo, la oímos siempre que se trata de reparar una injusticia en la humanidad.
Y la realidad viene a darle todas las veces un solemne
mentís. El campesino redimido en 1792 labraba con una energía feroz, desconocida por sus
antepasados; el negro liberto trabaja más que sus padres, y el labriego ruso, después de
haber honrado la luna de miel de la manumisión festejando los viernes como los domingos,
ha vuelto con tanto más afán cuanto más completa ha sido su, libertad. Allí donde no
le falta tierra, labra con encarnizamiento, así como suena.
El estribillo esclavista puede ser válido para los
propietarios de esclavos. En cuanto a los esclavos mismos, saben lo que vale y conocen sus
motivos.
Por otra parte, ¿quién sino los economistas nos
enseñan que si el asalariado cumple de cualquier modo su tarea, en cambio el trabajo
intenso y productivo solo es obra del hombre que acrece su bienestar en proporción de sus
esfuerzos? Todos los cánticos entonados en loor de la propiedad se reducen precisamente a
este axioma.
Porque cosa notable cuando queriendo celebrar los
beneficios de la propiedad, los economistas nos muestran cómo una tierra inculta, un
pantano o un pedregal se cubren de ricas mieses con el sudor del campesino propietario, no
prueban de ningún modo su tesis en favor de la propiedad. Al admitir que la única
garantía para no ser despojado de los frutos de su trabajo es el poseer el instrumento
para trabajar lo cual es cierto-, sólo prueban que el hombre no produce realmente sino
cuando trabaja con cierta libertad, cuando sus ocupaciones son en' cierto modo :
electivas, cuando no tiene vigilante que le moleste, y por último, cuando ve que su
trabajo le aprovecha como a otros que hacen lo mismo que él, y no a un holgazán
cualquiera. Eso es todo lo que puede deducirse de su argumentación, y es lo que también
afirmamos nosotros.
En cuanto a la forma de posesión del instrumento de
trabajo, eso no interviene más que indirectamente en su demostración para asegurar al
cultivador que nadie le arrebatará el beneficio de sus productos ni de sus mejoras. Y
para apoyar su tesis en favor de la propiedad contra cualquiera otra forma de posesión,
¿no debieran mostrarnos los economistas que la tierra no produce nunca tan ricas mieses
bajo la forma de posesión comunista como cuando la posesión es personal? Pues bien, no
es así; adviértese lo contrario.
Tomad como ejemplo un municipio del cantón de Vaud, en
la época en que todos los hombres del pueblo van en invierno a cortar leña en el bosque
que pertenece a todos. Precisamente durante esas fiestas del trabajo es cuando se muestra
más ardor en la faena y más considerable despliegue de fuerza humana. Ninguna labor
asalariada, ningún esfuerzo de propietario podrían soportar la comparación.
O tomad el de una aldea rusa, todos los habitantes de
la cual van a dallar un prado perteneciente al municipio o arrendado por él, y allí
comprenderéis lo que el hombre puede producir cuando trabaja en común para una obra
común. Los compañeros rivalizan entre sí a ver quién traza con la guadaña el círculo
más ancho; las mujeres se apresuran en su seguimiento para no dejarse adelantar más cada
vez por la hierba dallada. Es otra fiesta del trabajo, durante el que cien personas juntas
hacen en pocas horas lo que por separado hubiera exigido algunos días de trabajo. ¡Qué
triste contraste forma a su lado el trabajo del propietario individual!
Por último, se podrían citar millares de ejemplos
entre los roturadores de América, en las aldeas de Suiza, Alemania, Rusia y cierta parre
de Francia; los trabajo os hechos por las cuadrillas (arteles) de albañiles, carpinteros,
barqueros, pescadores, etcétera, que emprenden una tarea para repartirse directamente los
productos o hasta la remuneración, sin pasar por el intermediario de los contratistas.
El bienestar, es decir, la satisfacción de las
necesidades físicas, artísticas y morales, así como la seguridad de esa satisfacción,
han sido siempre el más poderoso estímulo para el trabajo. Y mientras el mercenario
apenas logra producir lo estrictamente necesario, el trabajador libre, que ve aumentar
para él y para los demás el bienestar y el lujo en proporción de sus esfuerzos,
despliega infinitamente más energía e inteligencia y obtiene productos de primer orden
mucho más abundantes. El uno se ve clavado a la miseria, y el otro puede esperar en lo
venidero la holgura y sus goces.
Todo el que hoy se pueda descargar en otros la labor
indispensable para la existencia se apresura a hacerlo, y es cosa admitida que siempre
sucederá así.
Pues bien; el trabajo indispensable para la existencia
es esencialmente manual. Por más artistas y sabios que seamos, ninguno de nosotros puede
pasarse sin los productos obtenidos por el trabajo de los brazos: pan, vestidos, caminos,
barcos, luz, calor, etcétera. Aún más: por elevadamente artísticos o sutilmente
metafísicos que sean nuestros goces, no hay ni uno que no se funde en el trabajo manual.
Y precisamente de esa labor fundamento de la vida es de lo que cada cual trata de
descargarse.
Lo comprendemos perfectamente; así debe ser hoy.
Porque hacer un trabajo manual significa en la actualidad encerrarse diez e doce horas
dianas en un taller malsano y permanecer diez, treinta años, toda la vida, amarrado a la
misma faena. Eso significa condenarse a un salario mezquino, estar entregado a la
incertidumbre del mañana, al paro forzoso, muy a menudo a la miseria, y con más
frecuencia aún a la muerte en un hospital, después de haber trabajado cuarenta años en
alimentar, vestir, recrear e instruir a otros que no son uno mismo ni sus propios hijos.
Eso significa llevar toda la vida a los ojos de los
demás el sello de la inferioridad y tener uno mismo conciencia de esa inferioridad.
Porque digan lo que quieran los buenos señores, el trabajador manual se ve considerado
siempre como inferior al trabajador del pensamiento, y el que ha trabajado diez horas en
el taller no tiene tiempo, ni menos medios, para proporcionarse los altos goces de la
ciencia y del arte, ni sobre todo para prepararse a apreciarlos; tiene que contentarse con
las migajas que caen de la mesa de los privilegiados.
En efecto, ¿qué interés puede tener ese trabajo
embrutecedor para el obrero que de antemano conoce su suerte, que desde la cuna al
sepulcro vivirá en la medianía, en la pobreza, en la inseguridad del mañana? Por eso,
cuando se ve a la inmensa mayoría de los hombres reanudar cada mañana la triste tarea,
nos sorprende su perseverancia, su adhesión al trabajo, la costumbre que les permite,
como a una máquina que obedece a ciegas el impulso dado, llevar esa vida de miseria sin
esperanza del mañana, hasta sin entrever con vaga claridad que algún día ellos, o por
lo menos sus hijos, formarán parte de esa humanidad, rica por fin con todos los tesoros
de la libre naturaleza, Con todos los goces del saber y de la creación científica y
artística reservados hoy para algunos privilegiados.
Ya es tiempo de someter a un serio análisis esa
leyenda de trabajo superior que se pretende obtener con el látigo del salario.
Basta visitar, no la manufactura y la fábrica modelos
que se encuentran acá y allá como excepciones, sino los talleres como son casi todos,
para concebir el inmenso despilfarro de fuerza humana que caracteriza a la industria
actual. Para una fábrica organizada más o menos; racionalmente, hay cien o más que
derrochan el trabaja del hombre, esa fuerza preciosa, sin otro motivo más serio que el
proporcionar tal vez dos perras diarias más al patrono.
Aquí veis mozos de veinte a veinticinco años todo el
día en un banco, hundido el pecho, moviendo febrilmente la cabeza y el cuerpo para anudar
con una velocidad de prestidigitadores los dos cabos de un mal hilacho de algodón.
¿Qué descendencia dejarán en la tierra esos cuerpos
temblorosos y raquíticos? Pero... ¡ocupan tan poco espacio en la fábrica, y me
producen cada uno media peseta diaria!, dirá el patrono.
Allí veis en una inmensa fábrica de Londres muchachas
calvas a los diecisiete años, a fuerza de llevar en la cabeza de una sala a otra bandejas
de cerillas, cuando la máquina más sencilla podría acarrearlas hasta sus mesas. Pero...
¡cuesta tan poco el trabajo de las mujeres que no tienen oficio especial! ¿Para qué una
máquina? Cuando éstas no puedan más, ¡se las reemplazará tan fácilmente! ¡Hay
tantas en la calle!
A la puerta de una casa rica, en una noche helada;-
encontraréis un niño dormido, descalzo, con su fajo de periódicos entre los brazos. El
trabajo infantil cuesta tan poco, que se le puede emplear cada tarde en vender por valor
de una peseta de periódicos, con lo cual ganará el pobrecillo dos o tres perras chicas.
Ved, en fin, un hombre robusto que se pasea con los brazos colgando; está en paro forzoso
durante meses enteros, mientras que su hija se agosta entre los vapores recalentados del
taller de aprestar tejidos, y mientras que su hijo llena a mano tarros de betún o aguarda
horas enteras en la esquina de la cale a que un transeúnte le haga ganar un real.
Si habláis con el director de una fábrica bien
organizada, os explicará candorosamente que es difícil encontrar hoy un obrero hábil,
vigoroso, enérgico, con arranque para el trabajo. Si se presenta alguno, entre los
veinte o treinta que vienen cada lunes a pedir trabajo, está seguro de ser recibido, aun
cuando estuviésemos resueltos a disminuir el número de brazos. Se le reconoce a primera
vista y se le acepta siempre, con el propósito de despedir el día siguiente un operario
viejo o menos activo. Y ése a quien se acaba de despedir, todos los que lo serán
mañana, van a reforzar ese inmenso ejército de reserva del capital los obreros sin
trabajo que no se llama sino en los momentos de prisas o para vencer la resistencia de
los huelguistas. Ese desecho de las mejores fábricas, ese trabajador mediano, va a unirse
con el también formidable ejército de los obreros viejos o poco hábiles que circula de
continuo en las fábricas secundarias, las que apenas cubren gastos y salen del paso con
timos y añagazas puestas al comprador, y sobre todo al consumidor de los países remotos.
Y si habláis con el mismo trabajador, sabréis que la
regla general de los talleres es que el obrero no haga nunca todo lo que es capaz de
hacer. ¡Desgraciado del que al entrar en una fábrica inglesa no siguiese este consejo
que le dan sus compañeros! Porque los trabajadores saben que si en un momento de
generosidad ceden a las instancias de un patrono y consienten en hacer intensivo el
trabajo para concluir encargos apremiantes, ese trabajo nervioso se erigirá en lo
sucesivo como regla en la escala de los salarios. Por eso, en nueve fábricas de cada
diez, prefieren no producir nunca tanto como podrían. En ciertas industrias se limita la
producción, con el fin de mantener altos los precios, y a veces corre la orden de
Cocanny, que significa: ¡A mala paga, mal trabajo
Los que han estudiado en serio la cuestión, no niegan
ninguna de las ventajas del comunismo por supuesto, a condición de que sea perfectamente
libre, es decir, anarquista-. Reconocen que el trabajador pagado en dinero, aunque se
disfrace con el nombre de bonos en las asociaciones obreras gobernadas por el Estado,
guardaría el sello del asalariamiento y conservaría todos sus inconvenientes. Comprenden
que no tardaría en sufrir por esa causa el sistema entero, aun cuando la sociedad entrase
en posesión de los instrumentos para producir. Admiten que, gracias a la educación
integral dada a todos los niños, a los hábitos laboriosos de las sociedades civilizadas,
con la libertad de elegir y variar las ocupaciones y el atractivo del trabajo hecho por
iguales para bienestar de todos, en una sociedad comunista no iban a faltar productores
que bien pronto triplicarían y decuplicarían la fecundidad del suelo y darían nuevo
impulso a la industria. Pero el peligro dicen nuestros contradictores vendrá de esa
minoría de perezosos que no querrán trabajar, a pesar de las excelentes condiciones que
harán agradable el trabajo, o que no pondrán en ello regularidad y constancia. Hoy, la
perspectiva del hambre obliga a los más refractarios a marchar al paso de los otros. Pues
bien; la remuneración según el trabajo hecho, ¿no es el único sistema que permite
ejercer esa fuerza, sin menoscabar los sentimientos del trabajador? Porque cualquier otro
medio implicaría la continua intervención de una autoridad, que bien pronto repugnaría
al hombre libre.
Esta objeción entra en la categoría de los
razonamientos con los cuales se trata de justificar el Estado, la ley penal, el juez y el
carcelero. Puesto que dicen los autoritarios hay gentes una escasa minoría que no
se someten a las costumbres sociales, preciso es mantener el Estado, por costoso que sea,
y la autoridad, el tribunal y la cárcel, aun cuando estas mismas instituciones sean una
fuente de nuevos males de todas clases.
También pudiéramos limitarnos a responder lo que
tantas veces hemos repetido a propósito de la autoridad en general: Para evitar un mal
posible, recurrís a un medio que es un mal más grande y que se convierte en origen de
esos mismos abusos que deseáis remediar. Porque no olvidéis que el asalariamiento la
imposibilidad de vivir de otro modo que vendiendo su fuerza de trabajo es el que ha
creado el sistema capitalista actual, cuyos vicios comenzáis a reconocer.
También pudiéramos hacer notar que este razonamiento
es un simple alegato para defender lo que existe. El asalariamiento actual no se ha
instituido para remediar los inconvenientes del comunismo. Es otro su origen, como el del
Estado y el de la propiedad. Nació de la esclavitud y de la servidumbre impuestas por la
fuerza, y no es más que una modificación modernizada de ellas. Por eso tal argumento no
tiene más valor que aquellos con los cuales se trata de justificar la propiedad y el
Estado.
¿No es evidente que si una sociedad fundada en el
principio del trabajo libre se viese realmente amenazada por los holgazanes, podría
ponerse en guardia contra ellos sin crear una organización autoritaria o recurrir al
asalariamiento?
Supongamos un grupo de cierto número de voluntarios
que se unan en una empresa cualquiera, para cuyo buen resultado rivalicen todos en celo,
salvo uno de los socios que falte con frecuencia a su puesto. ¿Se deberá por causa de
él disolver el grupo, nombrar un presidente que imponga multas o distribuir, como en la
academia, fichas de asistencia? Es evidente que no se hará ni lo uno ni lo otro, sino que
un día se le dirá al camarada que amenaza echar a perder la empresa: Amigo, nos
gustaría que trabajases con nosotros; pero como a menudo faltas de tu puesto o descuidas
tu tarea, debemos separarnos. ¡Vete en busca de otros compañeros que se conformen con tu
holgazanería!
Preténdese, por lo general, que el patrono omnisciente
y sus vigilantes mantienen la regularidad y la calidad del trabajo en la fábrica. En
realidad, en una empresa, por poco complicada que sea, cuya mercancía pase por muchas
manos antes de terminarse, la misma fábrica, el conjunto de los trabajadores, es quien
vela por las buenas condiciones del trabajo. Por eso las mejores fábricas inglesas de la
industria privada tienen tan pocos contramaestres, muchos menos, por término medio, que
las fábricas francesas, e incomparablemente menos que las fábricas inglesas del Estado.
Cuando una compañía de ferrocarriles, federada con
otras compañías, falta a sus compromisos, retrasa sus trenes y deja detenidas las
mercancías en sus estaciones, las otras compañías amenazan con rescindir los contratos,
y eso suele bastar.
Se cree generalmente, o por lo menos se enseña, que el
comercio no es fiel a sus compromisos sino bajo la amenaza de los tribunales; no hay nada
de eso. De diez veces nueve, el comerciante que haya faltado a su palabra no comparecerá
ante un juez. Donde el comercio es muy activo, como en Londres, el hecho de que un deudor
haya obligado a litigar, basta a la mayoría de los comerciantes para abstenerse en lo
sucesivo de tener negocios con quien les haya hecho recurrir al abogado.
Una asociación, por ejemplo, que estipulase con cada
uno de sus miembros el contrato siguiente, no tendría holgazanes:
Estamos dispuestos a garantizarte el goce de
nuestras casas, de nuestros almacenes, calles, medios de transporte, escuelas, museos,
etcétera, a condición de que de veinticinco a cuarenta y cinco o cincuenta años de edad
consagres cuatro o cinco horas diarias a uno de los trabajos que se reconocen como
necesarios para vivir. Elige tú mismo cuando quieras los grupos de que has de formar
parte o constituye uno nuevo, con tal de que se encargues de producir lo necesario. Y
durante el resto de tu tiempo, reúnete con quien te plazca con la mira de cualquier
recreo de arte, de ciencia a tu gusto.
Mil doscientas o mil quinientas horas de trabajo al
año en uno de los grupos que producen el alimento, el vestido y el alojamiento, o se
emplean en la salubridad pública, los transportes, etcétera, es todo lo que te pedimos
para garantizarte cuanto produzcan o han producido esos grupos. Pero si ninguno de los
millares de grupos de nuestra federación quiere recibirte, cualquiera que sea el motivo,
si eres absolutamente incapaz de producir nada útil o te niegas a hacerlo, ¿vive como un
aislado o como los enfermos! Si somos bastante ricos para no negarte lo necesario, con
mucho gusto te lo daremos: eres hombre y tienes derecho a vivir. Puesto que quieres
colocarte en condiciones especiales y salir de las filas, es más que probable que en tus
relaciones cotidianas con los otros ciudadanos te resientas de ello. Te mirarán como un
superviviente de la sociedad burguesa, a menos que tus amigos, considerándote como un
genio, se apresuren a librarte de toda obligación moral para con la sociedad, haciendo
por ti el trabajo necesario para la vida.
Y en fin, si eso no te agrada, vete por el mundo en
busca de otras condiciones. O bien, encuentra partidarios y constituye con ellos otros
grupos que se organicen con nuevos principios. Nosotros preferimos los nuestros.
Dícese muy a menudo entre los trabajadores, que los
burgueses son unos holgazanes. En efecto, hay bastantes, pero son la excepción. Por el
contrario, en cada empresa industria. hay la seguridad de encontrar uno o varios burgueses
que trabajan mucho. Verdad es que la mayoría de ellos aprovechan su situación
privilegiada para adjudicarse los trabajos menos penosos, y que trabajan en condiciones
higiénicas de alimento, aire, etcétera, que les permiten desempeñar su tarea sin un
exceso de fatiga. Precisamente, ésas son las condiciones que pedimos para todos los
trabajadores sin excepción. Preciso es decir también que, merced a su posición
privilegiada, los ricos hacen a menudo un trabajo absolutamente inútil o hasta nocivo
para la sociedad. Emperadores, ministros, jefes de oficinas, directores de fábricas,
comerciantes, banqueros, etcétera, se obligan a ejecutar durante algunas horas diarias un
trabajo que encuentran más o menos aburrido, pues todos prefieren sus horas de holganza a
esa tarea obligatoria. Y si en el 90 por 100 de los cases esa tarea es funesta, no la
encuentran por eso menos fatigosa. Pero precisamente porque los burgueses emplean la mayor
energía en hacer el mal (a sabiendas o no) y en defender su posición privilegiada, por
eso han vencido a la nobleza señorial y continúan dominando a la masa del pueblo. Si
fuesen holgazanes hace mucho tiempo que ya no existirían, y hubieran desaparecido como
los aristócratas de sangre.
En una sociedad que sólo les exigiese cuatro o cinco
horas diarias: de trabajo útil, agradable e higiénico, desempeñarían perfectamente su
tarea y no aguantarían, sin reformarlas, las horribles condiciones en las cuales
mantienen hoy el trabajo. Si un Pasteur pasara cinco horas nada más en las alcantarillas,
bien pronto encontraría el medio de hacerlas tan saludables como su laboratorio
bacteriológico.
En cuanto a la holgazanería de la mayor parte de los
trabajadores, los economistas y los filántropos son los únicos que hablan de eso. Hablad
de ello a un industrial inteligente, y os dirá que si a los trabajadores se les pusiera
en la cabeza vaguear, no habría más remedio que cerrar todas las fábricas, pues ninguna
medida de severidad y ningún sistema de espionaje podría impedirlo. Había que ver en el
invierno último el terror provocado entre los industriales ingleses, cuando algunos
agitadores se pusieron a predicar la teoría del co-canny, a mala paga, mal trabajo;
hacer que hacemos, no echar el bofe y malgastar todo lo que se pueda. ¡Desmoralizan
al trabajador, quieren matar la industria!, gritaban los mismos que antes tronaban
contra la inmoralidad del obrero y la mala calidad de sus productos. Pero si el trabajador
fuese, como lo representan los economistas, el perezoso a quien de continuo hay que
amenazar con despedirle del taller, ¿qué significaría la palabra desmoralización?
Así, cuando se habla de holgazanería posible, hay que
comprender que se trata de una ínfima minoría en la sociedad. Y antes de legislar contra
esa minoría, ¿no es urgente conocer su origen?
Quien observe con inteligencia; sabe muy bien que el
niño reputado como perezoso en la escuela es a menudo aquel que comprende mal lo que le
enseñan mal. Mucho más frecuentemente aún, su caso proviene de anemia cerebral,
consecutiva a la pobreza y a una educación antihigiénica.
Alguien ha dicho que el polvo es la materia que no
está en su sitio. La misma definición se aplica a las nueve décimas de los llamados
perezosos. Son personas extraviadas en una senda que no responde a su temperamento ni a su
capacidad. Leyendo las biografías de los grandes hombres, choca el número de perezosos
que hay entre ellos. Perezosos mientras no encontraron su verdadero camino, y
laboriosos tenaces más tarde. Darwin, Stephenson y tantos otros figuraban entre esos
perezosos.
Harto a menudo, el perezoso no es más que un hombre a
quien repugna hacer toda su vida la dieciochava parte de un alfiler o la centésima parte
de un reloj, cuando se encuentra con una exuberancia de energía que quisiera gastar en
otra cosa. También con frecuencia es un rebelde que se subleva contra la idea de estar
toda su vida amarrado a ese banco, trabajando para proporcionar mil goces al patrono,
sabiendo que es mucho menos estúpido que él, y sin otra razón que haber nacido en un
cuchitril, en vez de haber venido al mundo en un palacio.
En fin, buen número de perezosos no conocen el oficio
en que se ven obligados a ganarse la vida. Viendo la obra imperfecta que sale de sus
manos, esforzándose vanamente en hacerla mejor y comprendiendo que nunca lo conseguirán
a causa de los males hábitos de trabajo ya adquiridos, toman odio a su oficio y hasta al
trabajo en general, por no saber otro. Millares de obreros y de artistas abortados se
hallan en este caso.
Bajo una sola denominación, la pereza, se han agrupado
toda una serie de resultados debidos a causas distintas, cada una de las cuales pudiera
convertirse en un manantial de bienes en vez de ser un mal para la sociedad. Aquí, como
en la criminalidad, como en todas las cuestiones concernientes a las facultades humanas,
se han reunido hechos que nada tienen de común entre sí. Se dice pereza o crimen, sin
tomarse siquiera el trabajo de analizar sus causas. Apresúrase a castigarlos, sin
preguntarse siquiera si el castigo no contiene una prima a la pereza o al crimen.
He aquí por qué una sociedad libre, si viera aumentar
en su seno el número de holgazanes, pensaría sin duda en investigar las causas de su
pereza para tratar de suprimirlas antes de recurrir a los castigos. Cuando se trata,
según ya hemos dicho, de un simple caso de anemia, antes de anemia de ciencia el
cerebro del niño, dadle ante todo sangre; fortalecedle para que no pierda el tiempo,
llevadle al campo o a orillas del mar. Allí, enseñadle al aire libre, y no en los
libros, la geometría, midiendo con él las distancias hasta los peñascos próximos;
aprenderá las ciencias naturales cogiendo flores y pescando en el mar; la física,
fabricando el bote en que irá de pesca. Pero, por favor, no llenéis su cerebro de frases
y de lenguas muertas. ¡No hagáis de él un perezoso!
¿No veis que con vuestros métodos de enseñanza,
elaborados por un ministerio para ocho millones de escolares, que representan ocho
millones de capacidades diferentes, no hacéis más que imponer un sistema bueno para
medianías, imaginado por un promedio de medianías? Vuestra escuela se convierte en una
universidad de pereza, como vuestra prisión es una universidad del crimen. Liberad la
escuela, abolid vuestros grados universitarios, llamad a los voluntarios de la enseñanza,
comenzad así en vez de dictar leyes contra la pereza que no harán sino reglamentarla.
Dad al obrero que debe ceñirse a fabricar una
minúscula parte de un artículo cualquiera, que se ahoga junto a una máquina de
taladrar, que concluye por aborrecer dadle la probabilidad de cultivar la tierra, derribar
árboles en el bosque, correr en el mar contra la tormenta, surcar el espacio en una
locomotora. Pero no hagáis de él un perezoso, obligándole toda la vida a vigilar una
maquinilla de punzonar la cabeza de un tornillo o agujerear el ojo de una aguja.
En sus planes de reconstrucción de la sociedad, los
colectivistas cometen, a nuestro parecer, dos errores. Hablan de abolir el régimen
capitalista, pero sin embargo querrían mantener dos instituciones que constituyen el
fondo de ese régimen: el gobierno representativo y el asalariamiento.
De lo concerniente al gobierno que se dice
representativo, bastante hemos hablado. Es para nosotros en absoluto incomprensible que
hombres inteligentes y no faltan en el partido colectivista puedan continuar siendo
partidarios de los parlamentos nacionales o municipales, después de todas las lecciones
que la historia nos ha dado sobre ese particular en Francia, Inglaterra, Alemania, Suiza y
los Estados Unidos.
Mientras vemos hundirse en todas partes el régimen
parlamentario y surgir la critica de los principios mismos del sistema: no sólo de sus
aplicaciones-, ¿cómo es que socialistas revolucionarios defienden ese sistema, condenado
a morir?
Se esfuerzan, en una palabra, en buscar lo inhallable;
pero habido que reconocer que se ha ido por mal camino, y desaparece la confianza en un
gobierno representativo.
Lo mismo sucede con el asalariamiento; porque después
haber proclamado la abolición de la propiedad privada y la posesión en común de los
instrumentos de trabajo, ¿cómo puede reclamarse bajo una u otra forma que se sostenga el
asalariamiento? Y sin embargo, eso es lo que hacen los colectivistas al preconizar los
bonos de trabajo.
Se comprende que los socialistas ingleses de comienzos
de este siglo hayan inventado los bonos de trabajo. Trataban simplemente de poner de
acuerdo el capital y el trabajo, rechazando toda idea de tocar con violencia la propiedad
de los capitalistas.
Si más tarde hizo suyo ese invento Proudhon, también
se comprende. En su sistema mutualista, trataba de hacer menos ofensivo el capital, a
pesar del mantenimiento de la propiedad individual, que aborrecía en el fondo del alma,
pero que conceptuaba necesaria como garantía del individuo contra el Estado.
Tampoco extraña que economistas más o menos burgueses
asimismo admitan los bonos de trabajo. Poco les importa que trabajador se le pague en
bonos del trabajo o en monedas con efigie de la república o del imperio. Lo que tienen
empeño en salvar de la próxima catástrofe es la propiedad individual de casas
habitadas, del suelo y de las fábricas; en todo caso, la de casas habitadas y el capital
necesario para la producción industrial. Y para conservar esa propiedad, los bonos de
trabajo desempeñarían muy bien su papel.
Con tal de que el bono de trabajo pueda cambiarse por
joyas y carruajes, el propietario de casas lo aceptará con gusto en pago del alquiler. Y
mientras la casa habitada, el campo y la fábrica pertenezcan a propietarios individuales
de cualquier modo habrá que pagarles por trabajar en sus campos o en sus fábricas y
habitar en sus casas. También será preciso pagar al trabajador en oro, papel moneda o
bonos cambiables por toda clase de artículos de comercio.
Pero, ¿cómo puede defenderse esta nueva forma del
asalariamiento el bono de trabajo si se admire que la casa, el campo y la fábrica ya no
son propiedad privada, sino que pertenecen al municipio o a la nación?
Examinemos mas despacio este sistema de retribuir el
trabajo, ensalzado por los colectivistas franceses, alemanes, ingleses e italianos.
Se reduce poco más o menos a esto: todo el mundo
trabaja en los campos, fábricas, escuelas, hospitales, etcétera; la jornada de trabajo
la regula el Estado, a quien pertenecen la tierra, las fábricas, las vías de
comunicación, etcétera. Cada jornada de trabajo se cambia por un bono de trabajo que
supongamos lleve impresas estas palabras: ocho horas de trabajo. Con este bono el obrero
puede adquirir en los almacenes del Estado o de las diversas corporaciones toda clase de
mercancías. El bono es divisible; de suerte que se puede comprar una hora de carne, diez
minutos de cerillas o media hora de tabaco. En vez de decir veinte céntimos de jabón
después de la revolución colectivista se diría: cinco minutos de jabón.
La mayoría de los colectivistas, fieles a la
distinción establecida por los economistas burgueses (y por Marx) entre el trabajo
calificado y el trabajo simple, nos dicen además que el trabajo calificado o profesional
deberá pagarse cierto número de veces más que el trabajo simple. Así, una hora de
trabajo de médico deberá considerarse como equivalente a dos o tres horas del cavador.
«El trabajo profesional o calificado será un múltiple del trabajo simple nos
dice el colectivista Groenlund-, porque ese trabajo requiere un aprendizaje más o menos
largo.»
Otros colectivistas, tales como los marxistas
franceses, no hacen tal distinción. «Proclaman la igualdad de los
salarios.» El doctor, el maestro de escuela y el profesor serán pagados (en bonos
de trabajo) por la misma tarifa que el cavador. Ocho horas de visita de hospital valdrán
lo mismo que ocho horas pasadas en trabajos de cavar, en la mina, o la fábrica.
Algunos hacen una concesión más: admiten que el
trabajo desagradable o malsano tal como el de las alcantarillas podrá pagarse con
arreglo a una tasa más alta que el trabajo agradable. «Una hora de servicio en la
alcantarilla dicen se contará como dos horas de trabajo del profesor» Añadamos
que ciertos colectivistas admiten el pago en conjunto, por corporaciones. Así, una
corporación diría: «Aquí hay cien toneladas de acero. Para producirlas hemos
sido cien trabajadores, y hemos empleado diez días. Habiendo sido nuestra jornada la de
ocho horas, suman ocho mil horas de trabajo para cien toneladas de acero, o sea ocho horas
la tonelada.» Después de lo cual el Estado les pagaría ocho mil bonos de trabajo
de una hora cada uno, y esos ocho mil bonos se repartirían entre los miembros de la
fábrica como les pareciese.
Por otra parle, habiendo empleado cien mineros veinte
días para extraer ocho mil toneladas de carbón, el carbón valdría dos horas la
tonelada, y los dieciséis mil bonos de una hora cada uno, percibidos por la corporación
de los mineros, se distribuirían entre ellos según sus apreciaciones.
Si los mineros protestasen y dijesen que la tonelada de
acero no debe costar más que seis horas de trabajo en lugar de ocho; si el profesor
quisiera hacerse pagar su jornada doble que la enfermera, entonces intervendría el Estado
y arreglaría sus diferencias.
Tal es, en pocas palabras, la organización que los
colectivistas quieren hacer surgir de la revolución social. Como se ve, sus principios
son: propiedad colectiva de los instrumentos de trabajo y remuneración de cada uno según
el tiempo empleado en producir, teniendo en cuenta la productividad de su trabajo. En
cuanto al régimen político, sería el parlamentarismo, modificado por el mandato
imperativo y el referéndum, es decir, el plebiscito por sí o por no.
Digamos, en primer término, que este sistema nos
parece totalmente impracticable.
Los colectivistas comienzan por proclamar un principio
revolucionario la abolición de la propiedad privada y lo niegan en seguida de
proclamarlo, manteniendo una organización de la producción y del consumo que ha nacido
de la propiedad privada.
Proclaman un principio revolucionario e ignoran las
consecuencias que inevitablemente debe traer consigo. Olvidan que el hecho mismo de abolir
la propiedad individual de los instrumentos de trabajo (suelo, fábricas, vías de
comunicación, capitales) tiene que lanzar a la sociedad por vías absolutamente nuevas;
que debe trastornar de arriba la producción, lo mismo en su objeto que en sus medios; que
todas las relaciones cotidianas entre: individuos deben modificarse desde el momento que
se consideren como posesión común la tierra) la máquina y todo lo demás.
«No hay propiedad privada», dicen; y en
seguida se apresuran a mantener la propiedad privada en sus manifestaciones cotidianas.
«Sois una comunidad en cuanto a la producción; los campos, las herramientas, las
máquinas, todo lo que se ha hecho hasta hoy, manufacturas, ferrocarriles, puertos, minas,
etcétera; todo es vuestro. No se hará la menor distinción acerca de la parte que toca a
cada uno en esa propiedad colectiva.
»Pero desde el día siguiente, os disputaréis
con toda minuciosidad la parte que vais a tomar en la creación de nuevas máquinas, en la
constitución de nuevas minas. Trataréis de pesar con exactitud la parte que corresponda
a cada uno en la nueva producción. Contaréis vuestros minutos de trabajo y velaréis
para que un minuto de vuestro vecino no pueda comprar más productos que un minuto
vuestro.
»Y puesto que la hora no mide nada, ya que en
tal manufactura un trabajador puede vigilar seis telares a la vez; mientras que en tal
otra fábrica no vigila más que dos, pesaréis la fuerza muscular, la energía cerebral y
la energía nerviosa que hayáis gastado. Calcularéis estrictamente los años de
aprendizaje para valorar la parte de cada uno en la producción futura. Todo eso después
de declarar que no tenéis de ningún modo en cuenta la participación que pueda haber
tenido en la producción pasada.»
Pues bien; para nosotros es evidente que una sociedad
no puede organizarse con arreglo a dos principios opuestos en absoluto, que se contradicen
de continuo. Y la nación o el municipio que se diesen tal organización, veríanse
obligados a volver a la propiedad privada o transformarse inmediatamente en sociedad
comunista.
Hemos dicho que ciertos escritores colectivistas piden
que se establezca una distinción entre el trabajo calificado o profesional y el trabajo
simple. Pretenden que la hora de trabajo del ingeniero, del arquitecto o del médico, debe
contarse por dos o tres horas del trabajo del herrero, del albañil o de la enfermera. Y
la misma distinción dicen que debe hacerse entre toda especie de oficios que exijan un
aprendizaje más o menos largo y el de los simples peones.
Pues bien; establecer tal distinción es mantener todas
las desigualdades de la sociedad actual, es trazar de antemano una línea divisoria entre
los trabajadores y los que pretenden gobernarlos, es dividir la sociedad en dos clases muy
distintas: la aristocracia del saber, por encima de la plebe de manos callosas; la una al
servicio de la otra; la una trabajando con sus brazos para alimentar y vestir a los que se
aprovechan del tiempo que les sobra para aprender a dominar a quienes los alimentan.
Eso es además recoger uno de los rasgos distintivos de
la sociedad actual y darle la sanción de la revolución social; es erigir en principio un
abuso que se condena hoy en la vieja sociedad que se derrumba.
Sabemos todo lo que se nos va a responder. Nos
hablarán del «socialismo científico». Nos citarán los economistas
burgueses y también a Marx para demostrar que la escala de los salarios tiene su razón
de ser, puesto que «la fuerza de trabajo» del ingeniero ha costado más a la
sociedad que «la fuerza de trabajo» del cavador. En efecto, ¿no han tratado
los economistas de demostrarnos que si al ingeniero se le paga veinte veces más que al
cavador, es porque los gastos necesarios para hacer un ingeniero son más cuantiosos que
los necesarios para hacer un cavador' ¿Y no ha pretendido Marx que la misma distinción
es igualmente lógica entre diversas ramas del trabajo manual? Tenía que concluir así,
puesto que había aceptado la doctrina de Ricardo acerca del valor y sostenido que los
productos se cambian en proporción de la cantidad de trabajo socialmente necesario para
su producción. Pero también sabemos a qué atenernos acerca de este asunto. Sabemos que
si al ingeniero, al sabio y al doctor se les paga hoy diez o cien veces más que al
agricultor y diez veces más que a la obrera de una fábrica de cerillas, no es por sus
«gastos de producción», sino por. un monopolio de educación o por el
monopolio de la industria. El ingeniero, el sabio y el doctor explotan sencillamente un
capital su diploma como el burgués explota una fábrica o como el noble explotaba sus
pergaminos.
En cuanto al patrono que paga al ingeniero veinte veces
más que al trabajador, lo hace en virtud de este sencillísimo cálculo: si el ingeniero
puede economizarle cien mil pesetas al año en la producción, le paga veinte mil pesetas.
Y si ve un contramaestre hábil en hacer sudar a los obreros que le economice diez mil
pesetas en la mano de obra, se apresura a darle dos o tres mil pesetas anuales. Afloja un
millar de pesetas más donde cuenta ganar diez; ésta es la esencia del régimen
capitalista. Lo mismo sucede con las diferencias entre los diversos oficios manuales.
No se nos venga hablando de los «gastos de
producción que cuesta la fuerza de trabajo», y diciéndonos que un estudiante que
ha pasado alegre su juventud en la universidad tiene derecho a un salario diez veces más
alto que el hijo del minero que se ha agotado en la mina desde la edad de once años, o
que un tejedor tiene derecho a un salarlo tres o cuatro veces más alto que el agricultor.
Los gastos necesarios para producir un tejedor no son cuatro veces más considerables que
los gastos necesarios para producir un labriego. El tejedor se beneficia sencillamente de
las ventajas en que se halla la industria en Europa con relación a los países que aún
no tienen industria.
Nadie ha calculado nunca esos gastos de producción. Y
si un holgazán cuesta mucho más a la sociedad que un trabajador, falta saber si
teniéndolo todo en cuenta mortalidad de los niños obreros, anemia que los destruye y
muertes prematuras un robusto jornalero no cuesta más a la sociedad que un artesano.
¿Querrán hacernos creer, por ejemplo, que el salario
de peseta y media que se paga a la obrera parisiense, los treinta céntimos de la
campesina de Auvernia, que se queda ciega haciendo encajes, o las dos pesetas diarias del
campesino representan sus gastos de producción. Sabemos que a menudo se trabaja por menos
de eso; pero también, que se hace exclusivamente porque gracias a nuestra magnifica
organización, hay que morirse de hambre sin esos salarios irrisorios.
Tampoco dejarán de decirnos que la escala colectivista
de los salarios sería, sin embargo, un progreso. Más valdrá ver a ciertos obreros
cobrar una suma dos o tres veces mayor que la de la generalidad, que ver a los ministros
embolsarse en un día lo que el trabajador no logra ganar en un año. Siempre sería eso
un paso hacia la igualdad.
Para nosotros, ese paso sería un progreso al revés.
Introducir en una sociedad nueva la distinción entre el trabajo simple y el trabajo
profesional, ya hemos dicho que conduciría a hacer sancionar por la revolución y erigir
en principio un hecho brutal que sufrimos hoy, pero encontrándolo, no obstante, injusto.
Sería imitar a aquellos que en 4 de agosto de 1789 proclamaban con frases efectistas la
abolición de los derechos feudales, pero el día 3 de agosto sancionaban esos mismos
derechos imponiendo a los labradores foros para abonárselos a los señores, a quienes
ponían bajo la salvaguardia de la revolución. Sería también imitar al gobierno ruso,
al reclamar, cuando la emancipación de los siervos, que la tierra pertenecería en la
sucesivo a los señores, al paso que antes era un abuso el disponer de tierras
pertenecientes a los siervos.
O bien, para tomar un ejemplo más conocido, cuando la
Comuna de 1871 decidió pagar a los miembros de su consejo quince pesetas diarias,
mientras los federados en las murallas no cobraban más que peseta y media, esta decisión
fue aclamada como un acto de alta democracia igualitaria. En realidad, la Comuna no hacía
más que ratificar la añeja desigualdad entre el funcionario y el soldado, el gobierno y
el gobernado. Por parte de una cámara oportunista, semejante decisión hubiera podido
parecer admirable; pero la Comuna faltaba así a su principio revolucionario, y por eso
mismo se condenaba.
En la sociedad actual, cuando vemos pagarse a un
ministro cien mil pesetas al año, mientras que el trabajador tiene que contentarse con
mil o menos; cuando vemos al contramaestre pagado dos o tres veces más que el obrero, y
que entre los mismos obreros hay todas las gradaciones, desde diez pesetas diarias hasta
los treinta céntimos de la campesina, desaprobamos el alto salario del ministro, pero
también la diferencia entre las diez pesetas del obrero y los treinta céntimos de la
pobre mujer, y decimos: «¡Abajo los privilegios de la educación, igual que los
del nacimiento!» Somos anarquistas, precisamente porque tales privilegios nos
sublevan.
He aquí por qué, comprendiendo ciertos colectivistas
la imposibilidad de mantener la escala de los salarios en una sociedad inspirada por el
soplo de la revolución, se apresuran a proclamar que los salarios serán iguales. Pero se
estrellan contra nuevas dificultades, y su igualdad de los salarios es una utopía tan
irrealizable como la escala de los otros colectivistas.
Una sociedad que se haya apoderado de toda la riqueza
social y proclamado que todos tienen derecho a ella cualquiera que fuese la
participación que en crearla hubieran tomado antes-, se verá obligada a abandonar toda
idea de asalariamiento, sea en moneda, sea en bonos de trabajo, bajo cualquier forma que
se presente.
«A cada uno según sus obras», dicen los
colectivistas, o sea, según su parte de servicios prestados a la sociedad. ¡Y tal
principio se recomienda para ponerse en práctica cuando la revolución haya puesto en
común los instrumentos de trabajo y todo lo necesario para la producción!
Pues bien; si la revolución social tuviese la
desgracia de proclamar este principio, sería impedir el desarrollo de la humanidad; seria
abandonar, sin resolverlo, el inmenso problema social que nos han legado los siglos
anteriores.
En efecto, en una sociedad como la nuestra, donde vemos
que cuanto más trabaja el hombre menos se le retribuye, este principio puede parecer al
pronto como una aspiración hacia la justicia.
Pero en el fondo, no es más que la consagración de
las injusticias del pasado. Por ese principio comenzó el asalariamiento, para venir a
parar a las odiosas desigualdades y abominaciones de la sociedad actual. Porque desde el
día en que comenzaron a valorar en moneda o en cualquier otra especie de salario los
servicios prestados; desde el día en que se dijo que cada uno sólo tendría aquello que
consiguiera hacerse pagar por sus obras, estaba escrita de antemano, encerrada en germen
en este principio, toda la historia de la sociedad capitalista con ayuda del Estado.
Los servicios prestados a la sociedad, sean trabajos en
los campos o en las fábricas, sean servicios morales, no pueden valorarse en unidades
monetarias, no puede haber medida exacta del valor de lo que impropiamente se ha llamado
valor de cambio, ni del valor de la utilidad, con respecto a la producción. Si vemos dos
individuos que trabajan uno y otro durante años cinco horas diarias, en beneficio de la
comunidad y en diferentes trabajos que les agraden lo mismo, podemos decir en resumen que
sus trabajos son casi equivalentes. Pero no puede fraccionarse su trabajo y decir que el
producto de cada jornada, hora o minuto de trabajo del uno vale por el producto de cada
minuto y hora del otro.
Se puede decir grosso modo que el hombre que durante su
vida se ha privado de descanso durante diez horas diarias, ha dado a la sociedad mucho
más que quien sólo se ha privado de descanso cinco horas diarias o no se ha privado
nunca.
Pero no se puede tomar lo que ha hecho durante dos
horas y decir que ese producto vale dos veces más que el producto de una hora de trabajo
de otro individuo y remunerarlo en proporción.
Entrad en una mina de carbón y ved aquel hombre
apostado junto a la inmensa máquina que hace subir y bajar la jaula. Tiene en la mano la
palanca que detiene e invierte la marcha de la máquina, la baja, y la jaula retrocede en
su camino en un abrir y cerrar de ojos, lanzándola arriba o abajo con una velocidad
vertiginosa. Muy atento, sigue con la vista en la pared un indicador que le muestra en una
escalita en qué lugar del pozo se encuentra la jaula a cada instante de su marcha; y en
cuanto el indicador llega a cierto nivel, detiene de pronto el impulso de la jaula, ni un
metro más arriba o más abajo de la línea requerida. Y apenas han descargado los
recipientes llenos de carbón y colocado los vacíos, invierte la palanca y envía de
nuevo la jaula al espacio.
Durante ocho o diez horas seguidas mantiene esa
prodigiosa atención. Que se distraiga un momento, y la jaula irá a estrellarse y romper
las ruedas, destrozar el cable, aplastar a los hombres suspender todo el trabajo de la
mina. Que pierda tres segundos por cada golpe de palanca, y la extracción en las minas
perfeccionadas modernas se reducirá de veinte a cincuenta toneladas diarias.
¿Es él quien presta el mayor servicio en la mina?
¿Es acaso el mozo que le da desde abajo la señal de que suba el ascensor? ¿Es el minero
que a cada instante arriesga la vida en el fondo del pozo y que un día quedará muerto
por el grisú? ¿O el ingeniero que por un simple error de suma en sus cálculos puede
perder la capa de carbón o hacer arrancar piedra? ¿O el propietario que ha comprometido
todo su patrimonio y que tal vez ha dicho, contra todas las previsiones: «Cavad
aquí; encontraréis excelente carbón».
Todos los trabajadores interesados en la mina
contribuyen en la medida de sus fuerzas, de su energía, de su saber, de su inteligencia y
de su habilidad, a extraer el carbón. Y podemos decir que todos tienen derecho a vivir, a
satisfacer sus necesidades y hasta sus caprichos después de que esté seguro para todo lo
necesario Pero, ¿cómo valorar sus obras?
Y además, ¿el carbón que extraen es obra suya? ¿No
es también obra de esos hombres que han construido el ferrocarril que conduce a la mina y
los caminos que irradian de todas sus estaciones? ¿No es también obra de los que han
labrado y sembrado lo campos, extraído el hierro, cortado la madera en el bosque,
fabricado las máquinas donde se quemara el carbón, y así sucesivamente?
No puede hacerse ninguna distinción entre las obras de
uno. Medirlas por el resultado nos lleva al absurdo. Fraccionarlas y medirlas por las
horas de trabajo nos conduce al absurdo. Sólo queda una cosa: poder las necesidades por
encima de las obras y reconocer el derecho a la vida en primer término, al bienestar
después, para todos los que tomen cualquier parte en la producción.
Pero examinemos cualquier otra rama de la actividad
humana, tomad el conjunto de las manifestaciones de la existencia. ¿Quién de nosotros
puede reclamar una retribución más cuantiosa por sus obras? ¿El médico que ha
adivinado la enfermedad, o la enfermera que asegura la curación con sus cuidados
higiénicos?
¿Es el inventor de la primera máquina de vapor, o el
muchacho, que, cansado un día de tirar de la cuerda que entonces se usaba para hacer
entrar el vapor bajo el pistón, ató esa cuerda a la palanca de la máquina y se fue a
jugar con sus camaradas, sin imaginarse que había inventado el mecanismo esencial de toda
máquina moderna, la válvula automática?
¿Es el inventor de la locomotora, o aquel obrero de
Newcastle que sugirió la idea de reemplazar por traviesas de madera las piedras que
antaño se ponían debajo de los carriles y que hacían descarrilar a los trenes por falta
de elasticidad? ¿Es el maquinista de la locomotora? ¿El hombre que con sus señales
detiene los trenes? ¿El guardagujas que les da paso a las vías?
¿A quién debemos el cable trasatlántico? ¿Será el
ingeniero que se obstinaba en afirmar que el cable transmitía los despachos, al paso que
los sabios electricistas lo declaraban imposible? ¿Al sabio Maury, que aconsejó
abandonar los cables gruesos por otros tan delgados como una caña? ¿O a esos voluntarios
venidos no se sabe de dónde, que pasaban noche y día sobre cubierta examinando
minuciosamente cada metro de cable para quitar los claves que los accionistas de las
compañías marítimas hacían clavar neciamente en la capa aisladora del cable, para
dejarlo fuera de servicio?
«¡Las obras de cada uno!» Las sociedades
humanas no vivirían dos generaciones seguidas, desaparecerían dentro de cincuenta años,
si cada cual no diese infinitamente más de lo que se le retribuya en moneda, en bonos o
en recompensas cívicas. Se extinguiría la raza si la madre no gastase su vida por
conservar la de sus hijos, si el hombre no diese algo sin interés, sobre todo donde no
espera ninguna recompensa.
Y si la sociedad burguesa decae, si estamos hoy en un
callejón sin salida del cual no podemos pasar sin acometer a fuego y hierro las
instituciones del pasado, es precisamente por un exceso de cálculos, por culpa de
habernos dejado conducir a no dar sino para recibir; es por haber querido hacer de la
sociedad una compañía comercial basada en el debe y haber.
Los colectivistas lo saben. Comprenden vagamente que no
podría existir sociedad ninguna si llevase al extremo el principio de «a cada uno
según sus obras». Comprenden que las necesidades no hablamos de los caprichos-,
las necesidades del individuo no siempre responden a sus obras. Por eso nos dice De Paepe:
«Este principio eminentemente individualista-
se atemperaría por la intervención social para la educación de los niños y jóvenes
(incluyendo en ella la manutención) y por la organización social de la existencia de los
achacosos y enfermos, del retiro para los trabajadores, ancianos, etcétera»
Comprenden que el hombre de cuarenta años y con tres
hijos tiene otras necesidades que el joven de veinte años. Comprenden que la mujer que
amamanta a su criatura y pasa noches en blanco a su cabecera, no puede hacer tantas obras
como el hombre que ha dormido plácidamente. Parecen comprender que el hombre y la mujer,
consumidos acaso a fuerza de haber trabajado por la sociedad, pueden sentirse incapaces de
hacer tantas obras como los que han pasado sus horas a la bartola y embolsado sus bonos en
situaciones privilegiadas de estadísticos del Estado.
Y se apresuran a atemperas su principio, diciendo:
«¡Sí; la sociedad criará y educará a sus hijos! ¡Sí; asistirá a los viejos e
inválidos! ¡Si; las necesidades serán la medida de los gastos que la sociedad se
impondrá para atemperar el principio de las obras!»
De modo que, después de haber negado el comunismo y
haberse burlado a sus anchas de la fórmula: «A cada uno según sus
necesidades», salimos también con que a los grandes economistas se les han
olvidado poca cosa las necesidades de los productores. Y se apresuran a reconocerlas.
Sólo que al Estado le incumbirá apreciarlas, comprobar si las necesidades son
desproporcionadas con las obras.
El Estado dará limosna. De ahí a la ley de pobres y
al work-house inglés no hay más que un paso. No hay más que un sólo paso, porque hasta
esa sociedad madrastra contra la cual nos sublevamos, se ha visto obligada atemperar su
principio del individualismo, ha tenido que hacer concesiones en sentido comunista y bajo
la misma forma de caridad.
También ella distribuye comidas de a perra chica para
evitar el saqueo de sus tiendas. También construye hospitales, a menudo muy malos, pero a
veces espléndidos, para evitar los estragos de las enfermedades contagiosas. También,
después de no haber pagado las horas de trabajo, recoge los hijos de aquellos a quienes
ha reducido a la última de las miserias. También tiene en cuenta las necesidades por la
caridad.
Ya hemos dicho que la miseria fue la causa primera de
las riquezas, quien creó, al primer capitalista; porque antes de acumular el
«exceso de valor» de que tanto gusta hablar, era preciso que hubiese
miserables que se avinieran a vender su fuerza de trabajo para no morirse de hambre. La
miseria es quien ha hecho a los ricos. Y si los progresos fueron rápidos en el curso de
la Edad Media, es porque las invasiones y las guerras que siguieron a la creación de los
Estados y el enronquecimiento por la explotación en Oriente, rompieron los lazos que en
otros tiempos unían a las comunidades agrícolas y urbanas y las condujeron a proclamar,
ea vez de la solidaridad que antes practicaban, ese principio del asalariamiento, tan
grato a los explotadores.
¿Y había de salir ese principio de la revolución, y
atreverse a llamarla con el nombre de «revolución social», ese nombre tan
grato a los hambrientos, a los que sufren, a los oprimidos?
No sucederá así, porque el día en que, las viejas
instituciones se desplomen bajo el hacha de los proletarios, se oirán voces que griten:
«¡Pan, casa y bienestar para todos!»
Y esas voces serán escuchadas, El pueblo dirá:
«Comencemos por satisfacer la sed de vida, de alegría, de libertad, que nunca
hemos apagado. Y cuando todos hayamos probado esa dicha, pondremos manos a la obra:
demolición de los últimos vestigios del régimen burgués, de su moral tomada en los
libros de contabilidad, de su filosofía del «debe y haber», de sus
instituciones de lo tuyo y de lo mio. «Demoliendo, edificaremos», como
decía Proudhon; edificaremos en nombre del comunismo y de la anarquía.
Considerando la sociedad y su organización política desde un punto de
vista muy distinto al de las escuelas autoritarias, puesto que partimos del individuo
libre para llegar a una sociedad libre, en vez de comenzar por el Estado para descender
hasta el individuo, seguimos el mismo método respecto a las cuestiones económicas.
Estudiaremos las necesidades del individuo y los medios a que recurre para satisfacerlas,
antes de discutir la producción, el cambio, el impuesto, el gobierno, etcétera.
Tal vez se diga que esto es lógico: que antes de satisfacer necesidades
es preciso crear lo que pueda satisfacerlas, que es preciso producir para consumir. Pero
antes de producir, sea lo que fuere, ¿no precisa sentir su necesidad? ¿No es la
necesidad quien desde el principio impulsó al hombre a cazar, a criar ganado, a cultivar
el suelo, a hacer utensilios y más tarde aún a inventar y hacer máquinas? ¿No es
asimismo el estudio de las necesidades lo que debiera regir a la producción? Por lo
menos, tan lógico sería comenzar por ahí para ver después cómo es preciso
arreglárselas para atender a esas necesidades por medio de la producción.
Pero en cuanto la considerarnos desde este punto de vista, la economía
política cambia totalmente de aspecto. Deja de ser una simple descripción de hechos y se
convierte en ciencia; con el mismo título que la fisiología. Se la puede definir: el
estudio de las necesidades con la menor pérdida posible de fuerzas humanas. Su verdadero
nombre sería fisiología de la sociedad. Constituye una ciencia paralela a la fisiología
de las plantas o de los animales, la cual es también el estudio de las necesidades de la
planta o del animal y de los medios más ventajosos de satisfacerlas. En la serie de las
ciencias sociológicas, la economía de las sociedades humanas viene a tomar el puesto
ocupado en la serie de las ciencias biológicas por la fisiología de los seres
organizados.
Nosotros decimos «He aquí seres humanos reunidos en sociedad.
Todos sienten la necesidad de habitar en casas higiénicas; ya no les satisface la choza
de un salvaje, sino que exigen un abrigo sólido y más o menos cómodo. Se trata de saber
si, dada la productividad del trabajo humano, podrá tener cada uno su casa, y qué es lo
que les impide tenerla».
Y en seguida vemos que cada familia en Europa podría perfectamente tener
una casa con comodidades, como las que se edifican en Inglaterra o en Bélgica o en la
ciudad de Pullman, o bien un piso correspondiente.
Pero los nueve décimos de los europeos no han poseído nunca una casa
higiénica, porque en todo tiempo el hombre del pueblo la tenido que trabajar al día,
casi de continuo, para satisfacer las necesidades de los gobernantes, y jamás ha tenido
la necesaria holgura de tiempo y de dinero para edificar o hacer edificar la casa de sus
ensueños. Y no tendrá casa, y vivirá en un tugurio, en tanto que no cambien las
actuales condiciones.
Ya se ve que procedemos al contrario de los economistas que eternizan las
pretendidas leyes de la producción, y sacando la cuenta de las casas que se edifican cada
año, demuestran que no bastando las casas nuevamente edificadas para satisfacer toda la
demanda, los nueve décimos de los europeos deben habitar en tabucos.
Pasemos al alimento. Después de haber enumerado los beneficios de la
división del trabajo, pretenden los economistas que esta división exige que unos se
dediquen a la agricultura y otros a la industria manufacturera. Los agricultores producen
tanto, las manufacturas cuanto, el cambio se hace de tal modo; analizan la venta, el
beneficio, el producto liquido o sobrevalor, el salario, el impuesto, la banca, y así
sucesivamente.
Pero después de haberlos seguido hasta allí, no estamos más
adelantados; y si les preguntamos: «¿Cómo es que a tantos millones de seres
humanos les falta el pan, cuando cada familia podría producir trigo para alimentar a
diez, veinte y hasta cien personas al ano?», nos responden con el mismo estribillo:
«División del trabajo, salario, sobrevalor, capital», etcétera, llegando a
sacar por consecuencia que la producción es insuficiente para satisfacer todas las
necesidades, consecuencia que, aun cuando fuese cierta, no responde en modo alguno a la
pregunta: «¿Puede o no puede, trabajando, producir el pan que necesita? Y si no
puede, ¿qué se lo impide?»
A trescientos cincuenta millones de europeos les hace falta cada año
tanto de pan, tanto de carne, vino, leche, huevos y manteca; necesitan tantas casas,
tantas ropas; es el mínimum de sus necesidades. ¿Pueden producir todo eso? Si lo pueden,
¿les quedará holgura para proporcionarse lujo, objetos de arte, de ciencia y de recreo;
en una palabra, todo lo que no entra en la categoría de lo estrictamente necesario? Si la
respuesta es afirmativa, ¿que les impide ir adelante? ¿Qué debe hacerse para allanar
los obstáculos? ¿Se necesita tiempo? ¡que se lo tomen! Pero no perdamos de vista el
objetivo de toda producción, que es la satisfacción de las necesidades.
Si las necesidades más imperiosas del hombre quedan sin satisfacer,
¿qué deberá hacerse para aumentar la productividad del trabajo? ¿No hay otras causas?
¿No será alguna de ellas el que habiendo perdido de vista la producción, las
necesidades del hombre, ha tomado una dirección absolutamente falsa y su organización es
defectuosa? Y puesto que así lo comprobamos, en efecto, busquemos el medio de reorganizar
la producción de modo que responda en realidad a todas las necesidades.
Es evidente que cuando la ciencia de la fisiología social trate de la
producción. actual en las naciones civilizadas, en el municipio indostánico o entre los
salvajes, se podrán exponer los hechos de otro modo que los economistas de hoy, como un
simple capítulo descriptivo, análogo a los capítulos descriptivos de la zoología o de
la botánica. Pero advirtamos que si ese capítulo se hiciese desde el punto de vista de
la economía de las fuerzas en la satisfacción de las necesidades, ganaría en claridad
tanto como en valor científico. Probaría hasta la evidencia el terrible derroche de las
fuerzas humanas por el sistema actual, y admitirla con nosotros que mientras dure no
quedarán satisfechas nunca las necesidades de la humanidad.
Se ve que el punto de vista quedaría cambiado por completo. Detrás del
telar que teje tantos metros de lienzo, detrás de la máquina que horada tantas placas de
acero y detrás del arca de caudales donde se sepultan los dividendos, se vería al
hombre, al autor de la producción, excluido casi siempre del banquete que ha preparado
para los otros. Comprenderíase también que las pretendidas leyes del valor, del cambio,
etcétera, sólo son la expresión a menudo falsa por ser falso su punto de partida de
hechos tales como ocurren ahora, pero que podrían suceder y sucederán de un modo muy
diferente, cuando la producción se organice de manera que cubra todas las necesidades de
la sociedad.
La sobreproducción es una palabra que estamos oyendo de continuo. No hay
un solo economista, académico o candidato, que no haya sostenido tesis probando que las
crisis económicas resultan del exceso de producción; que en un momento dado se producen
más telas de algodón, paños, relojes, de los que hacen falta. ¿No se ha acusado de
rapacidad a los capitalistas que se empeñan en producir más del consumo posible?
Pues bien; tal razonamiento manifiesta su falsedad en cuanto se ahonda en
la cuestión. En efecto, nombrad una mercancía, entre las de uso universal, de la cual se
produzca más de lo necesario. Examinad uno por uno todos los artículos expedidos por los
países de gran exportación, y veréis que casi todos se producen en cantidades
insuficientes hasta para los habitantes del país que los exporta.
No es un sobrante de trigo el que envía a Europa el campesino ruso. Las
mayores cosechas de trigo y de centeno en la Rusia europea dan lo preciso para la
población. Y, por lo general, el campesino se priva él mismo de lo necesario cuando
vende su trigo o su centeno para pagar el impuesto y la renta.
No es un sobrante de carbón lo que en Inglaterra se envía a todos los
ámbitos del globo, puesto que no le quedan más que setecientos cincuenta kilos por año
y habitante para el consumo doméstico interior, teniendo en cuenta que millones de
ingleses se privan de fuego en invierno o no lo sostienen más que lo preciso para hervir
un poco de hortaliza. De hecho (no hablemos de los artículos de lujo) no hay en el país
de mayor exportación, Inglaterra, más que una sola mercancía de uso general, los
tejidos de algodón, cuya producción acaso sea bastante cuantiosa para superar a las
necesidades. Y cuando se piensa en los harapos que reemplazan a la ropa blanca y de vestir
en más de la tercera parte de los habitantes del Reino Unido, está uno tentado a
preguntarse si las telas de algodón exportadas no representarán poco más o menos las
necesidades reales de la población.
Por lo general, no es un sobrante lo que se exporta, aunque las primeras
exportaciones hubiesen tenido este origen. La fábula del zapatero que andaba descalzo es
verdadera tanto para las naciones como para aquel artesano. Lo que se exporta es lo
necesario, y sucede así porque los trabajadores no pueden comprar con sólo su salario lo
que han producido pagando rentas, beneficios, intereses al capitalista y al banquero.
Todos los economistas nos dicen que si hay una ley económica bien
establecida es ésta: «El hombre produce más que consume». Después de
haber vivido de los productos del trabajo, siempre le queda un remanente. Una familia de
cultivadores produce con qué alimentar a muchas familias, y así por el estilo.
Para nosotros, esa frase tan repetida carece de sentido. Tal vez fuera
exacta si debiese significar que cada generación deja algo a las futuras. Un cultivador
planta un árbol que vivirá treinta, cuarenta años, un siglo, y cuyos nietos aún
cogerán el fruto. Si ha roturado una hectárea de suelo virgen, otro tanto ha crecido la
herencia de las generaciones por venir. El camino, el puente, el canal, la casa y sus
muebles, son otras tantas riquezas legadas a las generaciones siguientes.
Pero no se trata de eso. Nos dicen que el labrador produce más trigo del
que consume. Pudiera decirse más bien que, habiéndole quitado una buena parte de sus
productos el Estado bajo la forma de impuesto, el sacerdote en forma de renta, se ha
creado toda una clase de hombres que en otros tiempos consumían lo que producían salvo
la parte dejada para imprevistos o los gastos hechos en árboles, caminos, etcétera-,
pero que hoy se ven obligados a alimentarse de castañas o de maíz, a beber aguapié,
habiéndoles quitado el resto el Estado, el propietario, el sacerdote y el usurero.
Preferimos decir: El cultivador consume menos de lo que produce, porque se
le obliga a acostarse sobre paja y vender la pluma; a contentarse con aguapié y vender el
vino; a comer centeno y vender el trigo. Advirtamos también que tomando por punto de
partida las necesidades del individuo, se llega fatalmente al comunismo como
organización, que permite satisfacer todas esas necesidades de la manera más completa y
económica. Al paso que partiendo de la producción actual y proponiéndose nada más que
el beneficio o el sobrevalor, pero sin preguntarse si la producción responde a la
satisfacción de las necesidades, se llega fatalmente al capitalismo, o a lo sumo al
colectivismo (puesto que uno y otro no son más que formas distintas del asalariamiento).
En efecto, cuando se consideran las necesidades del individuo y de la
sociedad y los medios a que el hombre ha recurrido para satisfacerlas durante sus diversas
fases de desarrollo, se convence uno de lo necesario de solidarizar los esfuerzos, en vez
de abandonarlos a los azares de la producción actual. Se comprende que la apropiación
por algunos de todas las riquezas no consumidas, transmitiéndolas de una generación a
otra, va contra el interés general. Compruébase que de esta manera las necesidades de
las tres cuartas partes de la sociedad corren el riesgo de no quedar satisfechas, y que el
excesivo gasto de fuerza humana no es sino más inútil y más criminal.
Por último, compréndese que el empleo más ventajoso de todos los
productos es el que satisface las necesidades más apremiantes, y que el valor de utilidad
no depende de un simple capricho, como se ha afirmado a menudo, sino de la satisfacción
que da a necesidades reales.
La economía política se ha limitado siempre a comprobar los hechos que veía producirse
en la sociedad y a justificarlos en interés de la clase dominante. Lo mismo hace con respecto a
la división del trabajo creada por la industria: habiéndola encontrado ventajosa para los capitalistas,
la ha convertido en principio.
«Ved ese herrero de pueblo decía Adam Smith, el padre de la economía política
moderna-. Si nunca se ha habituado a hacer claves, a duras penas fabricará doscientos o trescientos
diarios. Pero si ese mismo herrero no hace más que clavos, producirá fácilmente hasta dos mil trescientos en
el curso de una sola jornada.»
Y Smith se apresuraba a sacar esta consecuencia: «Dividamos el trabajo, especialicemos
cada vez más; tengamos herreros que sólo sepan hacer cabezas o puntas de claves, y de esa manera
produciremos más y nos enriqueceremos.» En cuanto a saber si el herrero condenado por toda la vida a
no hacer más que cabezas de clavo perderá el interés por el trabajo; si no estará enteramente a merced
del patrono con ese oficio limitado; si no tendrá cuatro meses de paro forzoso al año; si no bajará su
salario cuando fácilmente se le pueda reemplazar con un aprendiz, Adam Smith no pensaba en nada de eso al exclamar:
«¡Viva la división del trabajo!
Y aun cuando un Sismondi o un J. B. Say advertían más tarde que la división del
trabajo, en lugar de enriquecer a la nación, sólo enriquecía a los ricos, y que reducido el trabajador a
hacer toda su vida la dieciochava parte de un alfiler, se embrutecía y caía en la miseria, ¿qué propusieron
los economistas oficiales? ¡Nada! No se dijeron que aplicándose así toda la vida a un solo trabajo
maquinal, el obrero perdería la inteligencia y el espíritu inventivo, y que, por el contrario, la variedad
en las ocupaciones produciría aumentar mucho la productividad de la nación.
Si no hubiese más que los economistas para predicar la división del trabajo permanente y
a menudo hereditaria, se les dejaría perorar a sus anchas. Pero las ideas profesadas por los
doctores de la ciencia se infiltran en los espíritus pervirtiéndolos, y a fuerza de oír hablar de la división
del trabajo, del interés, de la renta, del crédito, etcétera, como de problemas ha mucho tiempo resueltos, todo el mundo
(y el trabajador mismo) concluye por razonar como los economistas, por venerar idénticos fetiches.
Así vemos a gran número de socialistas, hasta los que no temen atacar los errores de la
ciencia, respetar el principio de la división del trabajo. Habladles de la organización de la
sociedad durante la revolución, y responden que debe sostenerse la división del trabajo; que si hacíais
puntas de alfileres antes de la revolución, las haréis también después de ella. Bueno; trabajaréis nada más
que cinco horas haciendo puntas de alfileres. Pero no haréis más que puntas de alfileres toda la vida, mientras
otros hacen máquinas y proyectos de máquinas que permiten afilar durante toda vuestra vida miles de millones de
alfileres, y otros se especializarán en las altas funciones del trabajo literario, científico, artístico,
etcétera. Has nacido amolador de puntas de alfileres, Pasteur ha nacido vacunador de la rabia, y la revolución
os dejará a uno y a otro con vuestros respectivos empleos.
Conocidas son las consecuencias de la división del trabajo. Evidentemente, estamos
divididos en dos clases: por una parte, los productores que consumen muy poco y están dispensados de
pensar, porque necesitan trabajar, y trabajan mal porque su cerebro permanece inactivo; y por otra parte,
los consumidores que producen poco tienen el privilegio de pensar por los otros, y piensan mal porque
desconocen todo un mundo, el de los trabajadores manuales. Los obreros de la tierra no saben nada de la
máquina: los que sirven las máquinas ignoran todo el trabajo de los campos. El ideal de la industria
moderna es el niño sirviendo una máquina que no puede ni debe comprender, y vigilantes que le multen si
distrae un momento su atención. Hasta se trata de suprimir por completo el trabajador agrícola. El ideal de
la agricultura industrial es Un hombre alquilado por tres meses y que conduzca un arado de vapor o una
trilladora. La división del trabajo es el hombre con rótulo y sello para toda su vida como anudador en
una manufactura, vigilante en una industria, impeledor de un carretón en tal sitio de una mina, pero sin
idea ninguna de conjunto de máquinas, ni de industria, ni de mina. Lo que se ha hecho con los hombres,
quiso hacerse también con las naciones. La humanidad se dividirá en fábricas nacionales, cada
una con su especialidad. Rusia está destinada por la naturaleza a cultivar trigo, Inglaterra a hacer
tejidos de algodón, Bélgica a fabricar paños, al paso que Suiza forma niñeras e institutrices. En cada
nación se especializaría también: Lyon a fabricar sederías, la Auvernia encajes y París artículos de capricho.
Esto era, según los economistas; ofrecer un campo ilimitado a la producción, al mismo tiempo que al consumo
una era de trabajo y de inmensa fortuna que se abría para el mundo.
Pero esas vastas esperanzas se desvanecen a medida que el saber técnico se difunde en el
universo.
Todo iba bien mientras Inglaterra era la única que fabricaba telas de algodón y
trabajaba los metales, mientras sólo París hacía juguetes artísticos podía predicarse lo que se llamaba la
división del trabajo, sin temor alguno de verse desmentido.
Pues bien; una nueva corriente induce a las naciones civilizadas a ensayar en su interior
todas las industrias, hallando ventajas en fabricar lo que antes recibían de los demás países, y
las mismas colonias tienden a pasarse sin su metrópoli. Como los descubrimientos de la ciencia universalizan
los procedimientos técnicos, es inútil en adelante pagar al exterior por un precio excesivo lo que es tan
fácil producir en casa.
Pero esta revolución en la industria, ¿no da una estocada a fondo ala teoría de la
división del trabajo, que se creía tan sólidamente establecida?
Al concluir las guerras napoleónicas, Inglaterra casi había
conseguido arruinar la gran industria que nacía en Francia a fines
del siglo pasado. Quedaba dueña de los mares y sin serios
competidores. Se aprovechó de eso para constituir un monopolio industrial, e
imponiendo a las naciones vecinas sus precios para las mercancías que
ella sola podía fabricar, amontonó riquezas sobre riquezas y supo
sacar partido de esa situación privilegiada y de todas sus ventajas.
Así, Francia ya no es tributaria de Inglaterra. A su vez ha
tratado de monopolizar ciertas ramas del comercio exterior, tales como las
sederías y la confección; de ello ha obtenido inmensos beneficios,
pero está a punto de perder para siempre ese monopolio, como
Inglaterra está a punto de perder para siempre el monopolio de los
tejidos y hasta de los hilados de algodón.
Marchando hacia Oriente, la industria se ha detenido en Alemania. Hace
treinta años, Alemania era tributaria de Inglaterra y de Francia en
la mayor parte de los productos de la gran industria: Ya no sucede eso en
nuestros días. En el curso de los últimos veinticinco.
años, y sobre todo después de la guerra, Alemania ha reformado
totalmente su industria. Las nuevas fábricas poseen las mejores
máquinas; las más recientes modas del arte industrial en
Manchester para las telas de algodón, o en Lyon para los tejidos de seda,
etcétera, se han realizado en las nuevas fábricas alemanas. Si
ha sido precisas dos o tres generaciones de trabajadores para encontrar la
maquinaria moderna en Lyon o en Manchester, Alemania la toma perfeccionada
del todo. Las escuelas técnicas, adecuadas a las necesidades de la
industria, suministran a los manufactureros un ejército de operarios
inteligentes, de ingenieros prácticos, que saben trabajar con las
manos y con la cabeza. La industria alemana comienza en el punto preciso
adonde han llegado Manchester y Lyon, después de cincuenta
años de esfuerzos, de ensayos y de tanteos.
De ahí resulta que Alemania, haciéndolo todo tan bien en su
casa, disminuye de año en año sus importaciones de Francia y
de Inglaterra. Ya es su rival para la exportación en Asia y en África, y
aún más en los mismos mercados de Londres y de París.
Las gentes cortas de vista pueden vociferar contra el tratado de Francfort,
pueden explicar la competencia alemana por pequeñas diferencias de
tarifas de ferrocarriles. Pueden decir que el alemán trabaja por
nada, deteniéndose en las pequeñeces de cada cuestión y
olvidando los grandes hechos históricos. Pero no es menos cierto que la gran
industria antes privilegio de Inglaterra y Francia ha dado un paso hacia
Oriente. Ha encontrado en Alemania un país joven, llenos de fuerza, y
una burguesía inteligente, ávida de enriquecerse a su vez con
el comercio exterior. Mientras Alemania se emancipaba de la tutela inglesa y
francesa y fabricaba ella misma sus tejidos de algodón, sus telas, sus
máquinas, en una palabra, todos los productos manufacturados; la gran
industria se implantaba a su vez en Rusia, donde el desarrollo de las
manufacturas es tanto más asombroso cuanto que han nacido ayer.
En la época de la abolición de la servidumbre, en 1861, Rusia no
tenía casi industria. Todas las máquinas, los raíles,
las locomotoras, las telas de lujo que necesitaba, le venían de
Occidente. Veinte años más tarde, poseía ya más
de ochenta y cinco mil manufacturas, y las mercancías producidas por
ella habían cuadruplicado de valor.
Las antiguas herramientas han sido reemplazadas por completo. Casi todo
el acero empleado hoy, los tres cuartos del hierro, los dos tercios del
carbón, todas las locomotoras, todos los vagones, todos los carriles, casi
todos los buques de vapor se han hecho en Rusia.
De país condenado según decían los economistas a
continuar siendo agrícola, Rusia se ha convertido en un país
industrial. No pide casi nada a Inglaterra, muy poco a Alemania.
Los economistas hacen responsables de estos hechos a las aduanas, pero
los productos manufacturados en Rusia se venden al mismo precio que los
ingleses en Londres. Como el capital no conoce patria, los capitalistas
alemanes e ingleses, seguidos de ingenieros y contramaestres de sus
naciones, han implantado en Rusia y en Polonia manufacturas que rivalizan
con las mejores manufacturas inglesas, por la excelencia de los productos.
Abolidas mañana las aduanas, las manufacturas sólo ganarán con
ello. En este mismo momento los ingenieros británicos están en
vías de dar el golpe de gracia a las importaciones de paños y
lanas de Occidente: montan en el mediodía de Rusia inmensas
manufacturas de lana, con las máquinas más perfectas de
Brahford, y dentro de diez años Rusia ya no importará
más que algunas piezas de paños ingleses y lanas francesas,
como muestras.
La gran industria no sólo marcha hacia Oriente; también se
extiende por las penínsulas del Sur. La exposición de Turín
mostró ya en 1884 los progresos de la industria italiana, y no nos dejemos
engañar: el odio entre las dos burguesías, francesa e
italiana, no tiene más origen que su rivalidad industrial. Italia se
emancipa de la tutela francesa y compite con los comerciantes franceses en
la cuenca mediterránea y en Oriente. Por eso, y no por otra cosa,
correrá un día la sangre en la frontera italiana, a menos que
la revolución no ahorre esa sangre preciosa.
También pudiéramos mencionar los rápidos progresos
de España en la senda de la gran industria. Pero fijémonos
más bien en el Brasil. ¿No le habían condenado los economistas
a cultivar para siempre el algodón, exportarlo en bruto y recibir a cambio
tejidos de algodón importados? En efecto, hace veinte años el Brasil
no tenía sino nueve míseras manufacturas de algodón, con
trescientos ochenta y cinco husillos. Hoy tiene cuarenta y seis; cinco de
ellas poseen cuarenta mil husillos y echan al mercado treinta millones de
metros de tela de algodón cada año.
Hasta Méjico se pone a fabricar esas telas, en vez de importarlas
de Europa. Y en cuanto a los Estados Unidos, se han libertado de la tutela
europea. La gran industria se ha desarrollado allí triunfalmente.
Pero la India es quien tenía que dar el más brillante
mentís a los partidarios de la especialización de las industrias
nacionales.
Conocida es la siguiente teoría: hacen falta colonias a las
grandes naciones europeas. Estas colonias enviarán a la metrópoli
productos en bruto, fibras de algodón, lana en bruto, especias,
etcétera. Y la metrópoli les enviará esos productos
manufacturados, telas pasadas, hierro viejo en forma de máquinas
caídas en desuso, en una palabra, toda aquello que no necesita, que
le cuesta poco o nada y que no por eso dejará de vender a un precio
exorbitante.
Tal era la teoría: tal fue durante largo tiempo la
práctica. Se ganaban fortunas en Londres y en Manchester, mientras se
arruinaban las Indias. Id al Museo Indico en Londres y veréis
riquezas inauditas, insensatas, amontonadas en Calcuta y en Bombay por los
negociantes ingleses. Pero otros negociantes y otros capitalistas ingleses
igualmente, concibieron la idea muy natural de que sería más
sencillo explotar a los habitantes de la India directamente y hacer esas
telas de algodón en las mismas Indias, en lugar de importarlas de Inglaterra
anualmente por quinientos o seiscientos millones de pesetas.
Al principio no fue más que una serié de fracasos. Los
tejedores indios artistas en su oficio no podían habituarse al
régimen de la fábrica. Las maquinas remitidas de Liverpool
eran malas; también había que tener en cuenta el clima y
adaptarse a nuevas condiciones, hoy satisfechas todas, y la India inglesa
truécase en una rival cada vez más amenazadora de las
manufacturas de la metrópoli.
Hoy posee ochenta manufacturas de algodón, que emplean ya cerca de
sesenta mil trabajadores, y que en 1885 habían fabricado ya
más de 1.450.000 toneladas métricas de tejidos. Exporta
anualmente a China, a las Indias holandesas y al África por valor de cerca
de cien millones de pesetas de esos mismos algodones blancos que se
decía ser la especialidad de Inglaterra. Y mientras los trabajadores
ingleses tienen paro forzoso y caen en la miseria, las mujeres indias,
pagadas a razón de sesenta céntimos al día, son quienes hacen
a máquina las telas de algodón que se venden en los puertos del
extremo Oriente.
En resumen, no está lejos el día y los manufactureros
inteligentes no lo disimulan en que no se sabrá qué hacer de
los brazos que se ocupan en Inglaterra en fabricar tejidos de algodón para
exportarlos. Y eso no es todo; de informes muy series resulta que dentro de
diez años la India no comprará ni una sola tonelada de hierro
a Inglaterra. Se han vencido las primeras dificultades para emplear la hulla
y el hierro de las Indias, y fábricas rivales de las inglesas
levántanse ya en las costas del Océano índico.
La colonia haciendo competencia a la metrópoli por sus productos
manufacturados: he aquí el fenómeno determinante de la
economía del siglo XIX.
¿Y por qué no había de hacerlo? ¿Qué le falta? ¿El
capital? El capital va a todas partes donde se encuentran miserables a
quienes explotar. ¿El saber? El saber no conoce las barreras nacionales.
¿Los conocimientos técnicos del obrero? Pero, ¿acaso es inferior el
obrero indio a esos noventa y dos mil niños y niñas menores de
quince años que trabajan en este momento en las manufacturas textiles
de Inglaterra?
En efecto, es insensato exportar el trigo e importar las harinas,
exportar la lana e importar paño, exportar el hierro e importar las
máquinas, no sólo porque esos transportes ocasionan gastos
inútiles, sino sobre todo porque un país que no tiene
desarrollada laa industria queda por fuerza atrasado en agricultura; porque
un país que no tiene grandes fábricas para trabajar el acero,
va también atrasado en todas las demás industrias; en fin,
porque gran número de capacidades industriales y técnicas
quedan sin empleo.
Todo se enlaza hoy en el mundo de la producción. Ya no es posible
cultivar la tierra sin máquinas; sin potentes riegos, sin
ferrocarriles, sin fábricas de abonos. Y para tener esas
máquinas adecuadas a las condiciones locales, esos ferrocarriles,
esos artefactos de hierro, etcétera, es preciso que se desarrolle
cierto espíritu de invención, cierta habilidad técnica que no
pueden manifestarse en tanto que la azada y la reja del arado sean los
únicos instrumentos de cultivo.
Para que el campo esté bien cultivado, para que dé las
prodigiosas cosechas que el hombre tiene derecho a pedirle, es preciso que a
su alcance humeen muchas fábricas y manufacturas.
La variedad de las ocupaciones y de las capacidades que de ella surgen,
integradas con la mira de un fin común: he ahí la verdadera
fuerza del progreso.
Y ahora imaginemos una ciudad, un territorio, vasto o exiguo, poco
importa cuál; que dan los primeros pasos en la senda de la revolución
social.
«Nada cambiará se nos ha dicho algunas veces-, Se
expropiarán los talleres y fábricas, se proclamarán
propiedad nacional o municipal, y cada uno volverá a su trabajo de
costumbre. La revolución quedará hecha.»
Pues bien, no; la revolución social no se hará con esa sencillez.
Ya lo hemos dicho. Que mañana estalle la revolución en París,
en Lyon o en cualquier otra ciudad; que mañana se ponga mano, en
París o no importa dónde, en las fábricas, las casas o la
banca, y toda la producción actual deberá cambiar de aspecto por ese
solo hecho.
Disminuida la entrada de víveres y aumentado el consumo; sin
trabajo tres millones de franceses que se ocupaban en la exportación; no
llegando mil cosas que, hoy se reciben de países lejanos o próximos;
suspensas temporalmente las industrias de lujo, ¿qué harán los
habitantes para tener que comer al cabo de seis meses?
Los ciudadanos deberán hacerse agricultores. No a la manera del
campesino que se derrenga con el arado para recoger apenas su alimento
anual, sino siguiendo los principios de la agricultura intensiva, hortelana,
aplicados en vastas proporciones por medio de las mejores máquinas
que el hombre ha inventado y pueda inventar. Se cultivará, pero no
como la bestia de carga del Canal; se reorganizará el cultivo, no
dentro de diez años, sino inmediatamente, en medio de las luchas
revolucionarias, so pena de sucumbir ante el enemigo. Se cultivará;
pero también habrá que producir mil cosas que tenemos
costumbre de pedir al extranjero. Y no olvidemos que para los habitantes del
territorio insurrecto, será extranjero todo aquel que no le haya
seguido en su revolución. Habrá que saber pasarse sin ese extranjero,
y se pasará. Francia inventó el azúcar de remolacha cuando
llega a faltarle el azúcar de caña a consecuencia del bloqueo
continental. París encontró el salitre en sus cuevas, cuando no le
llegaba de ninguna parte. ¿Seríamos inferiores a nuestros abuelos,
que apenas silabeaban las primeras palabras de la ciencia?
Al concluir las guerras napoleónicas, Inglaterra casi había conseguido arruinar la gran industria que nacía en Francia a fines del siglo pasado. Quedaba dueña de los mares y sin serios competidores. Se aprovechó de eso para constituir un monopolio industrial, e imponiendo a las naciones vecinas sus precios para las mercancías que ella sola podía fabricar, amontonó riquezas sobre riquezas y supo sacar partido de esa situación privilegiada y de todas sus ventajas.
Así, Francia ya no es tributaria de Inglaterra. A su vez ha tratado de monopolizar ciertas ramas del comercio exterior, tales como las sederías y la confección; de ello ha obtenido inmensos beneficios, pero está a punto de perder para siempre ese monopolio, como Inglaterra está a punto de perder para siempre el monopolio de los tejidos y hasta de los hilados de algodón.
Marchando hacia Oriente, la industria se ha detenido en Alemania. Hace treinta años, Alemania era tributaria de Inglaterra y de Francia en la mayor parte de los productos de la gran industria: Ya no sucede eso en nuestros días. En el curso de los últimos veinticinco. años, y sobre todo después de la guerra, Alemania ha reformado totalmente su industria. Las nuevas fábricas poseen las mejores máquinas; las más recientes modas del arte industrial en Manchester para las telas de algodón, o en Lyon para los tejidos de seda, etcétera, se han realizado en las nuevas fábricas alemanas. Si ha sido precisas dos o tres generaciones de trabajadores para encontrar la maquinaria moderna en Lyon o en Manchester, Alemania la toma perfeccionada del todo. Las escuelas técnicas, adecuadas a las necesidades de la industria, suministran a los manufactureros un ejército de operarios inteligentes, de ingenieros prácticos, que saben trabajar con las manos y con la cabeza. La industria alemana comienza en el punto preciso adonde han llegado Manchester y Lyon, después de cincuenta años de esfuerzos, de ensayos y de tanteos.
De ahí resulta que Alemania, haciéndolo todo tan bien en su casa, disminuye de año en año sus importaciones de Francia y de Inglaterra. Ya es su rival para la exportación en Asia y en África, y aún más en los mismos mercados de Londres y de París. Las gentes cortas de vista pueden vociferar contra el tratado de Francfort, pueden explicar la competencia alemana por pequeñas diferencias de tarifas de ferrocarriles. Pueden decir que el alemán trabaja por nada, deteniéndose en las pequeñeces de cada cuestión y olvidando los grandes hechos históricos. Pero no es menos cierto que la gran industria antes privilegio de Inglaterra y Francia ha dado un paso hacia Oriente. Ha encontrado en Alemania un país joven, llenos de fuerza, y una burguesía inteligente, ávida de enriquecerse a su vez con el comercio exterior. Mientras Alemania se emancipaba de la tutela inglesa y francesa y fabricaba ella misma sus tejidos de algodón, sus telas, sus máquinas, en una palabra, todos los productos manufacturados; la gran industria se implantaba a su vez en Rusia, donde el desarrollo de las manufacturas es tanto más asombroso cuanto que han nacido ayer.
En la época de la abolición de la servidumbre, en 1861, Rusia no tenía casi industria. Todas las máquinas, los raíles, las locomotoras, las telas de lujo que necesitaba, le venían de Occidente. Veinte años más tarde, poseía ya más de ochenta y cinco mil manufacturas, y las mercancías producidas por ella habían cuadruplicado de valor.
Las antiguas herramientas han sido reemplazadas por completo. Casi todo el acero empleado hoy, los tres cuartos del hierro, los dos tercios del carbón, todas las locomotoras, todos los vagones, todos los carriles, casi todos los buques de vapor se han hecho en Rusia.
De país condenado según decían los economistas a continuar siendo agrícola, Rusia se ha convertido en un país industrial. No pide casi nada a Inglaterra, muy poco a Alemania.
Los economistas hacen responsables de estos hechos a las aduanas, pero los productos manufacturados en Rusia se venden al mismo precio que los ingleses en Londres. Como el capital no conoce patria, los capitalistas alemanes e ingleses, seguidos de ingenieros y contramaestres de sus naciones, han implantado en Rusia y en Polonia manufacturas que rivalizan con las mejores manufacturas inglesas, por la excelencia de los productos. Abolidas mañana las aduanas, las manufacturas sólo ganarán con ello. En este mismo momento los ingenieros británicos están en vías de dar el golpe de gracia a las importaciones de paños y lanas de Occidente: montan en el mediodía de Rusia inmensas manufacturas de lana, con las máquinas más perfectas de Brahford, y dentro de diez años Rusia ya no importará más que algunas piezas de paños ingleses y lanas francesas, como muestras.
La gran industria no sólo marcha hacia Oriente; también se extiende por las penínsulas del Sur. La exposición de Turín mostró ya en 1884 los progresos de la industria italiana, y no nos dejemos engañar: el odio entre las dos burguesías, francesa e italiana, no tiene más origen que su rivalidad industrial. Italia se emancipa de la tutela francesa y compite con los comerciantes franceses en la cuenca mediterránea y en Oriente. Por eso, y no por otra cosa, correrá un día la sangre en la frontera italiana, a menos que la revolución no ahorre esa sangre preciosa.
También pudiéramos mencionar los rápidos progresos de España en la senda de la gran industria. Pero fijémonos más bien en el Brasil. ¿No le habían condenado los economistas a cultivar para siempre el algodón, exportarlo en bruto y recibir a cambio tejidos de algodón importados? En efecto, hace veinte años el Brasil no tenía sino nueve míseras manufacturas de algodón, con trescientos ochenta y cinco husillos. Hoy tiene cuarenta y seis; cinco de ellas poseen cuarenta mil husillos y echan al mercado treinta millones de metros de tela de algodón cada año.
Hasta Méjico se pone a fabricar esas telas, en vez de importarlas de Europa. Y en cuanto a los Estados Unidos, se han libertado de la tutela europea. La gran industria se ha desarrollado allí triunfalmente.
Pero la India es quien tenía que dar el más brillante mentís a los partidarios de la especialización de las industrias nacionales.
Conocida es la siguiente teoría: hacen falta colonias a las grandes naciones europeas. Estas colonias enviarán a la metrópoli productos en bruto, fibras de algodón, lana en bruto, especias, etcétera. Y la metrópoli les enviará esos productos manufacturados, telas pasadas, hierro viejo en forma de máquinas caídas en desuso, en una palabra, toda aquello que no necesita, que le cuesta poco o nada y que no por eso dejará de vender a un precio exorbitante.
Tal era la teoría: tal fue durante largo tiempo la práctica. Se ganaban fortunas en Londres y en Manchester, mientras se arruinaban las Indias. Id al Museo Indico en Londres y veréis riquezas inauditas, insensatas, amontonadas en Calcuta y en Bombay por los negociantes ingleses. Pero otros negociantes y otros capitalistas ingleses igualmente, concibieron la idea muy natural de que sería más sencillo explotar a los habitantes de la India directamente y hacer esas telas de algodón en las mismas Indias, en lugar de importarlas de Inglaterra anualmente por quinientos o seiscientos millones de pesetas.
Al principio no fue más que una serié de fracasos. Los tejedores indios artistas en su oficio no podían habituarse al régimen de la fábrica. Las maquinas remitidas de Liverpool eran malas; también había que tener en cuenta el clima y adaptarse a nuevas condiciones, hoy satisfechas todas, y la India inglesa truécase en una rival cada vez más amenazadora de las manufacturas de la metrópoli.
Hoy posee ochenta manufacturas de algodón, que emplean ya cerca de sesenta mil trabajadores, y que en 1885 habían fabricado ya más de 1.450.000 toneladas métricas de tejidos. Exporta anualmente a China, a las Indias holandesas y al África por valor de cerca de cien millones de pesetas de esos mismos algodones blancos que se decía ser la especialidad de Inglaterra. Y mientras los trabajadores ingleses tienen paro forzoso y caen en la miseria, las mujeres indias, pagadas a razón de sesenta céntimos al día, son quienes hacen a máquina las telas de algodón que se venden en los puertos del extremo Oriente.
En resumen, no está lejos el día y los manufactureros inteligentes no lo disimulan en que no se sabrá qué hacer de los brazos que se ocupan en Inglaterra en fabricar tejidos de algodón para exportarlos. Y eso no es todo; de informes muy series resulta que dentro de diez años la India no comprará ni una sola tonelada de hierro a Inglaterra. Se han vencido las primeras dificultades para emplear la hulla y el hierro de las Indias, y fábricas rivales de las inglesas levántanse ya en las costas del Océano índico.
La colonia haciendo competencia a la metrópoli por sus productos manufacturados: he aquí el fenómeno determinante de la economía del siglo XIX.
¿Y por qué no había de hacerlo? ¿Qué le falta? ¿El capital? El capital va a todas partes donde se encuentran miserables a quienes explotar. ¿El saber? El saber no conoce las barreras nacionales. ¿Los conocimientos técnicos del obrero? Pero, ¿acaso es inferior el obrero indio a esos noventa y dos mil niños y niñas menores de quince años que trabajan en este momento en las manufacturas textiles de Inglaterra?
Después de haber echado una ojeada a las industrias nacionales, sería interesantísimo hacer lo mismo con las industrias especializadas.
Tenemos, por ejemplo, la seda, producto eminentemente francés en la primera mitad de este siglo. Sabido es cómo Lyon se hizo el centro de la industria de la seda, recolectada al principio en el Mediodía, pero que poco a poco se ha pedido a Italia, a España, al Austria, al Cáucaso, al Japón, para hacer sederías. De cinco millones de kilos de seda cruda transformada en tejidos en la región lionesa en 1875, sólo cuatrocientos mil kilos eran de seda francesa.
Pero puesto que Lyon trabajaba con sedas importadas, ¿por qué no habían de hacer lo mismo Suiza, Alemania y Rusia? El arte de la seda se desarrolló poco a poco en los pueblos del cantón de Zurich. Basliea se hizo un gran centro sedero. La administración del Cáucaso invitó a mujeres de Marsella y obreros de Lyon a ir a enseñar a los georgianos el cultivo perfeccionado del gusano de seda y a los campesinos del Cáucaso el arte de transformar la seda en telas. Austria les imitó. Alemania, con ayuda de obreros lioneses, montó inmensos talleres de sederías. Los Estados Unidos hicieron otro tanto en Paterson...
Y hoy la industria de la seda ya no es industria francesa. Se hacen sederías en Alemania, en Austria, en los Estados Unidos, en Inglaterra. Los campesinos del Cáucaso tejen en invierno pañuelos de seda a un precio que dejaría sin pan a los obreros de Lyon. Italia envía sederías a Francia; y Lyon, que exportaba en 1870-74 por valor de cuatrocientos sesenta millones de pesetas, ya no exporta más que doscientos treinta y tres. Muy pronto no enviará al extranjero más que los tejidos superiores o algunas novedades, para servir de modelos a los alemanes, rusos y japoneses.
Lo mismo sucede con todas las industrias. Bélgica ya no tiene el monopolio de los paños: se hacen en Alemania, Rusia, Austria, los Estados Unidos. Suiza y el Jura francés ya no tienen el monopolio de la relojería; se fabrican relojes en todas partes. Escocia no refina ya los azúcares para Rusia; se importa azúcar ruso en Inglaterra. Aunque Italia no tiene hierro ni hulla, forja ella misma sus acorazados y construye las máquinas de buques de vapor. La industria química ya no es monopolio de Inglaterra; se hace ácido sulfúrico y Sosa en todas partes. Las máquinas de todas clases, fabricadas en los alrededores de Zurich, hacíanse notar en la última Exposición universal. Suiza, que no tiene hulla ni hierro nada más que excelentes escuelas técnicas hace máquinas mejores y más baratas que Inglaterra. He aquí lo que queda de la teoría de los cambios.
Cada nación halla ventaja en combinar dentro de su territorio la agricultura con la mayor variedad posible de fábricas y manufacturas. La especialización de que los economistas nos han hablado era buena para enriquecer a algunos capitalistas; pero no tiene razón de ser, y por el contrario, es muy ventajoso que cada país pueda cultivar su trigo y sus legumbres y fabricar todos los productos manufacturados que consume. Esta diversidad es la mejor prueba del completo desarrollo de la producción por el concurso mutuo y de cada uno de los elementos del progreso, mientras que la especialización es la contención del progreso.
En efecto, es insensato exportar el trigo e importar las harinas, exportar la lana e importar paño, exportar el hierro e importar las máquinas, no sólo porque esos transportes ocasionan gastos inútiles, sino sobre todo porque un país que no tiene desarrollada laa industria queda por fuerza atrasado en agricultura; porque un país que no tiene grandes fábricas para trabajar el acero, va también atrasado en todas las demás industrias; en fin, porque gran número de capacidades industriales y técnicas quedan sin empleo.
Todo se enlaza hoy en el mundo de la producción. Ya no es posible cultivar la tierra sin máquinas; sin potentes riegos, sin ferrocarriles, sin fábricas de abonos. Y para tener esas máquinas adecuadas a las condiciones locales, esos ferrocarriles, esos artefactos de hierro, etcétera, es preciso que se desarrolle cierto espíritu de invención, cierta habilidad técnica que no pueden manifestarse en tanto que la azada y la reja del arado sean los únicos instrumentos de cultivo.
Para que el campo esté bien cultivado, para que dé las prodigiosas cosechas que el hombre tiene derecho a pedirle, es preciso que a su alcance humeen muchas fábricas y manufacturas.
La variedad de las ocupaciones y de las capacidades que de ella surgen, integradas con la mira de un fin común: he ahí la verdadera fuerza del progreso.
Y ahora imaginemos una ciudad, un territorio, vasto o exiguo, poco importa cuál; que dan los primeros pasos en la senda de la revolución social.
«Nada cambiará se nos ha dicho algunas veces-, Se expropiarán los talleres y fábricas, se proclamarán propiedad nacional o municipal, y cada uno volverá a su trabajo de costumbre. La revolución quedará hecha.»
Pues bien, no; la revolución social no se hará con esa sencillez. Ya lo hemos dicho. Que mañana estalle la revolución en París, en Lyon o en cualquier otra ciudad; que mañana se ponga mano, en París o no importa dónde, en las fábricas, las casas o la banca, y toda la producción actual deberá cambiar de aspecto por ese solo hecho.
Disminuida la entrada de víveres y aumentado el consumo; sin trabajo tres millones de franceses que se ocupaban en la exportación; no llegando mil cosas que, hoy se reciben de países lejanos o próximos; suspensas temporalmente las industrias de lujo, ¿qué harán los habitantes para tener que comer al cabo de seis meses?
Los ciudadanos deberán hacerse agricultores. No a la manera del campesino que se derrenga con el arado para recoger apenas su alimento anual, sino siguiendo los principios de la agricultura intensiva, hortelana, aplicados en vastas proporciones por medio de las mejores máquinas que el hombre ha inventado y pueda inventar. Se cultivará, pero no como la bestia de carga del Canal; se reorganizará el cultivo, no dentro de diez años, sino inmediatamente, en medio de las luchas revolucionarias, so pena de sucumbir ante el enemigo. Se cultivará; pero también habrá que producir mil cosas que tenemos costumbre de pedir al extranjero. Y no olvidemos que para los habitantes del territorio insurrecto, será extranjero todo aquel que no le haya seguido en su revolución. Habrá que saber pasarse sin ese extranjero, y se pasará. Francia inventó el azúcar de remolacha cuando llega a faltarle el azúcar de caña a consecuencia del bloqueo continental. París encontró el salitre en sus cuevas, cuando no le llegaba de ninguna parte. ¿Seríamos inferiores a nuestros abuelos, que apenas silabeaban las primeras palabras de la ciencia?
Cada vez que se habla de la agricultura imaginase siempre el campesino encorvado sobre la esteva, echando al azar un trigo mal cernido y esperando con ansia lo que le traiga la buena o mala estación.
Al paso que una familia antes necesitaba tener por lo menos siete u ocho
hectáreas para vivir con los productos del suelo y ya se sabe cómo
viven los campesinos-, ya no se puede ahora ni aun decir cuál es la
mínima extensión de terreno necesaria para dar a una familia todo lo
que se puede extraer de la tierra, lo necesario y lo de lujo,
cultivándola con arreglo a los procedimientos del cultivo intensivo.
Si se nos preguntase cuál es el número de personas que pueden
vivir muy bien en una legua cuadrada, sin importar ningún producto
agrícola nos sería difícil contestar.
Hace diez años podía ya afirmarse que una población de
cien millones lograría vivir muy bien de los productos del suelo
francés sin importar nada. Pero hoy, al ver los progresos realizados
recientemente lo mismo en Francia que en Inglaterra, y al contemplar los
nuevos horizontes que se abren ante nosotros, diremos que cultivando la
tierra como la cultivan ya en muchos sitios, aun en terrenos pobres cien
millones de habitantes en los cincuenta millones de hectáreas del
suelo francés serían aún una cortísima
proporción de lo que ese suelo pudiera alimentar.
Puede considerarse como absolutamente demostrado que si París y
los dos departamentos del Sena y del Sena y Oise se organizasen
mañana en comunidad anarquista donde todos trabajasen con sus brazos,
y si el universo entero se negase a enviarles un solo celemín de
trigo, una sola cabeza de ganado, una sola banasta de fruta, y no les dejase
más que el territorio de ambos departamentos, podrían producir
ellos mismos no sólo el trigo, la carne y las hortalizas necesarias, sino
también todas las frutas de lujo, en cantidades suficientes para la
población urbana y rural.
Y además afirmamos que el gasto total de trabajo humano
sería mucho menor que el empleado actualmente para alimentar a esa
población con trigo recolectado en Auvernia o en Rusia, con las legumbres
producidas por el cultivo en grande en todas partes y con las frutas
maduradas en el Mediodía. Nunca se ha tenido en cuenta el trabajo
invertido por los viticultores del Mediodía para cultivar la
viña, ni por los labradores rusos o húngaros para cultivar el
trigo, por fértiles que sean sus praderas y sus campos. Con sus
actuales procedimientos de cultivo extensivo, se toman infinitamente
más trabajo del necesario para obtener los mismos productos por el
cultivo intensivo, aun en climas muchísimo menos benignos y en un
suelo naturalmente menos rico.
Nos sería imposible citar aquí la masa de los dates en los
cuales fundamos nuestras afirmaciones. Para mayores informes, remitimos a
los lectores a los artículos que hemos publicado en inglés,
pero sobre todo a quienes les interese el asunto les recomendamos que lean
algunas excelentes obras publicadas en Francia.
En cuanto a los habitantes de las grandes ciudades, que aún no
tienen ninguna idea real de lo que puede ser la agricultura, les aconsejamos
que recorran a pie las campiñas inmediatas y estudien su cultivo. Que
observen, que hablen con los hortelanos, y un mundo nuevo se abrirá
ante ellos. Así podrán entrever lo que será el cultivo
europeo en el siglo XX y qué fuerza tendrá la revolución
social cuando se conozca el secreto de obtener de la tierra todo cuando se
le pide.
Sabido es en qué miserables condiciones se encuentra la
agricultura en Europa. Si el Cultivador del suelo no es desvalijado por el
propietario territorial, lo es por el Estado. El propietario, el Estado y el
usurero, roban al cultivador con la renta, la contribución y el
rédito. La suma robada varía en cada país: nunca es
menor que la cuarta parte, y muy a menudo es la mitad del producto bruto En
Francia, la agricultura paga al Estado 44 por 100 del producto bruto.
Hay más. La parte del propietario y la del Estado van siempre en
amento. Tan pronto como por prodigios de trabajo, de invención o de
iniciativa, ha obtenido mayores cosechas el cultivador, aumenta en
proporción el tributo que deberá al Estado, al propietario o al
usurero. Si dobla el número de hectolitros recogidos por
hectárea, duplicará la renta, y por consiguiente los
impuestos, que el Estado se apresurará a elevar aún más
si suben los precios. En todas partes el cultivador del suelo trabaja de
doce a dieciséis horas diarias; en todas partes le arrebatan esas
tres aves de rapiña todo lo que pudiera ahorrar; en todas partes le
roban lo que podría servirle para mejorar el cultivo. Por eso
permanece estacionaria la agricultura.
Sólo conseguirá dar un paso adelante en condiciones excepcionales
por una disputa entre sus tres vampiros, por un esfuerzo de inteligencia o
por un aumento de trabajo. Y aún no hemos dicho nada del tributo que
cada cultivador paga al industrial, quien le vende por triple o
cuádruple de lo que cuestan cada máquina, cada azadón, cada
tonel de abono químico. No olvidemos tampoco los intermediarios, que
se llevan la parte del león en los productos del suelo.
En las praderas de América (que sólo dan mezquinas cosechas de
siete a doce hectolitros por hectárea, cuando periódicas y frecuentes
sequías no las perjudican), quinientos hombres que trabajan ocho
meses del año producen el alimento anual de cincuenta mil personas.
Los resultados se obtienen allí por una gran economía. En
aquellas vastas llanuras, que no puede abarcar la vista, están
organizadas casi militarmente la labranza, la siega y la trilla: nada de
idas y venidas inútiles, nada de perder el tiempo. Todo se hace con
la exactitud de un desfile. Este es el cultivo en grande, extensivo.
Pero hay también el cultivo intensivo, en ayuda: del cual vienen
y vendrán más cada vez las máquinas. Se propone sobre
todo cultivar bien un espacio limitado, abonarlo y corregirlo, concentrar el
trabajo y obtener el mayor rendimiento posible. Este género de
cultivo se extiende cada año, y al paso que se contentan con una
cosecha media de diez a doce hectolitros en el cultivo en grande en el
Mediodía de Francia y en las tierras fértiles del Oeste
americano, se recolectan por lo regular treinta y seis y hasta cincuenta, o
a veces cincuenta y seis hectolitros, en el Norte de Francia. El consumo
anual de un hombre se obtiene así de la superficie de una doceava
parte de la hectárea.
Y cuanto mas intensidad se da al cultivo, menos trabajo se gasta para
obtener el hectolitro de trigo. La máquina reemplaza al hombre en los
trabajos preparatorios y hace de una vez para siempre mejoras, tales como el
desagüe y el despedregamiento, que permiten duplicar las cosechas
futuras. Algunas veces, nada más que una labor profunda permite
obtener de un suelo mediano excelentes cosechas de año en año,
sin estercolar nunca. Así se ha hecho durante veinte años en
Rothamstead, cerca de Londres.
No hagamos novelas agrícolas. Detengámonos en aquella
cosecha de cuarenta hectolitros, que no requiere un suelo excepcional, sino
sencillamente racional cultivo, y veamos lo que esto significa.
Los tres millones seiscientos mil individuos que habitan en los
departamentos del Sena y del Sena y Oise consumen al año para
alimentarse un poco menos de ocho millones de hectolitros de cereales,
principalmente de trigo. En nuestra hipótesis, para obtener esta cosecha,
necesitarían cultivar doscientas mil hectáreas, de las
seiscientas diez mil que poseen.
Es evidente que no las cultivarán con azadón. Eso exigiría
demasiado tiempo: doscientas cuarenta jornadas de cinco horas por
hectárea. Mejorarían más bien de una vez para siempre
el suelo desaguando lo que debiera desaguarse, allanando lo que se necesite
allanar, despedregando el terreno, aunque en ese trabajo preparatorio
hubiera que emplear cinco millones de jornadas de cinco horas, o sea,
término medio, veinticinco jornadas por hectárea.
En seguida labrarían con arado de vapor de vertedera profunda, y
luego con arado doble, invirtiendo en cada labor cuatro jornadas. No
cogerán la semilla al azar, sino escogiéndola con harnero de
vapor. No sembrarán a voleo, sino a golpe, en línea. Y con
todo eso, no se habrán empleado ni veinticinco jornadas de cinco
horas por hectárea, si el trabajo se hace en buenas condiciones. Si
durante tres o cuatro años se dedican diez millones de jornadas a un
buen cultivo, se podrían conseguir más tarde cosechas de
cuarenta y de cincuenta hectolitros no empleando más que la mirad del
tiempo.
Así, pues, no se habrán invertido más que quince
millones de jornadas para dar pan a esa población de tres millones
seiscientos mil habitantes. Y todos los trabajos serían tales, que
cada cual podría desempeñarlos, sin tener para eso
músculos de acero ni haber trabajado nunca en la tierra antes. La
iniciativa y la distribución general de los trabajos serían de los
que saben lo que requiere la tierra.
Pues bien; cuando se piensa que en el caos actual, sin contar los
desocupados de la holgazanería elevada, hay cerca de cien mil hombres
parados en sus respectivos oficios, se ve que la fuerza perdida en nuestra
organización actual bastaría por sí sola para dar, por un
cultivo racional, el pan necesario para los tres o cuatro millones de
habitantes de ambos departamentos.
Repetimos que esto no es novela, y ni siquiera hemos hablado del cultivo
verdaderamente intensivo, que da resultados mucho más pasmosos. No
hemos calculado con arreglo al trigo obtenido por Mr. Hallet en tres
años, y en que un solo grano repuntado produjo una mata con
más de diez mil granos, lo que permitirla en caso necesario recoger
todo el trigo para una familia de cinco personas en el espacio de un
centenar de metros cuadrados. Por el contrario, sólo hemos citado lo que
hacen ya numerosos granjeros en Francia, Inglaterra, Bélgica,
Flandes, etcétera, y lo que podría hacerse desde
mañana, con la experiencia y saber ya adquiridos por la
práctica en grande.
Los ingleses, que comen mucha carne, consumen por término medio
un poco menos de cien kilos por adulto y año: suponiendo que todas
las carnes consumidas fuesen de buey cebón, sumaría un poco menos de
un tercio de buey. Un buey por año para cinco personas (incluyendo
los niños) es ya una ración suficiente. Para tres millones y medio de
habitantes daría un consumo anual de setecientas mil cabezas de
ganado. Hoy, con el sistema de pastoreo, se necesitan por lo menos dos
millones de hectáreas para alimentar seiscientas sesenta mil cabezas
de ganado.
Sin embargo, con praderas modestísimamente regadas por medio de
agua manantial (como se han creado recientemente en miles de
hectáreas en el suroeste de Francia), son suficientes quinientas mil
hectáreas. Pero si se practica el cultivo intensivo, plantando
remolacha como alimento, sólo se necesita la cuarta parte de ese espacio, es
decir, ciento veinticinco mil hectáreas. Y cuando se recurre al
maíz, ensilándolo como los árabes, se Obtiene todo el
forraje necesario n una superficie de ochenta y ocho mil hectáreas.
En los alrededores de Milán, donde utilizan las aguas de las
alcantarillas para regar las praderas, en nueve mil hectáreas de
regadío se obtiene alimento para cuatro a seis cabezas de ganado
bovino, y en algunas parcelas favorecidas se han recolectado hasta cuarenta
y cinco toneladas de heno seco por hectárea, lo cual da alimento
anual para nueve vacas lecheras. Tres hectáreas por cabeza de ganado
en pastoreo y nueve bueyes o vacas por hectárea: he aquí los
extremos de la agricultura moderna.
En la isla de Guernesey, en un total de cuatro mil hectáreas
utilizadas, cerca de la mitad (mil novecientas hectáreas)
están cubiertas de cereales y de huertas, y sólo quedan dos mil cien
para prados; en esas dos mil cien hectáreas se alimentan mil
cuatrocientos ochenta caballos, siete mil doscientas sesenta cabezas de
ganado vacuno, novecientos carneros y cuatro mil doscientos cerdos, lo cual
hace tres cabezas de ganado bovino por hectárea, sin contar los
caballos, los carneros y los cerdos. Es inútil añadir que la
fertilidad del suelo se hace corrigiéndolo con algas y abonos
químicos.
Volviendo a nuestros tres millones y medio de habitantes de la ciudad de
París, se ve que la superficie necesaria para criar ese ganado
desciende desde dos millones de hectáreas hasta ochenta y ocho mil.
Pues bien; no tomemos las cifras más bajas, sino las del cultivo
intensivo ordinario; añadamos el terreno necesario para el ganado
menor y pongamos ciento sesenta mil hectáreas o doscientas mil, de
las cuatrocientas diez mil hectáreas que nos quedan, después
de haber provisto el pan necesario para la población. Pongamos por largo
cinco millones de jornadas para poner ese espacio en condiciones de
producción.
Así, pues, empleando veinte millones de jornadas de trabajo por
año, la mitad para mejoras permanentes, tendremos seguros el pan y la
carne, sin contar además con las aves de corral, cerdos cebados,
conejos, etcétera, y sin contar con que, habiendo excelentes
legumbres y frutos, la población consumirá menos carne que los
ingleses, que suplen con la alimentación animal su pobreza en alimentos
vegetales. Veinte millones de jornadas de cinco horas, ¿cuántas hacen
por habitante? Muy poca cosa. En una población de tres millones y medio debe
haber por lo menos un millón doscientos mil varones adultos y otras tantas
hembras. Pues bien; para asegurar pan y carne para todos bastarían
diecisiete jornadas de trabajo por año, para los hombres nada
más. Añadid tres millones de jornadas para obtener la leche.
Añadid otro tanto, y todo ello no llega a veinticinco jornadas de
cinco horas cuestión de divertirse un poco en el campo para tener estos
tres productos principales: pan, carne y leche.
Salgamos de París y visitemos uno de esos establecimientos de
cultivo hortícola que a pocos kilómetros de las academias hacen
prodigios ignorados por los sabios economistas; por ejemplo, el de M. Ponce,
autor de una obra acerca del asunto, quien no hace misterio de lo que le
produce la tierra y lo ha revelado con detalles.
M. Ponce, y sobre todo sus obreros, trabajan como negros. Son ocho para
cultivar poco más de una hectárea. Trabajan de doce a quince
horas diarias, es decir, triple de lo que se debe. Aunque fuesen
veinticuatro los obreros, no habría de más. Probablemente
responderá a eso M. Ponce que puesto que paga la tremenda cantidad de
dos mil quinientas pesetas anuales de renta y de impuesto por sus once mil
metros cuadrados, y dos mil quinientas pesetas por el abono comprado en los
cuarteles, está obligado a explotar. «Explotado yo, exploto a
mi vez», sería probablemente su respuesta. La instalación le
ha costado treinta mil pesetas, de las cuales más de la mitad son
seguramente: tributo a los varones holgazanes de la industria. En resumen,
su instalación no representa más de tres mil jornadas de trabajo,
probablemente mucho menos.
Veamos sus cosechas: diez mil kilos de zanahorias, diez mil kilos de
cebollas, rábanos, y otras menudencias, seis mil coles, tres mil
coliflores, cinco mil canastas de tomates, cinco mil docenas de frutas
escogidas, ciento cincuenta y cuatro mil ensaladas; un total de ciento
veinticinco mil kilos de hortalizas y frutas en una superficie de ciento
diez metros de longitud por cien metros de anchura, lo cual da más de
ciento diez toneladas de verdura por hectárea. Un hombre no come
más de trescientos kilos de legumbres y frutas por año, y la
hectárea de un hortelano da las suficientes para sentir bien la mesa
de trescientos cincuenta adultos. De modo que veinticuatro personas ocupadas
todo el año en cultivar una hectárea de tierra, trabajando
cinco horas diarias, producirían hortalizas y frutas suficientes para
trescientos cincuenta adultos, lo cual equivale a quinientos individuos de
todas edades. Cultivando como M. Ponce y hay quien le ha excedido en
resultados trescientos cincuenta individuos que dedicasen cada uno poco
más de cien horas por año, tendrían verduras y frutas
para quinientas personas.
Esa producción no es excepcional. Bajo los muros de París la
consiguen cinco mil hortelanos en una superficie de novecientas
hectáreas; sólo que se ven reducidos al estado de bestias de carga
para pagar una renta media de dos mil pesetas por hectárea. Pero
estos datos, ¿no prueban que siete mil hectáreas (de las doscientas
diez que nos quedan disponibles) bastarían para dar todas las
hortalizas necesarias y una buena provisión de fruta a los tres millones y
medio de habitantes de ambos departamentos? La cantidad de trabajo para
producirlas sería de cincuenta millones de jornadas de cinco horas (o
sea cincuenta días al año para los adultos varones solos),
tomando por tipo el trabajo de los hortelanos. Pronto veremos reducirse esta
cantidad, si se recurre a los procedimientos usuales en Jersey y en
Guernesey.
Los hortelanos se ven obligados a reducirse al estado de máquinas
y a renunciar a todos los goces de la vida, para obtener sus Cosechas
fabulosas. Pero han prestado un inmenso servicio a la humanidad,
enseñándonos que el suelo se hace.
Lo hacen ellos, con las capas de estiércol que han servido ya
para dar el calor necesario; a las plantas jóvenes y a primicias o
tempranas. Hacen el suelo en tan grandes cantidades, que cada año se
ven obligados a revenderlo en parte.
Sin eso subiría el nivel de sus huertas dos a tres
centímetros al año. Lo hacen tan bien, que en los contratos
recientes (Barra nos lo dice en el artículo Hortelanos, del
Diccionario de Agricultura) el hortelano estipula que se llevará
consigo su suelo cuando abandone la parcela que cultiva. El suelo llevado en
carros, con los muebles y los bastidores: he aquí la respuesta que
los cultivadores prácticos han dado a los desvaríos de un
Ricardo, que representaba la renta como un medio de compensar las ventajas
naturales del suelo. «El suelo vale lo que valga el hombre»,
tal es la divisa de los jardineros y hortelanos.
Y sin embargo, los huertanos parisienses y ruaneses se fatigan triple
que sus colegas de Guernesey y de Inglaterra para obtener idénticos
resultados. Aplicando la industria a la agricultura, hacen el clima
además del suelo. En efecto, todo el cultivo hortícola se
funda en estos dos principios:
Primero. Sembrar debajo de bastidores, criar las plantas jóvenes en un
suelo rico, en un espacio limitado, donde se las pueda cuidar bien y
replantarlas más tarde cuando hayan desarrollado bien las barbillas
de sus raíces. En una palabra, hacer como con los animales: cuidarlas
desde su más tierna edad.
Y segundo. Para madurar temprano las cosechas, calentar el suelo y el
aire, cubriendo las plantas con bastidores o con campanas de vidrio, y
produciendo en el suelo gran calor con la fermentación del estiércol.
Replantamiento y temperatura más alta que la del aire: he
aquí la esencia del cultivo hortícola, una vez que se haya
hecho artificialmente el suelo.
Ya hemos visto que la primera de estas dos condiciones se ha puesto en
práctica y sólo requiere algunos perfeccionamientos de detalle. Y
para realizar la segunda se trata de calentar el aire y la tierra,
sustituyendo el estiércol por agua caliente que circule en
tuberías de fundición, ya en el suelo debajo de los bastidores, ya en
el interior de los invernaderos.
Y esto es lo que se ha hecho. El hortelano parisiense pide al termosifón
el calor que antes pedía al estiércol. Y el jardinero
inglés edifica estufas.
En otros tiempos, la estufa era un lujo de rico. Se reservaba para las
plantas exóticas y de adorno. Pero hoy se vulgariza. Hectáreas
enteras están cubiertas de vidrio en las islas de Jersey y de
Guernesey, sin contar los millares de estufas pequeñas que se ven en
Guernesey en cada granja, en cada jardín. En los alrededores de
Londres comienzan a acristalarse campos enteros, y en los suburbios se
instalan cada año millares de estufas pequeñas.
Se hacen de todas clases, desde el invernáculo de paredes de
granito hasta el modesto abrigo de tablas de pino y techo de vidrio, que, a
pesar de todas las sanguijuelas capitalistas, sólo cuesta de cuatro a cinco
pesetas el metro cuadrado. Se calienta o no (basta el abrigo, si no se trata
de producir tempraneces), y allí se crían, no uvas ni flores
tropicales, sino patatas, zanahorias, guisantes o judías tiernas.
Así se emancipa del clima, dispensándose del laborioso
trabajo de hacer camas; ya no se compran montones de estiércol, cuyo
precio sube en proporción de la creciente demanda. Y se suprime en parte el
trabajo humano: siete u ocho hombres bastan para cultivar la hectárea
acristalada, y obtener los mismos resultados que en casa de M. Ponce, en
Jersey, siete hombres que trabajan menos de sesenta horas por semana,
obtienen, en espacios infinitesimales, cosechas que en otros tiempos
exigían hectáreas de terreno. Por ejemplo: treinta y cuatro
peones y un jardinero, cultivando cuatro hectáreas bajo vidrio
(pongamos en su lugar setenta hombres que trabajen cinco horas diarias),
obtiene cada uno veinticinco mil kilos de uvas vendimiadas desde 1 de mayo,
ochenta mil kilos de tomates, treinta mil kilos de patatas en abril, seis
mil kilos de guisantes y dos mil kilos de judías verdes en mayo, o
sea ciento cuarenta y tres mil kilos de frutas y hortalizas, sin contar una
cosecha muy grande en ciertas estufas, ni un inmenso invernadero de adorno,
ni las cosechas de toda clase de pequeños cultivos al aire libre
entre las estufas.
¡Ciento cuarenta y tres toneladas de frutas y hortalizas tempranas con
que alimentar bien todo el año a mil quinientas personas! Y eso no
requiere más que veintiuna mil jornadas de trabajo, o sea doscientas
diez horas de trabajo por año para medio millar de adultos.
Añádase la extracción de unas mil toneladas de carbón que
se queman anualmente en esas estufas para calentar cuatro hectáreas,
y siendo la extracción media en Inglaterra de tres toneladas por jornada de
diez horas y por obrero, lo que suma un trabajo suplementario de siete a
ocho horas anuales para cada uno de los antedichos quinientos adultos.
Ya hemos dicho la tendencia de hacer del invernadero estufa una simple
huerta bajo vidrio. Y cuando se aplica a este uso con abrigos de vidrio
sencillísimos y calentados ligeramente durante tres meses, se
obtienen cosechas fabulosas de hortalizas; por ejemplo, cuatrocientos
cincuenta hectolitros de patatas por hectárea, como primera cosecha a
fin de abril. Tras lo cual, corregido el suelo, se obtienen nuevas cosechas
desde mayo a fin de octubre, con una temperatura casi tropical, debida nada
más que al abrigo del vidrio.
Hoy, para obtener cuatrocientos cincuenta hectolitros de patatas, se
requiere labrar cada año una superficie de veinte hectáreas o
más, plantar y más tarde recalzar las plantas, arrancar la
mala hierba con azadón, y así sucesivamente. Con el abrigo vidriado,
emplease, tal vez al principio, media jornada de trabajo por metro cuadrado,
y hecho esto, se economiza la mitad o tres cuartas partes del trabajo en lo
futuro.
Según lo había previsto L. de Lavergne hace treinta
años, la tendencia de la agricultura moderna es reducir todo lo
posible el espacio cultivado, crear el suelo y el clima, concentrar el
trabajo y reunir todas las condiciones necesarias para la vida de las
plantas, todo lo cual permite obtener mas productos con menos trabajo y
mayor seguridad.
Después de haber estudiado los abrigos más sencillos de
vidrio en Guernesey, afirmamos que se gasta mucho menos trabajo para obtener
bajo cristalerías patatas en abril que el necesario para cosechar al
aire libre, tres meses más tarde, cavando, una superficie Cinco veces
mayor, regándola y escardando la mala hierba, etcétera. Es
como con las herramientas o las máquinas, que economizan mucho
más el costo previo de ellas.
En el norte de Inglaterra, en la frontera de Escocia, donde el carbón
tan sólo cuesta cuatro pesetas la tonelada en la misma boca de la mina, hace
más de treinta años que se dedican al cultivo de la vid en
invernadero. Al principio esas uvas, maduras en enero, se vendían por
el cultivador a razón de veinticinco pesetas la libra, y se revendían
a cincuenta para la mesa de Napoleón III. Hoy, el mismo productor no las
vende más que a tres pesetas la libra; nos lo dice él mismo en
un artículo reciente de un periódico de horticultura. Y es que,
competidores suyos, envían toneladas y toneladas de uvas a Londres y
a París. Gracias a la baratura del carbón y a un cultivo inteligente,
la uva crece en invierno en el Norte y viaja hacia el Mediodía, en
sentido opuesto a los productos ordinarios. En mayo, las uvas inglesas y de
Jersey se venden por los jardineros a dos pesetas la libra, y aún
este precio se sostiene, como el de cincuenta pesetas hace treinta
años, por lo escaso de la competencia. En octubre, las uvas
cultivadas en las cercanías de Londres siempre bajo vidrio, pero con
un poco de caldeo artificial se venden al mismo precio que las uvas
compradas por libras en los viñedos de Suiza o del Rin, es decir, por
unas cuantas piezas de cinco céntimos. Y aún hay en
éstos dos tercios de carestía, a consecuencia de lo excesivo
de la renta del suelo, de los gastos de instalación y de calefacción, sobre
los cuales el jardinero paga un tributo formidable al industrial y al
intermediario. Explicado esto, puede afirmarse que no cuesta casi nada el
tener en otoño uvas deliciosas en la latitud y en el clima brumoso de
Londres. En uno de sus arrabales, por ejemplo, un mal abrigo de vidrio y de
yeso, apoyado contra nuestra casita, y de tres metros de longitud por dos de
anchura, nos da en octubre, desde hace tres años, cerca de cincuenta
libras de uvas de un sabor exquisito. La cosecha proviene de una cepa
plantada hace seis años. Y el abrigo es tan malo que lo cala la
lluvia. Por la noche, la temperatura es la misma dentro que fuera. Es
evidente que no se calienta, pues equivaldría a querer calentar la
calle. Los cuidados que requiere son: podar la vid media hora al año
y echar un capazo de estiércol al pie de la cepa, plantada en arcilla
roja fuera del abrigo.
Por otra parte, si se valoran los cuidados que se dan al viñedo
en las orillas del Rin o del Leman, las planicies construidas piedra por
piedra en las pendientes de los ribazos, el transporte del estiércol
y a veces hasta de la tierra a alturas de: doscientos a trescientos pies, se
llega a la conclusión de que el trabajo necesario para cultivar la vid es
más considerable en Suiza o en las márgenes del Rin que bajo
vidrio en las afueras de Londres.
Esto parece paradójico de momento, pues por lo general se cree que la
visa crece por sí sola en el mediodía de Europa y que el
trabajo del viñador no cuesta nada. Pero los jardineros y los
horticultores, lejos de desmentirnos, confirman nuestros asertos. «El
cultivo más ventajoso en Inglaterra es el cultivo de las
viñas», dice un periodista práctico, el redactor del
Journal d'Horticulture, inglés. Y ya se sabe que los precios tienen
su elocuencia.
Traduciendo estos datos al lenguaje comunista, podemos afirmar que el
hombre o la mujer que dediquen de su tiempo de sobra una veintena de horas
por año para cuidar dos o tres cepas bajo vidrio en cualquier clima
de Europa, cosecharán tanta uva como puedan comer su familia y
amigos. Y esto se aplica no sólo a la vid, sino a todas los frutales.
Bastaría que un grupo de trabajadores suspendiese durante algunos
meses la producción de cierto número de objetos de lujo, para
transformar cien hectáreas de llanura de Gennevilliers en una serie
de huertos, cada uno con su dependencia de estufas de vidrio para los
semilleros y plantas jóvenes, y que cubriera otras cincuenta
hectáreas de invernáculos económicos para obtener frutas,
dejando los detalles de organización la jardineros y hortelanos expertos.
Esas ciento cincuenta hectáreas reclamarían cada
año unos tres millones seiscientas mil horas de trabajo. Cien
jardineros competentes podrían dedicar cinco horas diarias a este
trabajo, y el resto lo puede hacer cualquiera que sepa manejar una azada, el
rastrillo, la bomba de regar o vigilar un horno. Ese trabajo daría
todo lo necesario y lo de lujo en materia de frutas y hortalizas para
setenta y cinco mil o gen mil personas. Admitid que entre ellas hay treinta
y seis mil adultos deseosos de: trabajar en la huerta. Cada uno sólo
tendría que dedicarse cien horas al año, y no seguidas. Estas
horas de trabajo serían más bien de recreo, entre amigos con
los hijos, en soberbios jardines, más hermosos probablemente que los
pensiles de la legendaria Semíramis.
Cada vez que hablamos de la revolución, el trabajador grave, que ha
visto niños faltos de alimento, frunce las cejas y nos repite
obstinado: «¿Y el pan? ¿No faltará si todo el mundo come hasta
hartarse? ¿Y qué haremos si los terratenientes, ignorantes y
empujados por la reacción, producen el hambre en la ciudad, como lo hicieron
las bandas negras en 1793?»
¡Que lo intenten los propietarios rurales! Entonces, las grandes
ciudades se pasarán sin los campos.
¿En qué se emplearán esos centenares de miles de
trabajadores que se asfixian hoy en los pequeños talleres y en las
manufacturas el día en que recobren la libertad? ¿Continuarán
después de la revolución encerrados en las fábricas igual que
antes? ¿Seguirán haciendo chucherías de lujo para la
exportación, cuando quizá vean agotarse el trigo, escasear la carne,
desaparecer las hortalizas sin reemplazarse?
¡Claro que no! ¡Saldrán de la ciudad e irán a los campos!
Con ayuda de la máquina, que permitirá a los mas
débiles de nosotros tomar parte en el trabajo, llevarán la
revolución al cultivo de un pasado esclavo, como la llevarán a las
instituciones y a las ideas.
Aquí se cubrirán de vidrio centenares de hectáreas,
y la mujer y el hombre de manos delicadas cuidarán de las plantas
jóvenes. Allí se labrarán otros centenares de hectáreas
con el arado de vapor de vertedera honda, se mejorarán con abonos, o
se enriquecerán con un suelo artificial obtenido pulverizando rocas.
Alegres legiones de labradores de ocasión cubrirán de mieses esas
hectáreas, guiados en su trabajo por los que conocen la agricultura y
por el ingenio grande y práctico de un pueblo que se despierta de
largo sueño y al que alumbra y guía ese faro luminoso que se
llama la felicidad de todos.
Y en dos o tres meses, las cosechas tempranas vendrán a aliviar
las necesidades más apremiantes y proveer a la alimentación de un
pueblo que, al cabo de tantos siglos de espera, podrá por fin saciar
el hambre. Mientras tanto, el genio popular, que se subleva y conoce sus
necesidades, trabajará en experimentar los nuevos medios de cultivo
que se presienten ya en el horizonte. Se experimentará con la luz
-ese agente desconocido del motivo que hace madurar la cebada en cuarenta y
cinco días bajo la latitud de Yakustk concentrada o artificial, y la
luz rivalizará con el calor para acelerar el crecimiento de las
plantas. Un Monchot del porvenir inventará la máquina que ha
de guiar a los rayos del sol y hacerlos trabajar, sin que sea preciso
descender a las profundidades de la tierra en busca del calor solar
almacenado en la hulla. Se experimentará regar la tierra con cultivos
de microorganismos idea tan racional y nacida ayer-, y que permitirá
dar al suelo las pequeñas células vivas tan necesarias para
las plantas, ya para alimentar a las raicillas, ya para descomponer y hacer
asimilables las partes constitutivas del suelo.
Se experimentará... Pero no; no vayamos más lejos, porque
entraríamos en el dominio de la novela. Quedémonos dentro de
la realidad de los dates comprobados. Con los procedimientos de cultivo ya
en uso, aplicados en grande y victoriosos en la lucha contra la competencia
mercantil, podemos obtener la comodidad y el lujo a cambio de un trabajo
agradable. El próximo porvenir mostrará lo que hay de práctico
en las futuras conquistas que hacen entrever los recientes descubrimientos
científicos.
Limitémonos ahora a inaugurar la nueva senda, que consiste en el
estudio de las necesidades y de los medios para satisfacerlas.
Lo único que a la revolución puede faltarle es el atrevimiento de
la iniciativa. Embrutecidos por nuestras instituciones en nuestras escuelas;
esclavizados al pasado en la edad madura, y hasta la tumba, no nos atrevemos
a pensar. ¿Se trata de una idea? Antes de formar opinión, iremos a consultar
libracos de hace cien años para saber qué pensaban los
antiguos maestros. Si a la revolución no le faltan audacia en el pensar e
iniciativa para actuar no serán los víveres los que le falten.
De todas las grandes jornadas de la gran revolución, la más
hermosa y grande, que quedará grabada para siempre en los
espíritus, fue la de los federados que desde todas partes acudieron y
trabajaron en el terreno del Campo de Marte para preparar la fiesta. Aquel
día Francia fue una; animada por el nuevo espíritu, entrevió
el porvenir que se abría ante ella con el trabajo en común de
la tierra. Y con el trabajo en común de la tierra recobrarán
su unidad las sociedades redimidas y se borrarán los odios, las
opresiones que las habían dividido.
Pudiendo en adelante concebir la solidaridad, ese inmenso poder que
centuplica la energía y las fuerzas creadoras del hombre, la nueva
sociedad marchará a la conquista del porvenir con todo el vigor de la
juventud.
Cesando de producir para compradores desconocidos, y buscando en su
mismo seno necesidades y gustos que satisfacer, la sociedad asegurará
ampliamente la vida y el bienestar a cada uno de sus miembros, al mismo
tiempo que la satisfacción moral que da el trabajo libremente elegido y
libremente realizado y el goce de poder vivir en hacerlo a expensas de la
vida de otros. Inspirados en nueva audacia, sostenida por el sentimiento de
la solidaridad, caminarán todos juntos a la conquista de los elevados
placeres de la sabiduría y de la creación artística.
Una sociedad así inspirada, no tendrá que temer
disensiones interiores ni enemigos exteriores. A las coaliciones del pasado
contrapondrá su amor al nuevo orden, iniciativa audaz de cada uno y
de todos, llegando a ser hercúlea su fuerza con el despertar de su
genio.
Ante esa fuerza irresistible, los «reyes conjurados» nada
podrán. Tendrán que inclinarse ante ella, unirse al carro de
la humanidad, rodando hacia los nuevos horizontes que ha entreabierto la
REVOLUCIÓN SOCIAL.
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